El registro en busca de Sonia Iglesias - EFE

La pareja de Sonia Iglesias: «Lo único que tenéis contra mí es que no me tenéis localizado en hora y media»

La Policía levanta una casa con terreno, pozo y fosa en busca de la mujer desaparecida

MadridActualizado:

Julio Araújo fue la última persona que vio con vida a su pareja, Sonia Iglesias de 38 años aquel miércoles 18 de agosto de 2010 pasadas las 10.30 de la mañana. La había acompañado al zapatero en una céntrica calle de Pontevedra. Dejó un calzado para reparar, salió del local y ya no se presentó a su trabajo en Massimo Dutti. La Policía y la familia de Sonia siempre lo ha considerado el sospechoso número uno. Araújo estuvo imputado entre 2012 y 2015 por la desaparición pero el Juzgado de Instrucción número 3 de Pontevedra, especializado en la Violencia contra la Mujer, acordó el sobreseimiento provisional del caso «por no existir indicios sólidos para la continuación del procedimiento contra el imputado». La Audiencia de Pontevedra confirmó la decisión, aunque ahora vuelve a tener esa condición.

Ayer, Araújo volvió a encontrarse frente a frente con el instructor del caso que lo ha interrogado en al menos tres ocasiones y ha estudiado a fondo su frialdad. Los agentes de la Sección de Homicidios y Desaparecidos de la Policía Nacional habían solicitado a la juez autorización de entrada y registro en una vivienda del barrio de San Mauro en Pontevedra, propiedad del padre de Julio y en la que vivió la víctima con su pareja hace casi dos décadas. A las 9.30 de la mañana, un «mini ejército» policial accedía a la vieja casona, deshabitada, que cuenta con un gran patio de tierra en la parte trasera, un pozo y una fosa séptica, según fuentes de la investigación y que ya había sido inspeccionada al principio de las pesquisas «pero no con la exhaustividad que se está haciendo ahora».

Además de los investigadores de Judicial de Madrid y Pontevedra, accedieron agentes de Subsuelo, del Grupo Operativo de Intervenciones Técnicas (GOIT) y un laboratorio de la Comisaría General de Policía Científica trasladado desde Madrid con expertos para llevar a cabo una inspección técnico ocular completa, además del georradar propiedad de la empresa de Luis Avial, que ya ha colaborado en otras búsquedas como la de Marta del Castillo. «Estamos levantando la casa», explicaron a ABC de forma gráfica fuentes del caso. «Desde tabiques al terreno, pasando por el pozo o la fonda séptica». Y todo ante la mirada impertérrita de Araújo, que estuvo en el registro.

Hubo varios motivos desde el inicio para sospechar de él. El primero, que Sonia Iglesias le había dado de plazo hasta el sábado (tres días después) para que abandonara la casa. De hecho, tenía tan clara su decisión que había enviado a Alejandro, el hijo de la pareja que entonces tenía nueve años, con su hermana Maricarmen Iglesias. A sus amigas y a su hermana les había anticipado que cuando el pequeño tomara la Comunión dejaría a su pareja y eso ya se había producido.

«Hora y media»

«Lo único que tenéis contra mí es que no me tenéis localizado durante una hora y media», les espetó Araújo a los investigadores más de una vez. Ese es el tiempo de las dudas y las acusaciones: el que estuvo desaparecido desde que salieron del zapatero hasta que recibió una llamada en el teléfono fijo de su casa donde no había nadie más y la contestó. «Tuvo tiempo de matarla y luego en otro momento cambiarla de lugar», aseguran los policías.

Con un cúmulo de indicios y una no menor acumulación de búsquedas fracasadas, los investigadores ni se plantearon imputar a Araújo. Lo interrogaron como testigo incluso cuando la familia de Sonia y los amigos lo señalaban. La familia de Sonia, tras una temporada de prudencia, evidenció las diferencias que existían entre la pareja y eso provocó que en noviembre de 2010 Julió Araújo denunciara a su suegra por unas supuestas injurias que pusieron fin a la supuesta unión del entorno de la desaparecida.

Julio procede de una familia adinerada, que fue perdiendo postín. Cuando desapareció su mujer, él estaba en paro; hacía portes a Portugal para la fábrica de muebles de una de sus hermanas que le daba 50 o 100 euros viaje. A Julio le gustaban las mujeres y la botella y no era infrecuente que acabara montándola alguna madrugada mientras Sonia dormía para madrugar al día siguiente. Ella además era bastante más joven que él, más de una década de diferencia.

El último contacto comprobado de Sonia lo tuvo con él. La cartera de la mujer apareció en un poblado chabolista, al pie de un monte de Pontevedra, que se peinó palmo a palmo sin resultado. Meses después se encontró el DNI de Sonia arrojado junto a un coche no muy lejos de su domicilio; lo habían depositado ahí poco antes porque no estaba deteriorado. El último rastro de su móvil data del mismo día de la desaparición. Está posicionado, pero no entraron ni salieron llamadas ni mensajes. Después se apagó. Solo dos días después de ser imputado, en julio de 2012, una patrulla lo sorprendió cuando volvía a su casa de madrugada y sufrió un pequeño accidente al estacionar el coche cerca de su casa. Fue detenido por conducir sin carné, sin ITV y ebrio.

Los policías nunca creyeron su versión de que dejó a Sonia y volvió a casa a planchar. Llegó a pergeñar lo que consideran una coartada maquiavélica. «Tendréis que demostrarlo», les ha soltado más de una vez. Ellos no piensan tirar la toalla.