Seguidores de River Plate, afectados por el gas pimienta empleado por la policía - AFP

La violencia destroza la fiesta del fútbol argentino

La vuelta de la final de la Libertadores, aplazada para este domingo a las cinco de la tarde (21 h. en España) después de que Boca Juniors llegara con el autobús destrozado y jugadores heridos tras el ataque de los ultras de River Plate

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Decía Martín Caparrós, uno de los millones de argentinos que ayer tenían el corazón aprisionado por un partido que moldeaba a sus vidas hasta deformarlas, que el fútbol es una de las mayores factorías de ficción que existen. La frase queda bañada en melancolía después de lo acontecido ayer en Buenos Aires. La previa de la vuelta de la Copa Libertadores que enfrentaba a River Plate y Boca Juniors, dos equipos que sitúan en el mapa a Buenos Aires como pocos otros ámbitos pueden hacerlo, señaló en fosforito la capital argentina. La miseria moral, la ineptitud y el vandalismo contaminaron como pocas veces se recuerda lo que estaba llamado a ser la gran final del fútbol de siempre. Para Argentina, terminó siendo el final de su fútbol para siempre.

Todo se rompió cuando el autobús que trasladaba a Boca Juniors al Monumental enfilaba la Avenida del Libertador. Escoltado a cada metro del trayecto por un nutrido grupo de policía, el vehículo se vio inexplicablemente expuesto a un reducto de hinchas de River que se había apostado en un cruce. En cuanto asomó, el bus recibió una descarga de piedras, ladrillos, latas y un sinfín de objetos que oficiaron como proyectiles. El resultado, además de varias lunas rotas y en palabras del médico de la Conmebol, fueron «lesiones de piel superficiales en miembros superiores, miembros inferiores, facial y tronco, del mismo modo dos jugadores refirieron lesión en la cornea», si bien asegura que esta última no pudo confirmarse. Entretanto, Pablo Pérez y Gustavo Lamardo llevaban un par de horas examinando sus ojos en una clínica privada.

Tumbados en camillas

Los xeneizes llegaron como pudieron hasta el Monumental y, una vez allí, solicitaron la suspensión del encuentro. Las imágenes evidenciaban que competir 90, 120 o los minutos que fueran por el título más importante de sus carreras deportivas era una tozudez. Tumbados en camillas, tosiendo e incluso vomitando.

Con el país echándose las manos a la cabeza por el despropósito, Conmebol y televisión presionaban para que la final, por lo civil o por lo criminal, terminara jugándose. La hora fijada para el pitido inicial, las cinco de la tarde antes de que todo estallase (21 h. en España), se modificó en un primer momento para tratar de calmar la situación, pasando a las seis. A diez minutos para esa hora, los jugadores de Boca ni siquiera estaban vestidos de corto. El Monumental seguía lleno, con 60.000 gargantas esperando a que una pelota impusiese cordura. La solución, mientras dirigentes de la organización, de los finalistas y hasta el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, discutían la hondura del ridículo -«Nos están obligando a jugar», clamaba Tévez en Fox Sports»-, pasó a ser fijar una tercera hora, las siete y cuarto. Entretanto, el doctor de la Conmebol refería al presidente de la organización, Alejandro Domínguez, que no existía «una causal para la suspensión del encuentro». Finalmente, ante la negativa de los futbolistas de Boca de saltar al césped del Monumental, el partido fue suspendido, fruto de un «pacto entre caballeros» de los presidentes de los clubes. El partido se jugará este domingo a las cinco de la tarde (21 h. en España).

Robos y avalanchas

Nunca sabremos si lo que el fútbol recibió ayer pudo ser una tregua vestida de barbarie. La previa del encuentro arrojaba imágenes que fundían las alarmas. El paroxismo se materializaba en una niña enfundada en bengalas por adultos, a plena luz del día, en mitad de la calle. El diario «Olé» informaba de robos masivos en las inmediaciones del Monumental y avalanchas para pasar al campo sin entrada que derivaron en el cierre preventivo de varias puertas de acceso. La tarde se saldó con 29 detenidos. Algo parecido había sucedido en el último entrenamiento en la Bombonera, que superó el aforo de 50.000 personas. Las autoridades tuvieron que intervenir y el estadio ha sido clausurado.

Las circunstancias recuerdan a la última mancha sobre el historial del fútbol argentino, la que se vertió durante los octavos de final de la Libertadores de 2015. Entonces, en la Bombonera, y en pleno partido, los millonarios fueron atacados con gas pimienta sobre el césped, una encerrona indigna que derivó en la eliminación administrativa de Boca y en última instancia, en la tercera Copa del equipo de Marcelo Gallardo.