El artista junto a uno de sus grandes formatos de cacería. :: IMÁGENES DEL ARCHIVO FAMILIAR
MIS FAMILIAS PREFERIDAS... FERNANDO TORO RAMÍREZ

Un artista jerezano sin igual

Fernando Toro Ramírez retrató con su pincel las más bellas escenas costumbristas

JEREZ.Actualizado:

Después de describir la exitosa trayectoria del jinete olímpico Ignacio Rambla; esta semana, al continuar con la letra R, traemos a las páginas de LA VOZ a otro gran artista jerezano que si no montaba a caballo, ni los domaba, sí los pintaba con verdadera excelencia.

Se trata del pintor Fernando Toro Ramírez, o: 'Ramírez, El Pintor', que así era conocido y popularmente llamado por el pueblo de Jerez.

Por su primer apellido le correspondería aparecer cuando describiéramos la letra T, pero desde que iniciamos esta serie de 'Nuestras familias preferidas' pensamos traerlo con el apellido Ramírez y dejar el de Toro para sus hijos, también artistas.

Nació nuestro personaje junto a la jerezana plaza del Arenal, concretamente en la calle Consistorio, encima del Señor de la Puerta Real; el día 6 de agosto de 1916.

Su padre era fotógrafo y dentista por lo que desde muy niño se inició ayudando a su padre, haciendo los trabajos de fotografía y el retoque de éstas, el coloreado y las mejoras que se les solían hacer para lo que hacía falta tener cierto virtuosismo; cualidades pictóricas que ya se le apreciaban desde niño y que realizaba en el estudio que su padre tenía en los aledaños de la Puerta Real allá por la década de 1930.

Aunque en entrevistas y artículos cotejados hemos leído que era autodidacta, en otras consultas, él mismo nos revela cómo su padre al ver despertársele su vocación por la pintura, lo matriculó en la Escuela de Artes y Oficios de Jerez, siendo sus profesores el pintor don Nicolás Soro y el maestro en artes decorativas, eminente cartelista y aguafuertista, don Teodoro Miciano; posteriormente dibujante y grabador de la Casa de la Moneda y Timbre y como es sabido, insigne jerezano.

Queremos decir con esto, que aunque Fernando Ramírez nació artista, su formación y el enriquecimiento aportado por sus profesores contribuyeron a desarrollar y engrandecer sus cualidades innatas y que explican el porqué de muchas de sus telas y obras eminentes.

No piensen nuestros lectores que por ser nuestro personaje de la semana vayamos a caer en el elogio fácil o la adulación, cosa que comprendemos puedan ser pensadas, sobre todo, por aquellos que no lo conocieron o no llegaron a contemplar su pintura.

Por suerte, todavía hay personas y amigos íntimos del artista que pueden corroborar lo que decimos, tal es el escritor don Juan de la Plata, quien puede hacerlo con el suficiente rigor y conocimiento, como también el poeta Manuel Pérez Celdrán.

No obstante, el que suscribe, que conoció al artista y a su pintura desea homenajear hoy tanto a la persona como a su obra.

Como pintor lo podemos clasificar entre la corriente impresionista de finales del siglo XIX y la expresionista de las primeras décadas del XX. Su paleta era diversa y suelta, de terminación jugosa y con mucho empaste y fuerza, sobre todo cuando trataba la temática taurina, cosa que hacía como nadie, pues plasmaba en sus telas con inusitado acierto a toreros y maletillas; sabiendo crear tanto el ambiente de las plazas, como el de las faenas a campo abierto, en las que hacía aparecer el tropel de toros y caballistas en medio de una nube de polvo, y escenas similares de verdadero realismo campero, todo llevado a cabo con una pincelada rápida, fresca, segura y de un solo trazo. También pintó como nadie el mundo del bandolerismo, cuya fuerza y expresividad no dejaba a nadie impasible, ya que mostraba un vasto conocimiento de los atalajes, moñajes y vestiduras goyescas, borlajes y guarniciones, los que así mismo pintaba con destreza, gestos y expresiones de los facinerosos de la sierra, así como de los caballos, cuyos dilatados belfos y encabritados ojos parecían salirse de sus órbitas, mientras que patas y cascos permanecían perfectamente asentados en el suelo, lo que les confería el efecto óptico de la firmeza de su apoyo. Todo hecho con la seguridad de un solo trazo.

Sus escenas costumbristas, nada almibaradas, presentaban el sabor impresionista del XIX y la frescura del expresionismo imperante en los años 50-60 del pasado siglo. En este sentido, recordamos lienzos como el del arriero, cuya desbocada mula echó por tierra la carga de sandías que portaba en los cerones, mientras que éste, con las manos en la cabeza miraba con desespero las sandías despanzurradas; brillante y carnosa la pulpa, exultantes de color. Personalísimo artista a cuyas extraordinarias dotes pictóricas se les sumaban su gran imaginación y creatividad.

Tal era su entusiasmo y oficio por la pintura que a las cinco de la madrugada frecuentaba bares y colmados de Jerez para observar la actitud de basureros y barrenderos, pescaderos y panaderos o periodistas, que de vuelta de sus trabajos o prestos a iniciarlos, tomaban café en los dos o tres únicos bares y colmados que abrían para ellos a tan tempranas horas.

De aquellas observaciones, Ramírez extraía personajes que luego popularizaba en sus cuadros, caricaturizando sus más acusados rasgos, ya fuera jugando con el sentido del humor o con lo puramente anecdótico, e inclusive en el aspecto poético. Debido a esta inusitada capacidad de imaginar y transmitir en sus cuadros el alma de los personajes que pintaba, Fernando Ramírez obtuvo no pocos galardones, entre ellos la medalla que le fue concedida en la Exposición de Arte Taurino celebrada en Córdoba, a un cuadro suyo dedicado a Manolete y que fue adquirido por la Casa de España en Nueva York.

No obstante y debido a su sensibilidad, Fernando Ramírez era capaz de inferir sus notables cualidades pictóricas a cualquier género o motivo que abordara.

Insignes jerezanos como el catedrático don José Cádiz Salvatierra, académico y director del Instituto de Enseñanza Media comentaba de su pintura: «Fernando Ramírez es un pintor de gran personalidad, cuya versátil paleta está llena de color y vida, poesía y movimiento, siendo ésta de un puro costumbrismo».

El poeta y presidente del Centro Cultural Jerezano, Manuel Pérez Celdrán nos dice: «La pintura de Fernando Ramírez estaba llena de color y armonía, era un artista en constante creación que se definió dentro del costumbrismo».

Don Juan de la Plata, historiador y presidente de la Cátedra de Flamencología y amigo personal del pintor nos lo revela como «un artista plástico lleno de genialidades y en constante evolución que no dejaba de sorprender pues su imaginación y creatividad lo hacían abordar las más inusuales temáticas y motivos, los cuales y debido a su virtuosismo plasmaba en sus telas con increíble ingenio y gracejo».

Juan de la Plata también nos lo describe como «gran persona y amigo; jerezano que amaba a su tierra y al arte flamenco, quien gustaba departir y compartir unas copas con la gente del pueblo y con aquellos que tenían 'ángel' y gracia natural. Gran conversador a quien nunca oímos hablar mal de nadie, que salpicaba sus charlas de anécdotas propias, llenas de gracejo fruto de sus vivencias. Era un hombre siempre optimista, que tenía una visión lúdica de la vida, a la que buscaba el lado bueno y amable de las cosas. Artista trabajador que pintaba desde muy temprano hasta el mediodía, hora en que frecuentaba el centro de Jerez para tomar unas copas con sus amigos».

Gustaba de las Ferias y Fiestas de la Vendimia así como de la Fiesta Nacional, por lo que era frecuente verlo en los tendidos del coso jerezano donde impregnaba su retina de las faenas taurinas, toros y toreros sobresalientes y picadores; los que luego pintaba de forma resueltamente impresionista, pero con un gran realismo, identificando a los personajes por sus rasgos de madera inequívoca y verdadera genialidad.

Ya de joven comenzó dibujando y pintando óleos de los toreros de moda, a los que seguía y que luego, cuando venían a torear a Jerez, se los llevaba al Hotel Los Cisnes que eran donde se vestían y hospedaban y que naturalmente, al verse éstos tan artísticamente pintados, se los compraban. La mayor parte de su obra, sobre todo los grandes formatos de escenas de cacería o faenas taurinas están fuera de Jerez en centros oficiales o colgados en museos taurinos. También un buen número de ellos se encuentran en colecciones privadas, siendo muy apreciadas y valoradas las de escenas camperas de vacadas y mayorales o de aquellos otros sobre bandolerismo, actualmente en posesión de conocidos ganaderos y rejoneadores de nuestro entorno. La verdad es que todas aquellas personas que poseen un cuadro de Fernando Ramírez le tiene un gran aprecio y no quieren desprenderse de él, coleccionistas y anticuarios los buscan en la seguridad de que tienen un valor constantemente en alza, pero a pesar de los momentos de crisis por los que atravesamos, los cuadros de nuestro admirado paisano no aparecen en el mercado ni en salas de subastas...

Por sus valores artísticos y personales Fernando Ramírez era un jerezano muy querido sobre todo por sus amigos de coloquios y reunión, no digamos por los pedigüeños e indigentes que iban casi a diario por los bares que el pintor frecuentaba, sabedores de que éste les ayudaría satisfaciendo, al menos por un día, sus necesidades más perentorias.

Aunque en su entorno social y, sobre todo en el artístico, fue un hombre muy popular y querido en Jerez, tras su desaparición ha caído en el olvido sobre todo por nuestros garantes y estamentos defensores del arte y la cultura.

Fernando Toro Ramírez estuvo casado en primeras nupcias con Josefa Iglesias Jiménez, con la que tuvo seis hijos: Paco, Fernanda, Javier, Joaquín, María del Carmen y Alejandro.

En segundas nupcias contrajo matrimonio con Encarnación Piriz Gil, de cuya unión tuvieron cinco hijos: Adela, Fernando, Mercedes, Edmundo y María del Mar. Nuestro artista falleció el día 7 de enero de 1985, dejando una obra que por imperecedera sigue siendo admirada por todos los aficionados y amantes de este arte.