Nueva York declara la guerra a Uber y congela sus licencias

La decisión puede tener repercusiones en grandes ciudades de medio mundo

Nueva YorkActualizado:

Mohammad se ha pasado una hora y media esperando encontrar cliente en su primer servicio del día, en JFK, el principal aeropuerto de Nueva York. «Y todo para que Uber se lleve la mayor parte», se queja este conductor, con los cincuenta años entrados, en una autopista atestada de vehículos rumbo a Brooklyn. La situación ejemplifica las quejas de las autoridades y de parte de los conductores de taxis y de coches para aplicaciones como Uber o Lyft: la Gran Manzana está saturada de coches y las condiciones de los conductores han empeorado.

Es la justificación por la que esta semana, el alcalde de la ciudad, Bill de Blasio, ha intervenido este sector y congelado la concesión de licencias para coches con chófer, el equivalente de las licencias VTC (Vehículos con de Turismo con Conductor) que están en medio de la guerra entre Uber y Cabify con el sector del taxi en ciudades españolas.

Al contrario que en España, en Nueva York la concesión de estas licencias ha estado hasta ahora abierta. Cualquiera con un coche podía solicitar una, pagar una tasa y empezar a trabajar para alguna o varias de estas aplicaciones. La consecuencia es que se ha disparado el número de estos vehículos por las calles neoyorquinas: desde 2011, se ha triplicado, según los datos de la Comisión del Taxi y la Limusina (TLC por sus siglas en inglés). En aquel año, eran 38.600, mientras que el último recuento del mes pasado los sitúa en 112.000. Cada mes, dos mil nuevos vehículos obtienen la licencia y se ponen a transportar pasajeros.

Entre los primeros afectados ha estado el taxi, que se ha visto superado por aplicaciones móviles más eficientes y que dan un servicio más barato para el usuario. Por primera vez, el año pasado los coches de Uber hicieron más servicios que los emblemáticos taxis amarillos. Muchos aseguran que esta presión está detrás de seis suicidios entre taxistas en los últimos meses.

Como en España, la licencia de taxis amarillos está regulada. No llegan a los 15.000 en la ciudad. El que fuera un coto cerrado convertía a las licencias en un colchón económico para los taxistas, igual que ocurre con sus compañeros en Madrid o Barcelona. La irrupción de Uber, Lyft y el resto de aplicaciones ha despeñado su valor: si hace pocos años se traspasaban por más de un millón de dólares, ahora ya están en menos de 200.000.

La congelación en la concesión de licencias durará un año, un periodo en el que las autoridades analizarán cómo regular una industria que «ha proliferado sin un control apropiado», aseguró el concejal Corey Johnson, gran impulsor de la medida. De Blasio, por su parte, aseguró que «100.000 trabajadores y sus familias tendrán un beneficio inmediato» por la decisión, que además contribuirá «a detener la llegada de coches que congestionan nuestras calles».

La medida, además, establece un pago mínimo para los conductores. La cantidad no está decidida, pero un estudio no vinculante de la TLC los sitúa en 17,22 dólares brutos por hora.

La respuesta de Uber y el resto de aplicaciones fue furibunda. Criticaron que la medida provocará un alza de precio y de tiempo de espera para los usuarios, lo que es de especial importancia ante los crecientes problemas de transporte público de la ciudad, ahogados por un metro desvencijado y asfixiado por la demanda. La decisión supone un desafío para Uber, cuyo modelo florece en mercados con poca regulación, como hasta ahora Nueva York. La compañía tiene una valoración actual de 62.000 millones de dólares y podría salir a Bolsa el año que viene. La decisión de Nueva York es un terremoto para su modelo de negocio, que podría tener réplicas en ciudades de medio mundo