Rafael Nadal, tras ganar la medalla de oro en los Juegos de Pekín 2008
Rafael Nadal, tras ganar la medalla de oro en los Juegos de Pekín 2008 - AFP

Rafael Nadal: Rey de la tierra, campeón de valores

Tenista ganador de 17 Grand Slams y dos oros olímpicos

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Cada junio, desde hace más de una década, España tiene la costumbre de honrar a Rafael Nadal, rey de la tierra de París y héroe nacional por varios motivos. Gana sí o sí en la arcilla francesa porque no hay nadie como él, seguramente no lo habrá nunca, y más allá del qué, en este caso importa, y mucho, el cómo. He aquí un campeón irrepetible, señalado como el mejor deportista que ha dado este país y venerado porque detrás de esa figura de atleta total se adivina un ser humano corriente, un chico que presume de ser el mejor embajador de su pueblo, Manacor, y en donde consume el poco tiempo que le concede el circuito. Nadal así, sin divismos, sin purpurina.

Nadal jugó su primer partido como profesional en el Open de Mallorca. En noviembre de 2010, ABC llevó a su portada una entrevista con el ya número uno del tenis mundial.
Nadal jugó su primer partido como profesional en el Open de Mallorca. En noviembre de 2010, ABC llevó a su portada una entrevista con el ya número uno del tenis mundial.

Son ya 17 grandes, los 11 mencionados de París, tres en Estados Unidos, dos en Wimbledon y uno en Australia, que si se piensa fríamente son una barbaridad. Un día de abril, en 2002, se escribió la primera página de este libro interminable, precioso en casi todos sus capítulos y del que no se intuye el final, aunque tampoco queda tanto. Nadal tiene ya 32 años y, es una obviedad, pesan los años como le pesarían a cualquiera, pero entre sus virtudes está la de saber adaptarse a cada situación y entender qué pide cada momento. Es el primero en reconocer que no tiene la explosividad de aquel muchacho que se presentó al planeta tenis con pantalones piratas y camisetas sin mangas, pero a cambio ofrece múltiples recursos que ha ido puliendo, siempre asesorado por su familia y por su círculo de confianza.

Nadal es lo que es también gracias a ellos. A los consejos y a las reprimendas de su tío Toni, exigente como pocos y que le ha guiado hasta donde está con mano dura. A las charlas con su amigo Carlos Moyá, que en su día fue la referencia y el ídolo al que imitar y que ahora le hace de entrenador. A la veteranía de Francis Roig, otro entrenador estupendo que le sigue desde niño. Al liderazgo de Carlos Costa, que vio en él, cuando era un niño (literal), una estrella de largo recorrido. Y faltan nombres, pues Nadal tiene la humildad de escuchar siempre.

Pocos deportistas han exhibido la bandera de España con tanto orgullo como él, voz autorizada para hablar de temas que afectan a la sociedad. Nadal se emociona cuando toca hacer país y ha conquistado dos medallas de oro, una en individuales (Juegos Olímpicos de Pekín, en 2008) y otra en dobles (Río de Janeiro, 2016, junto a Marc López). Además, a ese palmarés inmaculado, cargado de Masters 1.00 y torneos de prestigio, hay que sumarle cuatro Copas Davis, el mejor exponente de una generación única. Simplemente, el mejor.