Estela Baz, fotografiada delante de la antigua central nuclear de Lemóniz
Estela Baz, fotografiada delante de la antigua central nuclear de Lemóniz - PEDRO URRESTI

El terrorismo de ETA, en los ojos de una niña

Estela Baz novela en su primer libro sus recuerdos como hija de uno de los ingenieros supervivientes de la campaña de terror de la banda que acabó con la central de Lemóniz

Lemóniz (Vizcaya)Actualizado:

Durante uno de los varios traslados que encadenó en su infancia, Estela Baz encontró un día una carta perdida en una de las cajas amontonadas, llenas de recuerdos. Iba dirigida a su padre. Empezó a leerla y, sin poder comprender la trascendencia de aquel mensaje, pidió explicaciones a su madre. Era una misiva de amenaza de ETA. Una de las muchas, de las muchísimas que, a lo largo de su existencia, la banda terrorista envió para sembrar el terror. En el caso de la familia de Estela, su historia estaba ligada a la central nuclear de Lemóniz (Vizcaya). Allí llegaron sus padres, procedentes de Estados Unidos, a finales de la década de los 70. Estela nació poco después, en Bilbao. Su padre, un prestigioso ingeniero, había logrado trabajo en el flamante proyecto de Iberduero. Fue entonces cuando ETA se cruzó en su camino.

Cinco asesinatos y trescientos atentados después –los cometidos por la banda entre 1979 y 1982–, los responsables de la empresa desistieron de su empeño. La central fue abandonada y, en sus alrededores, cientos de vidas quedaron marcadas para siempre, víctimas de la sinrazón del terrorismo. El padre de Estela sobrevivió, pero no para contarlo. Tras abandonar el pueblo cercano a Lemóniz en el que la familia vivía, no volvió a hablar de aquello. Su mujer, cómplice fiel en las muchas adversidades vividas en esos años, decidió acompañarlo, también, en el tupido velo que corrió al respecto. Pusieron tierra de por medio y dejaron que el tiempo, que –dicen– todo lo cura, pasara, aunque conservaron la carta. Para no olvidar, quizás. Pese a todo.

Resorte

Hace apenas dos años, cuando el azaroso hallazgo de esa misiva era ya un recuerdo brumoso, Estela organizó una cena con amigos íntimos a los que hacía tiempo que no veía. En el transcurso de la velada, en mitad de conversaciones intrascendentes, una de sus amigas confesó algo que nunca antes había contado y que impactó a todos los allí presentes, en especial a Estela: había vivido, junto con su hija pequeña, un atentado en Alemania. En el caos, corrieron a refugiarse en una tienda cercana y, escondidas en un pequeño cuarto, su hija le dijo: «Mamá, nos van a matar». Aquello activó un resorte en la mente de Estela. «Empecé a plantearme cómo les afecta el terrorismo a los niños. De forma inconsciente, estaba intentando darme respuestas a mí misma. A pesar de los muchos años pasados, me di cuenta de que tenía algo no resuelto».

Acudió a sus padres en busca de esa información que le faltaba, pero su padre le dijo que no se metiera en eso y su madre le pidió que no removiera el pasado. «Pero cuando se me agita algo por dentro, no puedo pararlo, así que seguí. Busqué en hemerotecas, leí libros y, al final, acabé contactando con gente que me ayudó a darme cuenta de lo que realmente había ocurrido. Fue un baño de realidad de lo que se había vivido en mi casa y en otras casas donde la situación había sido muchísimo peor». El resultado de aquella primera toma de conciencia llegó tiempo después en forma de novela: «Los niños de Lemóniz» (Espasa). En ella, Baz vierte sus recuerdos y los de aquellas personas que decidieron acompañarla en este viaje para contar la historia de lo que sucedió durante eso años, pero desde la perspectiva más inocente y frágil, la de una niña.

Juegos

Ángela, la protagonista, es Estela, por supuesto. Pero también todos los niños que tuvieron la desgracia de sufrir el terrorismo en España. Esos pequeños que, como se plasma en la novela, vivieron una realidad casi paralela, construida por sus padres para dejarles al margen del terror. Todos jugaron, entonces, a buscar duendes debajo de los coches. Todos cantaron los números de las matrículas para ver quién tenía mejor memoria. «Jugábamos a las llamadas, no se podía coger el teléfono hasta que no sonara tres veces y cuando sonaba el portero había una clave para saber quién llamaba». Sólo ahora, al escribir la novela, Estela se ha dado cuenta de que, cuando su madre hacía luz con un puchero al entrar su padre en casa, era porque no se podían encender las luces.

La escritura ha sido, por tanto, terapéutica. Estela lo reconoce en un entorno muy hostil para ella. El mismo en el que su padre fue amenazado de muerte y en el que cinco de sus compañeros fueron asesinados. Es la segunda vez que visita la central de Lemóniz. La primera, hace cosa de dos meses, fue tan dolorosa para ella que apenas pudo estar diez minutos. En esta ocasión, animada por ABC y en compañía de su amiga Marta Buesa –hija de Fernando Buesa, asesinado por ETA en el año 2000–, a la que conoció en la presentación de «Los niños de Lemóniz» en Vitoria, está más tranquila.

El sol, radiante, ayuda. Pero también el saber que todo el esfuerzo ha merecido la pena. «Esto es un homenaje, esto es por las víctimas, y ha salido bien», dice, emocionada. «Cuando arranqué con esto, muchas personas me advirtieron: “Estela, que esto es un tabú”. Pero yo no podía hablar de otra cosa. Podría haber escrito una novela que transcurriera en un cuartel de la Guardia Civil o sobre empresarios extorsionados, pero a mí lo que me tocaba de forma directa era aquello, fue lo que vivió mi familia».

De fondo sólo se escuchan el rumor del mar y los graznidos de las bandadas de gaviotas que se han adueñado de la central, cuya presencia fantasmal sigue atrayendo a curiosos. Antes, había doble vallado. Hoy, nada. La concertina oxidada de una de las puertas parece dejada allí a propósito, como el atrezo de una antigua obra de teatro que nunca llegó a estrenarse. Paran sus coches, se bajan y ojean con curiosidad. Algunos comentan, otros permanecen en silencio. Y, al cabo de unos minutos, todos reemprenden su viaje, vuelven a sus vidas sin ser conscientes, a buen seguro, de la historia que dejan detrás.

Una historia que, gracias a Estela, hoy tenemos un poco más presente. Es el famoso relato. Ese que, como sociedad, nos faltaba y del que se empezó a hablar gracias a «Patria», de Fernando Aramburu, pero al que escritores como Iban Zaldua o Edurne Portela llevan, también, tiempo contribuyendo. «Nunca había oído hablar de la importancia del relato –confiesa Estela– y me di cuenta de lo fundamental que es contar cómo fueron las cosas. Porque si yo, que fui testigo directo, no tenía ni idea, qué no sabrá la gente que sólo veía la información en la televisión o en la prensa».

Reflexión

A medida que Estela fue escribiendo, fue reconstruyendo su propia historia («que buena falta me hacía») hasta ser consciente de que el primer objetivo que perseguía –saber de dónde venía– había pasado a un segundo plano. «Si te marcaban, quedabas señalado y tu entorno te daba la espalda. Cuando la gente lee la novela, se pregunta: “¿Cómo pudimos permitir esto?”. También es terapéutico para ellos. Se están haciendo muchísimos replanteamientos. Incluso hay padres que quieren que sus hijos con trece años lean el libro y hasta me han llamado de instituciones educativas. Al final, se está haciendo una onda expansiva. Todos los relatos que se cuenten generan una reflexión social, un recuerdo a las víctimas, un recuerdo de lo que se vivió, de las cosas que ocurrieron, para que no se vuelvan a repetir».

Estela reconoce haber tenido «una gran suerte, porque toda la gente vinculada con el terrorismo, víctimas de todo tipo, siempre me han abierto las puertas de una forma generosa, porque veían que el objetivo era contar esto desde el cariño y el respeto». La novela ha ayudado, además, a que esas mismas personas, «que de alguna manera han estado calladas», hayan roto su silencio. «En sus casas, se ha empezado a hablar. Los que en aquella época eran niños, están hablando con sus hijos y eso reconstruye, las familias establecen hilos de forma distinta». También la suya.

Al borde del llanto, Estela confiesa que el libro es un homenaje a sus padres. «Han estado en el proceso, muy callados… Se lo dedico a mis padres, a los dos, pero conseguí una comunicación con mi padre que nunca había tenido y un acercamiento a él de manera diferente, sentía que se abría conmigo». Ya no discuten «por nada», porque Estela entiende «mucho más las cosas» y ha dado «respuestas a muchos detalles» de su carácter. Ahora sabe de dónde viene, sabe lo que pasó en su familia. Y lo ha dejado escrito. Para que nunca se olvide.