Mbappe, tras el pitido final en el Parque de los Príncipes
Mbappe, tras el pitido final en el Parque de los Príncipes - AFP
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Champions LeagueLa maldición europea del PSG que los millones no logran desterrar

La descomunal inversión de casi 1.150 millones de euros no logra acercar al club parisino a su objetivo más deseado

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Empieza a parecer una maldición. Cuando no es por una cosa, es por la otra, pero el París Saint-Germain parece maldito en la Liga de Campeones, el único objetivo que justifica la multimillonaria inversión catarí en el equipo y la piedra en la que, año tras año, tropieza su constelación de estrellas.

Remontadas inéditas fuera de su estadio contra el Barcelona, bulimia ante un Real Madrid que parecía batible y, en esta ocasión, remontada frente a los ojos de sus aficionados contra al Manchester United. De todos los colores se viste el fracaso parisino ante el reto europeo.

El equipo, construido a base de talonario para tutear a los grandes, parece temblar cuando se acerca a la «orejona», como si la proximidad del éxito les hiciera morder el fracaso, una tendencia que además se ha agravado en las últimas temporadas. Del curso 2012-13 al 2015-16 cayó cuatro veces seguidas en cuartos de final (Barça -en dos ocasiones-, Chelsea y Manchester City), pero desde entonces su techo ha estado en los octavos (Barça, Real Madrid y Manchester United).

Independientemente de la ronda en la que el PSG cayese cada año, el dato que asombra es que por el camino se ha quedado una descomunal inversión de 1.150 millones de euros que ha sido insuficiente para tocar el trofeo más preciado.

Durante todos estos años el dinero no ha faltado, pero sí una mejor planificación deportiva enfocada a hacer un equipo más equilibrado, la suerte con las lesiones en los momentos decisivos, o el gen competitivo necesario para los partidos más exigentes.

Derrota contra todo pronóstico

Contra el United el PSG firmó una nueva modalidad del drama. Esta vez fueron a Old Trafford para firmar un gran partido y traerse un resultado tranquilizador, un 0-2 que parecía poner la clasificación para cuartos a buen recaudo. Solo quedaba, como titulaba por la mañana 'L'Équipe', «terminar el trabajo».

Escamados por los tropiezos anteriores, barrieron todo signo de confianza. Como el año pasado ante el Madrid, afrontaban el reto sin Neymar, lesionado, el jugador más caro de la historia, la verdadera apuesta para levantar la Liga de Campeones. Tampoco estaba Cavani, su máximo goleador histórico, apenas recuperado de una lesión y cuya vuelta a los campos no consideró Thomas Tuchel urgente ante un marcador que le era favorable.

Todos los focos estaban en Kylian Mbappé, que a sus 19 años tenía que dar el paso adelante en la máxima competición europea que se espera de él.

El tempranero gol de Lukaku, a los dos minutos, fue respondido diez más tarde con el empate de Bernat. Y el equipo controló el juego, fabricó ocasiones y parecía dominar el escenario camino de los cuartos. Otro tanto del atacante belga les obligaba a vivir en la cuerda floja, pero los ingleses no parecían constituir un gran peligro. El partido giraba en las botas de Marco Verratti, el mejor en el césped, y eso parecía proteger a los franceses del drama. Pero tras haber regalado dos goles, vino el penalti pitado desde el VAR y el proyecto catarí descarriló de nuevo.

Futuro incierto

Ahora, el PSG es un nudo de interrogantes. De poco servirá que gane una liga que tiene casi atada, que levante una copa y que pulverice récords en Francia. Su temporada estaba en Europa, porque solo en esa frontera se mide su éxito, porque no es un equipo tallado a la altura de los retos nacionales.

¿Hasta cuando aguantará la paciencia de los cataríes? ¿Seguirán las estrellas del equipo confiando en este proyecto? ¿Esta nueva eliminación en octavos provocará una desbandada de jugadores?

El fútbol no entiende de paciencias y el PSG ha buscado acelerar todos los plazos. Ha querido entrar en el olimpo de los grandes por los atajos del talonario, olvidando las estructuras en las que se soportan las grandezas. A riesgo de situar demasiado alta la barra de las esperanzas, el club se arriesga a convertir el éxito en una obsesión y el fracaso en un hábito.

El futuro aparece sombrío para un equipo que hasta hace unas horas parecía instalado en la euforia. Y, en cierta medida, está en manos de jugadores y directivos que han hecho del capricho un modo de vida.