Madame Caillaux declara en el juicio por el asesinato de Calmette
Madame Caillaux declara en el juicio por el asesinato de Calmette - ABC
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Juicio a las miserias de la «Belle Époque»

Edward Berenson aborda en «El juicio de Madame Caillaux» un mediático proceso en la Francia de principios del siglo XX

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Joseph Caillaux fue uno de los políticos más prominentes de la Francia de la «Belle Époque». Tuvo el oportunismo político necesario para ponerse al frente del Partido Radical, fue ministro de Economía varias veces y primer ministro entre 1911 y 1912. Los testimonios de la época lo retratan como un hombre inteligentísimo, padre del impuesto de la renta, con el que dotó a su país de una fiscalidad moderna. Como escribe Santiago Eguidazu en el epílogo de « El juicio de Madame Caillaux» (Avarigani), las ideas centrales de su proyecto «son las que, a la postre, han permitido construir Europa».

Era también un personaje excesivo, con un ego acorde a su fulgurante irrupción en la política francesa cuando solo contaba 36 años. No tenía problema en exhibir de manera pública su matrimonio, algo transgresor para aquella «Belle Époque», que seguía manteniendo vigentes los valores aristocráticos. Se casó dos veces, la segunda con una antigua amante, también divorciada, y alardeaba de su éxito con las mujeres en los debates parlamentarios. Demasiado para una sociedad que, aunque libertina en el ámbito privado, era escrupulosa a ojos de los demás.

Su principal fortaleza, esta arrogancia desacomplejada que le ayudaba a proyectar su perfil político, fue también su mayor debilidad. Acumuló enemigos por todos los frentes; el más poderoso, el mediático. La prensa alcanzó a principios de siglo un nivel de influencia como ningún otro medio ha conocido. Se calcula que cada francés tenía acceso a, al menos, una cabecera por día. La oposición al líder radical se alió con los periódicos para tratar de derribarlo, y el más solícito fue «Le Figaro».

El diario parisino, editado por Gaston Calmette, llegó a publicar más de cien artículos y caricaturas contra Caillaux, la mayoría de ellos con el único objetivo de cuestionar no sus posturas políticas, sino su moralidad. Calmette incluso se atrevió a violar en 1914 una norma no escrita que rechazaba revelar la correspondencia privada con la publicación de una carta de Caillaux en 1901 a su amante, antes de que se convirtiera en su primera esposa. El líder de los radicales quedaba como un adúltero y un político mentiroso.

Unos días después, su segunda esposa, Henriette Caillaux, pidió despacho con Calmette. Apenas les dio tiempo a intercambiar un par de frases porque enseguida Henriette sacó una pistola y le disparó seis veces. «No me toquen. Je suis une dame!», exclamó cuando la redujeron. La mujer de Caillaux reconoció los hechos, pero se declaró inocente del asesinato. El suyo, alegó, fue un crimen pasional. Mató para proteger la reputación de Joseph. «Francia y la República te necesitan», le escribió a Caillaux justo antes de ir al encuentro de Calmette. «Así que soy yo la que perpetraré la acción». Henriette se comportó como una «mujer auténtica», según los estándares de la época, dejándose llevar por las emociones y no por la razón.

Edward Berenson aborda este caso en « El juicio de Madame Caillaux», un fascinante ensayo sobre un proceso que acaparó las primeras páginas y relegó el estallido de la Gran Guerra a un segundo plano. Tal fue el interés por un juicio que combinó un asesinato, romances, sexo e intriga política. Las transcripciones de las sesiones se publicaron por entregas, como las novelas.

Con un rigor y una profundidad admirables, Berenson evalúa el contexto político, el sistema judicial o los modos de entender el feminismo y el honor por una burguesía republicana que ya solo se sostenía por las apariencias. El desastre bélico y la apertura de los años 20 acabaron por liquidar la «Belle Époque», que en este libro queda retratada con todas sus miserias.