Imagen de la muestra «Transatlántica»
Imagen de la muestra «Transatlántica»
ARTE

Palabras lúcidamente fatales en el arte

«Transatlántica», en la galería Fernando Pradilla, se deleita en el poder de evocación de lo textual para muchos artistas

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Puede sonar o, para ser más preciso, será leído como una soberana estupidez, pero pienso que el conflicto logo-icónico de Magritte, aquel mítico «Esto no es una pipa», no es otra cosa que una bromita emparentada con el infantil «Tonto el que lo lea» sedimentado en la pizarra olvidada de la escuela. También podría montarse la genealogía desde el shakesperiano «words, words, words», abismalmente nihilista, o desde el «Parole Parole» interpretado por Mina y Alberto Lupo. No hace falta irse por los cerros de Úbeda para recordar que el arte contemporáneo está repleto de palabras, desde aquellas tres sillas de Kosuth que vinieron a «fosilizar» el diccionario hasta las Palabras líquidas de Ed Ruscha; de las poesías visuales de Brossa a los neones de Nauman, que introducen «verdades místicas» en una espiral inquietante.

Al pie de la letra

Francisco Carpio lleva años investigando el papel de la palabra y, especialmente, de la poesía en el dominio selvático de las artes plásticas, y en la exposición que acaba de montar en la galería Fernando Pradilla selecciona a una treintena de creadores españoles y latinoamericanos en los que la letra, el texto o el libro son determinantes.

La primera de las salas de esta cita da cuenta de la voluntad de no realizar una lectura cronológica o de categorizaciones rígidas; una de las figuras antropomórficas compuesta por letras de Jaume Plensa dialoga con una excelente fotografía de Germán Gómez que aborda la cuestión de los procesos de identificación; una escultura de Fernando Sinaga -que podría aludir a los dominicos- y una viñeta con alusión duchampiana de Álvaro Barrios abren un recorrido en el que también encontramos la textualidad, literalmente, performativa de Santiago Sierra, el neoconceptualismo de Ignasi Aballí o algunos de los libros-homenaje en madera que construyó Almudena Lobera.

En las habitaciones de la planta de arriba asistimos a un despliegue de piezas entre las que destacaré el libro en el que Mateo Maté «ha esculpido» una montaña; las hermosas piezas de madera y cerámica de Clara Carvajal; el dibujo marcado por el placer sexual de Juan Francisco Casas; el cuadro del cubano José Bedia con el «asombro» mágico; el mapamundi de la referencial artista brasileña Ana Bella Geiger; el collage con la autopsia de los pensamientos de Nicolás Franco; la «manifestación escenificada» en pelotas de Mira Bernabeú preguntándose cuál será el próximo espectáculo; la luminosa pieza de Pep Llambías; la escritura rodeando el sexo de Esther Ferrer o la máxima, plena de sabiduría, de Juan Hidalgo, que nos hace ver que «es ocioso buscar gran precisión o certeza».

Contener un exceso

David Mitchell y Sharon Snyder sostienen que todos los relatos operan a partir del deseo de compensar una limitación o contener un exceso. Nunca termina de completarse el «impulso alegórico», y, en el juego de las palabras y las cosas, siempre queda un resto, algo que sale de la malla gramatical, de la taxonomía de las similitudes y las semejanzas. Hay que ser muy obtuso para aceptar, a la ortodoxa manera proto-minimalista, que «lo que ves es lo que ves», cuando a cada momento sentimos la deriva del sentido. El cierre en la galería F. Pradilla es un imponente bodegón de Sinaga, una vánitas con calavera junto a un fragmento de Heráclito: «A mayores muertes, mejores suertes». La última y fatal palabra.