Oriol Junqueras, ayer en el Supremo
Oriol Junqueras, ayer en el Supremo - EFE

Bajo el dintel de la Justicia

Oriol Junqueras testificó ayer no como un acusado de conspiración sino como un político que quiere defender su imagen y que sólo responde ante Dios

MadridActualizado:

Hay en el dintel de la puerta del Supremo una inscripción en latín que reza lo siguiente: «Salga de vos mismo mi sentencia y examinen vuestros ojos la justicia que me asiste». Es el salmo 16 de la Biblia Vulgata, encargada por el Papa Damaso en el año 382.

El contenido de este cántico constituye una apelación a la sabiduría de Dios como juez máximo de los hombres. Al Ser Supremo, y no a las siete magistrados, pareció ayer dirigirse Oriol Junqueras en su declaración en un procedimiento en el que la Fiscalía le imputa delitos castigados con penas de hasta 25 años.

«Se me acusa por mis ideas. Soy un preso político», fueron sus primeras palabras. Y, tras anunciar que no iba a responder a las preguntas del fiscal y la acusación popular, Junqueras pronunció un apasionado alegato en favor del derecho de autodeterminación y la independencia de Cataluña.

No fue la suya una intervención con argumentos legales para rebatir los cargos que se le imputan sino un acto de autoafirmación frente a un tribunal cuya autoridad no reconoce el líder de ERC.«Nada de lo que hemos hecho es delito», aseguró.

Dicho esto, se refirió al difícil trance por el que está pasando con una cita del primer canto de la Divina Comedia: «En medio del camino de mi vida me encontré en una selva oscura». Expresó los versos de Dante en italiano para marcar distancias con unos jueces a los que reprochó: «Nos están tratando como enemigos».

Nada más injusto porque Manuel Marchena muestra cada día una visible preocupación por dar un trato exquisito a los doce líderes independentistas sometidos a juicio. Ayer tuvo el gesto de invitarles a sentarse junto a los abogados y recriminó al fiscal Fidel Cadena por reinterpretar las respuestas de Joaquim Forn, ex consejero de Interior, que también prestó declaración.

Junqueras habló ayer no como un hombre que intenta defenderse sino como un dirigente político que piensa en su futuro. Hay que reconocerle valor y coherencia personal pese a sus desatinos políticos y su estrategia mediática de permanente huida hacia adelante.

Pese a su rechazo a entrar en el debate procesal y jurídico, Junqueras enfatizó su «amor a España», expresó su identificación con los valores del humanismo cristiano y defendió los ideales de libertad, igualdad y fraternidad de la Revolución Francesa.

Al observarle frente a los jueces, parece más un cura rural, un personaje de Balzac, que un líder político. Su grueso cuello, la tonsura de su coronilla, sus cortos y fuertes dedos evocan la figura de Michu, el campesino realista que prefiere entregar su cabeza a la guillotina antes que traicionar a los amos a los que venera y guarda sumisión.

No hay duda de que este hombre, que se jacta de haber sido alcalde de Sant Vicenç dels Horts y de su proximidad a los vecinos, no deja indiferente a nadie. Se le odia o se le ama, se le considera un genio del mal o un ser que alberga un corazón lleno de nobles anhelos.

En cualquier caso, ha afrontado la cárcel con una entereza que hasta sus adversarios reconocen. Su comparecencia en el Supremo sirve de contraste para realzar la cobardía de Puigdemont, que optó por huir a Bruselas para eludir sus responsabilidades penales. No le importó para ello abandonar a los suyos, algo que jamás haría quien se jacta de ser una persona digna antes que un político.

La declaración de Junqueras fue inusualmente breve, ya que sólo respondió a las preguntas de Andreu Van den Eynde, su abogado, que eludió cualquier cuestión espinosa.

Javier Melero, el letrado de Joaquim Forn, optó por una estrategia contraria, ya que su cliente respondió al interrogatorio del fiscal y de la abogacía del Estado. Era una decisión arriesgada pero más efectiva para contrarrestar las acusaciones que obran en el sumario.

No resultado exagerado afirmar que Forn sufrió un verdadero calvario -sangre, sudor y lágrimas- tras ser acorralado por un Fidel Cadena que le puso frente a sus contradicciones.

El fiscal barajó documentos, declaraciones e informes policiales que ponían de manifiesto que el consejero Forn desobedeció al Tribunal Constitucional y no hizo nada para impedir la consulta ilegal del 1 de octubre. El acusado tuvo que aceptar los hechos, pero se defendió con el argumento de que él ejercía un cargo político y, por lo tanto, jamás participó en el diseño de los operativos de los Mossos que se hallaban bajo su mando en ese momento.

Forn se movió en el difícil equilibrio de justificarse con el argumento de que él no era quien daba las ordenes mientras reconocía que como miembro del Gobierno apoyaba e impulsaba la celebración de la consulta. Resulta difícil que el tribunal compre este argumento.

No faltaron momentos de tensión en la sesión de ayer, como cuando las familias de los procesados se rieron de un comentario de Forn que dejaba en evidencia al fiscal Cadena. La respuesta de Manuel Marchena fue inmediata. Amenazó con desalojar la sala si el incidente se volvía a repetir. No hizo falta ninguna otra advertencia porque políticos, entre los que se hallaba Elsa Artadi, periodistas y parientes guardaron un estricto silencio.

Marchena se ha convertido en la revelación de este juicio, en el que está conjugando la flexibilidad y la tolerancia con los acusados con su buen hacer jurídico. Ayer no le interrumpió en ningún momento a un Junqueras, que, más que intentar defenderse, buscaba un impostado testimonio para la posteridad.