Atletismo

Orlando es un seguro de vida

Es un tipo serio, de una pieza, que acostumbra a dictar sentencias en cada palabra.

BerlínActualizado:

Antes de salir disparado de los tacos a por su segunda medalla como español, el cubano de nacimiento Orlando Ortega brinca, baila rítmico sobre sus talones y extiende las piernas en un giro de superdotados. Es un tipo serio, de una pieza, que acostumbra a dictar sentencias en cada palabra. Se aprecia esa definición expresa en su mirada rotunda. Orlando no está para bromas, para la típica gracieta preparada que muchos atletas acometen cuando, en la presentación, les enfocan las cámaras. Al español de adopación le define una palabra: ambición.

Con esa codicia empuja el set en la salida, preparado para acometer la primera valla con siete zancadas de precisión milimétrica, cifra talismán para afrontar la carrera con la determinación de costumbre. Orlando tiene fama de competidor enorme, como cuentan los sabios que era Fermín Cacho. Un talento natural al que le costaba hacer grandes marcas, pero que en el día D y en la hora H gestionaba el sistema nervioso como nadie para sacar lo mejor. Orlando aplica esa táctica: con el adversario no se pacta, se pelea cuerpo a cuerpo.

No fue la mejor salida de su vida, como tampoco lo fue el año pasado en el Mundial de Londres, cuando acosado por las lesiones en los isquiotibiales y en año de maldición postolímpica, acabó séptimo en la final y se llevó a casa su decepción. Esa demora en afrontar la primera valla tuvo continuidad en la segunda. Tropieza y cede en ese latigazo cualquier opción de ganar el oro, el único metal que daba sentido a su avidez competitiva. Ambicioso el hijo y ambicioso el padre que lo entrena, también de nombre Orlando Ortega, comprendieron que el triunfo volaba en las piernas del ruso sin patria Sergey Shubenkov y el francés Pascal Martinot-Lagarde, para entonces destacados unos metros del resto.

Orlando extrae rabia y coraje de su fondo de armario porque las medallas se esfuman al paso por los cincuenta metros. Va quinto. Aparece entonces esa bola de músculos que lleva tatuados los anillos olímpicos en el bíceps en recuerdo de la plata que consiguió en los Juegos Olímpicos de Río de Janerio. Corre Orlando, salta sin rozar los obstáculos y la aceleración le conduce a la medalla de bronce (13.34 segundos).

Parece clara desde la grada en visión perpendicular, pero el caribeño duda. Se queda parado al pasar la raya, como petrificado por la inseguridad. Gesto lastimero en su agonía porque no quiere la medalla de chocolate. No vino a Berlín para eso. Las pantallas del estadio le sacan de la duda. Bronce. Y muy feliz. «Se lo dedico a mi abuela, allí donde quiera que esté», se emociona ante la prensa. El vencedor es el francés Martinot-Lagarde, quien no se cree que ha tumbado al vallista intocable en esta temporada, Shubenkov, el único que ha bajado de 13 segundos. Victoria al sprint ciclista y en foto-finish, ya que los dos registraron el mismo crono, 13.17 segundos.

La jornada en el estado Olímpico depara la cuarta medalla para los españoles, pero en el tartán azul se han visto muchas cosas. El enorme enfado, por ejemplo, de la saltadora de altura rusa Maria Lasitskene, que ha ganado otro oro pero golpea con saña el suelo y sus zapatillas porque no ha llegado a 2,04 metros. La irascible Lasitskene no pasará a la historia por su simpatía, cosa que sí sucederá con el menor de los tres hermanos noruegos Ingebrigtsen. Lo tres corrieron la final de los 1.500 en una atmósfera totalmente favorable. La gente quería la victoria de alguno de ellos. Lo consiguió el benjamín, Jakob, de 17 años, que lo celebró ajustándose un casco vikingo.