Bahamontes fue el deportista español de los años 50 y 60
Bahamontes fue el deportista español de los años 50 y 60

Bahamontes: águila de Toledo, por rabia y hambre

Primer ciclista español ganador del Tour

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Hace unas semanas Federico Martín Bahamontes se sintió al fin hijo de su tierra. A punto de cumplir noventa años, cincuenta y nueve después de ganar el Tour de Francia y de convertirse en una leyenda mundial del ciclismo y en un icono de la España de la posguerra, fue recompensado en su ciudad, Toledo, con una estatua de bronce. Un gesto menor que al anciano le supo a gloria y le reconcilió con sus raíces. Rodeado de sus iguales, españoles vencedores del Tour como Miguel Induráin, Pedro Delgado o Carlos Sastre, Bahamontes sintió que puede reposar tranquilo.

Bahamontes siempre se ha jactado de ganar todas las clasificaciones del gran premio de la montaña que disputó. Fue el primer español en llevarse ese jersey distintivo en el Tour, en 1954. Diez años después, en 1964, ABC llevaba a su portada otra de sus victorias.
Bahamontes siempre se ha jactado de ganar todas las clasificaciones del gran premio de la montaña que disputó. Fue el primer español en llevarse ese jersey distintivo en el Tour, en 1954. Diez años después, en 1964, ABC llevaba a su portada otra de sus victorias.

Conversar con Bahamontes supone predisponerse a escuchar, a vivir un viaje en el tiempo, a los ancestros de nuestro país, a la guerra y a las andanzas de los supervivientes. Federico se hizo ciclista por hambre y rabia, por necesidad y honor. «Yo me dedicaba al estraperlo. Bajaba a Torrijos a por pan y harina, y a Gálvez a por garbanzos. Hacía todos los días 60 ó 70 kilómetros cargado de mercancía con la vieja bicicleta de mi padre. La Guardia Civil se apostaba en los caminos... Compraba a dos pesetas y mi madre vendía a cinco», recordaba en una entrevista a ABC.

Una historia detrás de cada palabra. «No teníamos nada para comer». Escarbaba entre los escombros. Un día encontró unos reales y su familia se dio un banquete de arenques, tomates y espárragos. No había carne en aquella España de penurias. «Comíamos gatos que yo cazaba con un tirachinas, pasábamos mucha hambre».

De la miseria surgió un ciclista que pedaleaba por costumbre, duro como el pedernal de la meseta castellana. Enjuto y moreno al estilo de los escarabajos colombianos que deslumbraron luego en los años ochenta en el Tour. Educado en los caminos, criado en las cuestas de los Montes de Toledo y en las montañas de Gredos... La vida le transformó en un escalador inimitable, al que solo podía seguir en las rampas del Tour otro trepador diminuto, el luxemburgués Charly Gaul.

Federico, así apodado por su tío ya que en realidad él fue bautizado como Alejandro, pidió permiso a su madre –a la que siempre se dirigía de usted– para ir al Tour cuando lo convocó el seleccionador español. Ganó el Gran Premio de la Montaña en 1954 y el maillot amarillo de vencedor final en 1959. El 16 de agosto de agosto de aquel año, Toledo se quedó sin pirotecnia para celebrar el éxito de su hijo pródigo, a quien el patrón del Tour, Jacques Goddet, puso el mote de «Águila de Toledo» por su perfil afilado y sus vuelos por las cumbres. Bahamontes es el ganador vivo más antiguo del Tour y disfruta al fin de una estatua de bronce en la cuesta de su ciudad.