Aficionados de River Plate, en las gradas del Santiago Bernabéu - EFE/ vídeo: EP

Final Copa LibertadoresFolclore, seguridad y emoción en tierra extraña

Hasta el inicio del River-Boca, Madrid respondió y estuvo a la altura en una jornada estresante. Mucho control entre las hinchadas dentro y fuera del campo

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Madrid, preparada para algo parecido a una guerra por todo lo que se había dicho y escrito, gestionó con muy buena nota un domingo de locos, vendida la noticia antes de que se produjera porque se daba por hecho que esta Copa Libertadores traería bofetadas, piedras y sangre. River y Boca, por culpa de sus barras bravas y por la incapacidad para comportarse y tenerlos controlados debidamente en su propia casa, trasladaron a la capital de España el partido más importante de sus vidas, un fracaso para Argentina que será recordado para siempre. Porque el superclásico, lo más parecido a un Madrid-Barça, se jugó en el Santiago Bernabéu, que viene a ser como si el duelo entre los dos colosos del fútbol español se disputa en la Bombonera o donde quiera que sea. (Crónica del River-Boca)

Pese a todo, salió una fiesta divertida, aparentemente plácida en lo que a incidentes se refiere, pero con la inquietud permanente por lo que pudiera pasar. Cualquier excusa bastaba para que prendiera la mecha, y más entre dos aficiones que tienen que convivir, pero que no se soportan, así que se preparó un dispositivo de seguridad descomunal e imperó la naturalidad hasta que, por fin, empezó a rodar la pelota, que es lo único que no se ha manchado en este último mes de despropósitos. Para que conste, ganó River en la prórroga (3-1), un campeón eterno que en adelante le recordará al vecino este 9 de diciembre de 2018. Madrid, su gente, también podrá presumir de esta fecha porque jugaba una final paralela desde que quiso asumir con valentía semejante follón y, en lo que a niveles de organización se refiere, también se llevó su trofeo.

Los hinchas, repartidos

Salió un domingo estupendo, invierno la mar de llevadero con un termómetro más primaveral que de diciembre. Amaneció la ciudad expectante, con los nervios a flor de piel, y los medios desplegaron a todos sus efectivos buscando algo con que llenar los informativos y las webs. En cierto modo, casi todo el mundo pensaba en algún vídeo viral o en alguna foto con carga y al final abundaron las imágenes de alegría, bailes y jarana, y eso ya es de por sí una excelente noticia. En plaza de Castilla, extremo de la zona de hinchas de River, los «millonarios» se hacían de rogar y no llenaron la zona hasta la hora del café, abundantes las latas de cervezas y los minis. Castellana abajo, en Raimundo Fernández Villaverde, el azul y amarillo de Boca se contagiaba de un Maradona falso que regalaba fotos y risotadas. La Policía, mientras, controlaba la situación de manera imponente, pues pocas veces se habrá visto un despliegue igual.

Es muy difícil de entender el ecosistema en el que viven los de River y los de Boca si no se forma parte de él, tan irreconciliables que hasta le tienen alergia a los colores del enemigo. Este domingo, en la calle Félix Boix, justo al lado del escenario de la zona de River, paseaban los porteños del barrio de Núñez buscando dónde comer algo, y todos daban con un local nuevo y coqueto, pero al que no entraba nadie. Su problema es que se llamaba« Boca Boca», y eso debe ser para ellos como adentrarse en el infierno. «Aquí entrará la concha de tu madre», exclamaba un muchacho entre las risas de su pandilla. La «concha de tu madre» es una licencia que se escribe aquí con naturalidad por cómo lo dicen, pues su traducción no tendría lugar en estas líneas, desde luego.

Todo lo argentino es exagerado, no hay término medio. Al menos, siempre que se utiliza la excusa del fútbol, que es para casi siempre. Se encadenaban canciones y casi ninguna servía para alentar a los suyos, pues importa más el menosprecio y la burla. «Boca tranza. El fútbol es pasión», se leía en un gran trozo de tela a las faldas del escenario de la zona de River, eufórico su pueblo al mediodía para incentivar a sus jugadores con otro «banderazo» en el hotel de concentración. En el rincón de Boca, réplicas recordando a las «gallinas», que es como conocen despectivamente a los otros. Y así todo, con esa manera tan peculiar de animar agitando los brazos, como si en cada ajetreo se gritara o se impulsara al equipo. A saber.

Más allá de alguna cola para acceder, consecuencia de unos controles exhaustivos en los que hasta se obligaba a los hinchas a agacharse por si llevaban algún artefacto tipo bengala en el ano, no hubo ningún incidente relevante antes de que empezara al superclásico. Batucada en el Bernabéu, canciones latinas a todo trapo y un concierto apasionante de un fondo del campo a otro adaptando siempre cualquier verso y dándole una intención futbolera. Hay que verlo, no hay nada igual.

A las 20.30 horas, para muchos un milagro, empezó el quinto asalto de esta final, que en la ida se tuvo que aplazar por un diluvio en Buenos Aires que anegó la Bombonera y en la vuelta se suspendió hasta en dos ocasiones después de los lamentables botellazos al autocar de Boca. Hubo más miedo que fútbol (tampoco se esperaba un partido de museo), tensión y un epílogo que corona a River, merecidamente, como un campeón para todos los siglos. Y fue en Madrid, la capital de todo lo que se quiera, campeona también de la Libertadores más volcánica de todos los tiempos.