Tomás Campos fure prendido hasta dos veces por el tercero de la tarde
Tomás Campos fure prendido hasta dos veces por el tercero de la tarde - Paloma Aguilar

El «VAR» del tendido: la mirada del espanto

Tomás Campos se la juega con un marrajo en la peor corrida de San Isidro con los mansos de Las Ramblas

MadridActualizado:

Se comentaba en el sorteo que la corrida era «hermosa y grande», pero en la plaza los adjetivos cambiaban a «feota y basta»: cuando no embisten se ven horribles hasta los guapos, que no fue el caso de ayer. El «colmo» fue el del aficionado catalán que ha huido este mes de la Ciudad Condal para ver toros en Madrid y se topó con «unas Ramblas con peor son que las del paseo de Barcelona».

Alejadas del canon de belleza, si es que realmente lo hay en esto del trapío, eran ya las hechuras del primero. Y así embistió: a su falta de casta se sumaba un nulo poder que le hacía protestar con menos clase que algún jugador de fútbol en una tarjeta roja. «¡Hay que devolver los inválidos!», gritaron en el sol mientras Morenito, con un lote a contraestilo, buscaba agradar. El segundo embistió más y mejor (dentro de un orden) en una faena con distintos ritmos de un dispuesto Juan del Álamo, acelerado a veces. «Lo ha entendido pronto y bien desde el principio, poniéndose en los medios», explicaba en un burladero de la Comunidad de Madrid Javier González, propietario de Berma 2000, en compañía de Miguel Abellán. Al espada del PP le deseaban suerte y la historiadora Paloma Velarde Valiente, con su pulsera rojigualda, lo tenía claro: «Pablo Casado es lo mejor que le puede pasar a España».

Miguel Abellán y Javier González, en un burladero de la CAM
Miguel Abellán y Javier González, en un burladero de la CAM - Paloma Aguilar

Fue de las pocas tardes en las que no hubo «¡vivas!» a nuestro país. Normal: sobre el mapa del ruedo no sucedieron grandes cosas en la peor corrida de la feria (también en asistencia), aunque los toreros tuvieron su mérito y se atisbó el necesario valor de los locos cuerdos. Así se vislumbró en el tercero, malo hasta decir basta. Un manso de libro, con el que Tomás Campos «tiró la moneda y asustó al miedo». Según comentaba el periodista Federico Arnás en su delantera baja del «2», el extremeño eligió el camino «más puro», el más difícil (y único) que permitía el tal «Taleguilla». «Bien ajustada la lleva este torero, un valiente de verdad», señalaron en la cuarta fila del «10».

Este castaño, herrado con el número 17, lucía unas velas como para alumbrar una procesión de Semana Santa. «¡Vaya testa!», gritaron. El tal «Taleguilla» pegaba coces y apuntó su mansedumbre desde que pisó el redondel. No era nada fácil lidiarlo ni asomarse a esa balconada. Para colmo, el viento molestaba una barbaridad y el de Las Ramblas se revolvía rápido. Dos veces cogió a Campos y lo colgó en esas perchas como a un pelele: la segunda, a la altura del pecho, fue espeluznante. Ni se inmutó el joven matador, con un seco y frío arrojo que rozó «la inconsciencia» en unas manoletinas imposibles. Un milagro que saliera ileso mientras le robaba aquellos pases en terrenos cortos junto a chiqueros.

Especialista en distancias es el doctor Alfonso Martínez de Carneros, por cuya consulta pasan diestros y ganaderos. ¿Cómo ve un oftalmólogo las faenas?, le preguntaban. «Esa faceta está muy ligada a la de aficionado, pero lo que más observo son las distancias». Y remató con una maravillosa definición del arte del toreo, como «juego de miradas entre toro y torero». Un lenguaje no verbal que a muchos generaba espanto frente a aquellos leños y esa corrida de aires bueyunos.