El comisario jubilado Jose Manuel Villarejo, durante una entrevista que concedió en La Sexta, el pasado mes de julio - ABC

El excomisario Villarejo: «Yo puedo con el Estado»

La soberbia de José Villarejo fue su perdición. Este es el diagnóstico de compañeros del ex mando policial encarcelado, que se creía inmune

La Ministra Dolores Delgado se aferra al cargo

MadridActualizado:

«Yo puedo con el Estado». Esta frase lapidaria, pronunciada en una comida ante varios policías, demuestra hasta qué punto el excomisario José Villarejo, en prisión desde hace ya casi un año, se creía impune. No le importó enfrentarse al CNI; tampoco desafiar a la Corona... él podía con todo, porque pensaba que con la información que acumulaba nadie podría con él.

«Montó una trama que le funcionaba a la perfección. Tenía dinero, y poder. Muchos le admiraban, y muchos más lo temían. Pero se equivocó en lo más evidente; al Estado no se le desafía, porque es mucho más fuerte que cualquiera», explica de forma gráfica un mando policial que lo conoce bien y que siempre ha mantenido con él la distancia adecuada «para no tener problemas».

El primer problema de la trama surgió de forma inopinada, con la operación Emperador, en la que fue procesado y luego absuelto el comisario de Barajas, Carlos Salamanca. Villarejo vivió aquello como una amenaza, no solo porque afectaba a su «tronco» -a uno de ellos-, sino porque el aeropuerto es uno de esos destinos que permite adquirir relaciones privilegiadas. El excomisario desplegó una actividad brutal para desprestigiar a uno de los fiscales del caso, que pasó a ser una de sus obsesiones.

A partir de ahí comenzaron los problemas. El comisario principal Marcelino Martín-Blas, entonces jefe de la Unidad de Asuntos Internos, le comenzó a investigar poco después del caso del pequeño Nicolás. De nuevo su reacción fue furibunda y consiguió que el entonces director Adjunto Operativo, Eugenio Pino, lo apartase del cargo.

Pero para entonces Villarejo había perdido uno de sus principales activos: la discreción. Salir en los medios de comunicación -a pesar de ser una de las principales fuentes de alguno de ellos-, le perjudicó de forma notable. Un «agente encubierto», como se definía a sí mismo, no puede exponerse públicamente, incluso en televisión. Y él lo hizo, de nuevo porque se sentía impune.

Las revelaciones periodísticas sobre su patrimonio y andanzas, y sobre todo su choque frontal con el director del CNI, Félix Sanz, terminaron de hacerlo más vulnerable. Pero ni siquiera así pudo imaginar que un día agentes de la Unidad de Asuntos Internos, dirigidos por dos fiscales Anticorrupción ajenos a la operación Emperador, le pusieran las esposas, y menos que un juez lo encarcelara.

Al principio pensó que aquello sería cosa de pocas semanas, y así se lo dijo a varios allegados. El paso de los meses, y la acumulación de cada vez más pruebas contra él, le desconciertan. Todas sus peticiones de libertad han sido rechazadas. Y él, ahora, pasa al ataque. Primero fue Don Juan Carlos; ahora Dolores Delgado... ¿El siguiente? Veremos.