Diez frases clave en la vida de Bobby Fischer, diez años después de su muerte

Fue al gran maestro de ajedrez más joven de la historia, ganó el Mundial a los rusos y acabó como el enemigo número uno de Estados Unidos

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No ha existido un ajedrecista más carismático que Robert James Fischer (Illinois 1943-Reikiavik 2008). Garry Kasparov reinó durante más años (y ni siquiera fue el campeón más longevo), mientras que Magnus Carlsen juega indudablemente mejor, al igual que los atletas de ahora corren más rápido que Carl Lewis o Jesse Owens. Pero el genio americano fue único en numerosos aspectos y protagonizó un momento clave de la historia: su duelo contra Boris Spassky fue un capítulo esencial de la Guerra Fría.

Para completar el mito, primero desapareció, justo después de ganar el Mundial en 1972, y luego murió casi joven, aunque no tanto como James Dean o Marilyn Monroe. Fischer dejó la vida a la oportuna edad de 64 años, el mismo número de casillas que tiene un tablero. Diez años después de su muerte, ocurrida el 17 de enero de 2008, repasamos algunas frases claves pronunciadas por el gran maestro o relacionadas con él, que ilustran los momentos más importantes de su vida.

Bobby Fischer, en 1959, con 16 años, en una partida contra Petrosian
Bobby Fischer, en 1959, con 16 años, en una partida contra Petrosian

«Un psiquiatra debería pagar por trabajar con mi cerebro»

Bobby Fischer no tuvo una infancia fácil y más que niño prodigio, figura frecuente en el ajedrez, fue un «adolescente prodigio», como lo definió Pablo Morán. Su genio floreció a los 13 años, cuando ganó a su compatriota Donald Byrne una partida bautizada como «la partida del siglo». A los 14 ganó su primer campeonato de Estados Unidos y a los 15 se convirtió en el gran maestro más joven de la historia (el récord actual es de Sergey Karjakin, que lo logró a los 12 años y siete meses).

Joseph G. Ponterotto, psicólogo y profesor de Psicología de Asesoramiento en la Universidad de Fordham, escribió un artículo titulado «Una autopsia psicológica de Bobby Fischer», en el que profundizaba en su vida tortuosa. Su tesis es que los problemas provenían de su infancia y que es necesario ayudar a otros niños prodigio para preservar su salud mental.

Robert Byrne (hermano de Donald) sugirió al propio Fischer que debía visitar a un psiquiatra, a lo que el genio replicó: «Un psiquiatra debería pagar por trabajar con mi cerebro».

«Pregúntame algo normal»

No sorprende que Fischer acaparara la atención de los medios desde muy joven, ni que los periodistas de un país en el que el ajedrez no era importante le hicieran desafortunadas preguntas casi todo el tiempo. Cuenta Frank Brady en su excelente biografía (editada en España por Teell) que la mayoría de reporteros le hacían preguntas condescendientes o insultantes. ¿Por qué no tienes novia?, ¿estáis locos todos los ajedrecistas?... En una ocasión respondió: «Pregúntame algo normal en lugar de hacerme parecer raro».

«El ajedrez es mejor que el sexo»

Cuenta la leyenda que Bobby perdió su virginidad en Argentina, donde casualmente jugó el peor torneo de su carrera, en 1960. El gran maestro húngaro Pal Benko narró la anécdota en la revista «New in Chess». «Fischer siempre se interesó por las chicas. Pero no sabía cómo encararlas. Vio que yo tenía una novia muy agradable y bonita durante el torneo, "una chica de calidad" decía, una inmigrante húngara, y quería saber cómo lo había logrado. Al final, Larry Evans le consiguió, según sus palabras, una "semiprofesional". A la mañana siguiente, le pregunté a Bobby cómo le había ido. Me dijo: "Pss, movimientos verticales..., el ajedrez es mejor". Le dije: "Mira, Bobby, el sexo y el ajedrez son dos cosas diferentes"».

Bobby Fischer, en 1962
Bobby Fischer, en 1962 - John Lent / AP

«Los rusos han amañado el ajedrez mundial»

Fischer torturaba a los organizadores de los torneos con continuas exigencias, en algunos casos excesivas, pero su insistencia sirvió para mejorar las condiciones de juego de una actividad poco profesionalizada hasta su llegada. Bobby también fue tildado de paranoico por sus acusaciones sobre las maniobras y arreglos de los rusos en los torneos de Candidatos.

Lo cierto es que David Bronstein confesó años después en su libro «Secret notes» que esos arreglos existieron y que, a veces, no solo consistían en acordar unas tablas, sino que en ocasiones estipulaban incluso la derrota de alguno de los camaradas. La FIDE acabó cambiando el sistema de competición y pasó de las liguillas –a menudo con la mitad o más de los candidatos de la URSS– a los duelos por eliminatorias.

«No creo en la psicología, sino en las buenas jugadas»

Pese a sus desequilibrios en su vida privada, sobre el tablero Fischer tenía un estilo de juego cristalino, universal. Hacía fácil lo difícil y tenía una voluntad férrea de ganar. Su juego era racional, sumado a una energía aplastante y daltónica; intentaba ganar siempre, con blancas y con negras. Y al contrario que algunos campeones, como Lasker, famoso por hacer las jugadas más incómodas para cada rival en particular, Bobby pensaba que en cada posición podía elegirse la mejor jugada. Tampoco le gustaba, como a Tal, hacer sacrificios dudosos pensando que su oponente no sería capaz de apagar el incendio en el tiempo limitado que dura una partida.

Fischer, contra Mark Taimanov, en presencia del árbitro yugoslavo Bozidar Kazic (Vancouver, 1971)
Fischer, contra Mark Taimanov, en presencia del árbitro yugoslavo Bozidar Kazic (Vancouver, 1971)

«Me gusta cuando rompo el ego de un hombre»

Bobby Fischer no se contentaba con ganar. Para él el ajedrez era una guerra sin metáforas. El objetivo del juego, decía, es «aplastar la mente del rival». Disfrutaba con ese ejercicio de crueldad y desconocía la piedad. Le gustaba sobre todo cuando «rompía el ego» de sus enemigos. Famosas son sus victorias contra Larsen y Taimanov por 6-0 en sendas rondas del torneo de Candidatos, un resultado nunca visto al máximo nivel. Cualquier otro se habría contentado con las tablas después de ganar dos o tres partidas para asegurar el paso a la siguiente eliminatoria.

Cuando derrotó a Mark Taimanov, el gran maestro ruso, periodista y pianista de prestigio, sufrió la humillación de no poder dar más conciertos. Solo dio la cara por él Boris Spassky, el campeón bohemio e indisciplinado, quién llegó a preguntar en alto: «Cuando todos hayamos perdido ante Fischer, ¿seremos arrastrados por el fango?». No es casualidad que después de su derrota contra el americano, se fuera a vivir a Francia.

Kissinger: «Eres nuestro hombre contra los rojos»

El Mundial de 1972 estuvo en peligro de forma permanente, con un trasfondo de Guerra Fría que lo hacía todo más emocionante. En Islandia también participaron de algún modo Nixon, Kissinger, la CIA, el FBI, el KGB y el Comité Central del PC. Fischer, entretanto, quizá temeroso ante el momento decisivo de su vida, empezó a realizar toda suerte de peticiones ridículas y en un momento dado los organizadores y la FIDE, empujados a su vez por los soviéticos, dijeron basta.

Bobby fischer, en 1972, cuando decidió que abandonaba el Mundial
Bobby fischer, en 1972, cuando decidió que abandonaba el Mundial

Desde Estados Unidos no entendían que su aspirante pudiera desaprovechar una oportunidad así de arrebatar el título a los rusos. Henry Kissinger, consejero de Seguridad Nacional de Nixon, estaba harto de las continuas espantadas de Bobby, hasta que encontró la tecla adecuada: «EE.UU. quiere que vayas y derrotes a los rusos», le dijo.

Y Bobby cogió su fusil, como reza el título del libro de David Edmonds y John Eidinow, pero un error infantil en la primera partida y su incomparecencia en la segunda (en protesta por la presencia de las cámaras de televisión) forzaron la nueva soflama de Kissinger: «Eres nuestro hombre contra los rojos».

«Los caballeros conquistan a las damas, pero pierden en el ajedrez»

El árbitro del Mundial, el alemán Lothar Schmid, ha confirmado años después que aquello fue «una guerra entre el Este y el Oeste», como si el mundo no tuviera suficiente con Vietnam, el Watergate y la matanza de los Juegos de Múnich. Cuando tuvo que dar por perdida la segunda partida al desaparecido Fischer, sufrió más que nadie y lloró en su habitación: «Pensaba que había destruido a un genio», confesó.

Spassky (de espaldas) en su duelo por el título contra Fischer
Spassky (de espaldas) en su duelo por el título contra Fischer

Al final Fischer aceptó jugar, pero solo en una salita sin público, detrás del escenario. «Ambos jugadores eran más altos que yo», recuerda el árbitro, «pero los agarré de los hombros, los empujé hacia la salita y les exigí: Ahora, jugad». El resto es historia. Bobby ganó la siguiente partida e inició una remontada imparable.

Viktor Korchnoi, compatriota del derrotado y al igual que este futuro exiliado, explicó de forma cruel el desenlace: «Spassky era un caballero. Y los caballeros tal vez conquisten a las damas, pero pierden en el ajedrez».

Los rusos, desesperados, llegaron a denunciar influencias electrónicas, psíquicas, parapsicológicas… lo que fuera. Lanzaron rumores sobre la mirada hipnótica de Fischer y su «condición magnética» e incluso desmontaron las sillas en busca de objetos malignos (apareció alguna mosca muerta). Sobre todo, nunca perdonaron la deportividad de Boris Spassky. Un campeón más duro, pensaban, habría aprovechado la fuga de Fischer para exigir el título y negarse a seguir jugando. El ministro de Interior de Breznev comentó dos años después sobre el equipo derrotado: «Si de mí dependiera, irían todos a la cárcel».

«Todos los encuentros entre Karpov y Kasparov estaban amañados»

Después de todo lo anterior, sorprende que el héroe americano cayera en desgracia. No quiso defender su corona ante la joven estrella rusa Anatoly Karpov en 1975, fue detenido por error en Pasadena en 1981, por su parecido con un atracador (y por su resistencia a la autoridad) y se negó a respetar el embargo a Yugoslavia. Jugó allí un supuesto duelo de revancha contra Spassky, con dinero de un magnate cuya reputación ojalá hubiera sido dudosa.

Bobby Fischer, en su fugaz regreso a los tableros en 1992
Bobby Fischer, en su fugaz regreso a los tableros en 1992

En la rueda de prensa de presentación del encuentro, arremetió contra todo. Escupió en la carta del embargo y afirmó que todos los encuentros entre Karpov y Kasparov «estaban amañados». Luego jugó, ganó sin dificultad pese a llevar veinte años retirado y se fue con el dinero (3,5 millones de dólares) a otra parte: Hungría, Filipinas, Japón… mientras el Gobierno de EE.UU. ordenaba su busca y captura.

Sobre el 11-S «Son noticias maravillosas. ¡Lloriquead, cabrones!»

En su enconamiento antiamericano resurgió su ya conocido perfil antisemita. Poco le importaba que su madre, Regina Fischer, también fuera judía, además de una activista sobre la que el FBI tenía informes con cientos de páginas.

Un mal día, el 11 de septiembre de 2001, le llamaron de la emisora filipina Radio Baguio para comentar los atentados, y en su rencorosa ofuscación indignó al mundo y al tío Sam, que incrementó la presión internacional para atrapar al (ex)ajedrecista. Frank Brady es de nuevo quien mejor documenta la infame entrevista, en la que dijo toda clase de barbaridades:

«Son noticias maravillosas. Es hora de que los putos Estados Unidos reciban una patada en la cabeza. Es hora de terminar con Estados Unidos de una puta vez». «Aplaudo el acto. A la mierda Estados Unidos. Quiero ver a Estados Unidos aniquilado». «Estados Unidos se basa en las mentiras. Se basa en el robo. Mira todo lo que he hecho yo por Estados Unidos. Cuando gané el campeonato mundial, en 1972, tenían la imagen de ser un país de fútbol, de béisbol, nadie pensaba en él como un país intelectual. Yo cambié todo sin ayuda”.

Y después de defender un golpe de Estado por parte de «personas sensatas», remata: «¡Muerte al presidente Bush! ¡Muerte a Estados Unidos! ¡A la mierda los Estados Unidos! ¡A la mierda los judíos! Son criminales, mutilan a sus hijos, son asesinos, ladrones, bastardos mentirosos. Se inventaron el Holocausto (...) Hoy es un día maravilloso. Llorad, nenas, Lloriquead, cabrones. Ahora llega vuestra hora».

Fischer, recién liberadoy camino de Islandia, en el aeropuerto de Narita (Tokio)
Fischer, recién liberadoy camino de Islandia, en el aeropuerto de Narita (Tokio) - Reuters

En 2004 fue detenido en el aeropuerto de Narita, en Tokio. Pasó un año encarcelado, en medio de disputas legales, sin que Estados Unidos lograra la extradición ni Fischer la libertad. Una decena de países le ofrecieron asilo y el destino elegido fue Islandia. Así acabó sus días, medio chalado, en la isla donde conoció la gloria.

Ni siquiera puede decirse que Fischer descansara por fin en paz después de su muerte, porque su cadáver fue exhumado años después debido a las disputas por su herencia. Tres partes reclamaban el pastel. Miyoko Watai, campeona de Japón y secretaria general de la Federación de su país, aseguraba ser su viuda. La filipina Marilyn Young sostenía que su pequeña Jinky era hija de Fischer, algo que no pudo demostrar. Por último, los sobrinos Targ, hijos de la hermana de Fischer, ya fallecida, también reclaman su parte del botín.

Su verdadero legado son sus partidas.