Leo Messi en la concentración de Argentina
Leo Messi en la concentración de Argentina
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Mundial Rusia 2018Messi, líder por inercia

Nadie tendrá en el Mundial más ojos puestos encima que el «10» argentino, soporte absoluto de una selección siempre al borde de la tragedia

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Marc Baiges es el nombre de quien bien pudo propiciar que la historia del fútbol hubiese sido bien distinta a la que es hoy. El partido enfrentaba al Infantil B del Barcelona contra el Ebre Escola Esportiva. En el primer minuto del encuentro, Baiges conducía la pelota en su campo, pegado a un costado, y se disponía a despejarla para librarse de la presión del Barça. Ocurrió que en ese segundo que separa la preparación del golpeo del mismo, su marcador puso la pierna izquierda por delante. Baiges impactó en ella. Acababa de romper el peroné a la zurda de Leo Messi.

Aquel era el segundo partido del argentino con la camiseta del Barcelona. Había tenido que esperar meses para debutar por culpa de la empalagosa burocracia que exigía su fichaje por el club blaugrana. La lesión lo dejaba tres meses fuera y su padre, hastiado por tantos tiros al aire y que había visto como su mujer y sus hijos dejaban el piso que la entidad les había dejado en el barrio de Les Corts para regresar a Rosario, preguntó a Messi si quería volver a casa. El pequeño imaginó el futuro en un instante: «No, papá, yo quiero triunfar en el Barcelona».

La historia es de sobra conocida. Desde su relevo a Fernando Navarro en un amistoso ante el Oporto al doblete nacional del último curso, y con el membrete dorado de aquel Barcelona del sextete que comandó Guardiola, Messi ha levantado una leyenda del deporte que permanecerá siempre. Quizá por es por ello que en Argentina no se entiende que su concurso aún no haya servido para que uno de los países que de manera más especial siente el fútbol haya levantado una copa. Más aún cuando la comparación con su el mesías patrio, Diego Armando Maradona, dibuja un debe en mayúsculas en el historial de La Pulga.

El asunto tiene bemoles, pues de no ser por Messi el plantel que hoy viste la albiceleste ni en sus mejores sueños imaginaría optar a levantar un título, lo cual no hace sino explicar la dimensión del futbolista. Argentina ha llegado a la final del Mundial de 2014 y de las ediciones de 2016 y 2017 de la Copa América. Todas las perdió, pero en ninguna el dolor del «10» fue tan palpable como en el torneo sudamericano de hace dos años. Messi erró el primer penalti de los argentinos en la tanda y, minutos después, renunciaba a seguir encabezando el combinado: «Se terminó para mí la selección. No es para mí. Lamentablemente lo busqué, era lo que más deseaba y no se dio».

Por fortuna para el balón rectificó. La decisión de quien Guardiola dijo que es «el único jugador más rápido con un balón en los pies que sin balón» vino acompañada de una refundación de su estatus en la selección. El apocado Leo que de capitán tenía el brazalate dio paso a un líder consciente del valor de su peso. Así, después de la reciente derrota por 6-1 en el partido de preparación ante España, Messi, a quien unas molestias musculares impidieron jugar, bajó al vestuario para templar los ánimos: «De esto vamos a salir entre todos. Juntos».

Ésta no es más que la culminación de un progreso que lleva años gestándose. A punto de cumplir 31 años, Messi es un padre de familia que ha metabolizado las responsabilidades de su aura divina de forma natural. Basta con repasar sus cambios en la peluquería para calibrar el punto de cocción de todo esto. También su despensa: de las decenas de coca-colas –Guardiola llegó a ordenar que retirasen una máquina expendedora de refrescos de la ciudad deportiva a la que Leo acudía con demasiada frecuencia–, pizzas y milanesas que capitalizaban sus menús primerizos a las verduras, las frutas, los pescados y el aceite de oliva que el nutricionista italiano Giuliano Poser le impuso en 2013, cuando acumuló cuatro lesiones. Nunca hubo un Messi tan al tanto de sí mismo como el que afronta esta Copa del Mundo.