Conducciones del trasvase Tajo-Segura a su paso por la huerta de la Vega Baja cerca de Orihuela
Conducciones del trasvase Tajo-Segura a su paso por la huerta de la Vega Baja cerca de Orihuela - JUAN CARLOS SOLER

Enfrentados por el agua: los rescoldos de los 60 hectómetros cúbicos del último trasvase Tajo-Segura

Orihuela, en Alicante, y Sacedón, en Guadalajara, miran con ojos bien distintos la decisión del Ministerio de Agricultura

Orihuela /Actualizado:

Tras once meses sin que se haya aprobado un trasvase Tajo-Segura, el nivel de los embalses de Entrepeñas y Buendía ha vuelto a permitir que se abran las compuertas: las lluvias de las últimas semanas ha elevado su nivel de agua por encima de los 400 hectómetros cúbicos, el umbral mínimo para que se realice la cesión. Pero el visto bueno al trasvase —de 60 hectómetros cúbicos para abril, mayo y junio— también ha reavivado la guerra del agua.

1. A favor: «Sin más agua en verano, habrá limones como olivas»

Conducciones del trasvase Tajo-Segura a su paso por la huerta de la Vega Baja cerca de Orihuela
Conducciones del trasvase Tajo-Segura a su paso por la huerta de la Vega Baja cerca de Orihuela - JUAN CARLOS SOLER

La incertidumbre de once meses sin trasvases desde el Tajo ha forzado a muchos agricultores de la Vega Baja del Segura a contentarse con «riegos de subsistencia» para que no se secaran sus árboles. En el caso de Orihuela, las tres transferencias mensuales desde el Tajo aprobadas esta semana suponen un «alivio» hasta junio, aunque ya están resignados a que la cosecha de cítricos no será «normal» por esa escasez de agua con que se ha regado antes. «Y si no se aprueban otros 60 hectómetros en verano, vamos a cosechar limones como olivas», exagera con ironía Javier Gómez, de Asaja, informa José Luis Fernández.

«Los cítricos están en floración, pero no cuaja como debería porque el árbol no tiene reservas», explica José Vicente Andreu, de la Comunidad de Regantes de San Onofre y Torremendo, pedanías oriolanas donde el limón representa la mejor baza en el mercado, exportado hasta a Japón, Estados Unidos, Australia y compitiendo con potencias como China o Argentina, donde venden este fruto solo para zumo, porque no tiene la misma calidad –sin residuos– que el alicantino para su consumo fresco.

Al haber recurrido en este largo periodo de casi un año sin trasvases a aguas de extraídas a más de 400 y 500 metros de profundidad en pozos de emergencia, con una alta conductividad por su contenido salobre, a algunos árboles se les han caído las hojas y no se ha podido aprovechar su flor para la alta cosmética, una merma en la rentabilidad de la mandarina ecológica. Peor le ha ido a otro agricultor cercano, también en esta comunidad, que ha perdido 6.000 árboles, o a un productor hortícola que ha plantado una quinta parte de la siembra previsto, al no tener asegurada el agua.

«Cuando vino la ministra hace unos días, nos dijo que no nos podíamos quejar, porque el PIB seguía creciendo todos los años en esta zona, pero le explicamos que no es porque aumente la producción agrícola, sino porque se exporta desde aquí, que hay un importante tejido industrial, aunque casi todo el brócoli viene ya de Albacete y se empiezan a traer naranjas desde Andalucía», relata Andreu.

¿Y los 400 millones?

Tanto este agricultor de Orihuela como el presidente de la Comunidad de Riegos de Levante, la segunda más numerosa del Sindicato Central de Regantes del Acueducto Tajo-Segura (SCRATS), Javier Berenguer, se preguntan cuál ha sido el destino de los 400 millones de euros que han pagado en tierras levantinas a razón de un millón al mes durante cuatro décadas de trasvases. Se supone que la mitad de esos fondos se han abonado como indemnización a los municipios ribereños de los pantanos de cabecera del Tajo. «No han invertido ni un duro en infraestructuras, pero ahora pagan subvenciones para fomentar la guerra entre ciudadanos, como los 28.000 euros a una asociación de municipios ribereños, a quienes me ofrecí a ir y hablar con ellos, para ver qué necesitan, y me insultaron y me bloquearon por Facebook», relata Berenguer.

Parecido análisis hace el oriolano Andreu, para quien «en Castilla-La Mancha usan a sus vecinos como moneda de cambio para hacer chantaje con el discurso de que se llevan el agua a Murcia y Alicante» y si se utilizaran los fondos que se pagan por los trasvases «ya podrían tener grifos de oro» en Guadalajara. No obstante, el sentir general en estos campos levantinos apunta a una «solución para todos» que pasa por recargar los pantanos de la cabecera del Tajo mediante una interconexión de cuencas, tal como han transmitido al Gobierno central.

2. En contra: «Aquí nadie riega, pero el Levante está lleno de piscinas»

GUILLERMO NAVARRO

Francisco tiene una naútica frente al embalse de Entrepeñas (Guadalajara), pero aún no sabe si este año echará su barco al pantano. En marzo ha perdido una decena de clientes, que se han llevado sus embarcaciones a otras zonas con mayor estabilidad. «Papá, ¿por qué no nos vamos a Murcia, si allí no les falta el agua?», le pregunta su hijo. La zona se ha convertido en un secarral, asegura Francisco. «Con el trasvase nos tienen arruinados», informa Isabel Miranda.

El millar de habitantes que queda en Sacedón ha sido testigo de la decadencia de la zona. No queda ni rastro del mercado de pez vivo y aparejos, ni de ocho de los nueve locales de ocio nocturno que había. Sobreviven cuatro hospederías: el pueblo ha pasado de ofertar 1.500 plazas a 700. Muchas de las urbanizaciones que se construyeron alrededor hoy están medio vacías. En la de Calas Verdes, en la cercana localidad de Mantiel, solo se llegó a construir un chalet, el piloto. Y mientras, en el pantano, apenas quedan censados 600 barcos según datos del Ayuntamiento.

«Cuando se hicieron los embalses la idea era vivir del turismo, pero hoy estamos en quiebra total y absoluta», asegura el alcalde del pueblo Francisco Pérez, también presidente de la Asociación de Municipios Ribereños de Entrepeñas y Buendía. El problema, dice, es la falta de estabilidad en el nivel del embalse. A partir de los 400 hm³, el 16% de su capacidad, ya se permite la cesión de agua. Y a ese nivel, «cuesta poco venir a verlo y no volver más», se lamenta. Mientras los alrededores del pantano de San Juan han multiplicado su población y el turismo rural vive un buen momento, la comarca se ha convertido «en Siberia», dice Pérez. «Solo se explica por el trasvase».

Algunos vecinos piden que, al menos, se eleve el umbral mínimo no trasvasable de los 400 hm³. «Sabemos que el agua no es nuestra, pero debería haber otro mínimo, una lámina de agua», comenta Antonio Portal, dueño de una gasolinera. Porque aunque la obra no se hizo «para los barcos», tampoco estaba pensada «para regar la cantidad de hectáreas que se riegan ahora», responde el dueño de la naútica. Con amargura los dos empresarios comparan cómo en su zona «nadie riega», pero el Levante «está lleno de campos de golf y piscinas».

El ambiente es de resignación. El panadero de Sacedón, Martín Moya, ya no baja a pescar al embalse, ha vendido su barca, y hace tiempo que el volumen de reparto que hacía en los pisos de la zona ha bajado hasta casi la inexistencia. «El pantano es la vida del pueblo», dice tras su escaparate. A la puerta del establecimiento tiene colocada una pegatina en contra del trasvase, que comparten muchos de los comercios que quedan en el pueblo.

Las fotografías de Entrepeñas cuando era «el mar de Castilla» salpican la localidad. «El pueblo se ponía hasta arriba de gente, pero aquello no va a volver ni aunque el pantano esté a rebosar», opina Mercedes, dueña de la posada Francisco Pérez. «El pantano se hizo para lo que se hizo y no van a secar Murcia», recalca. Los vecinos que quedan no le ven solución al problema. «Somos hormiguitas en comparación con el Levante», resume Portal. «Pero ya que nos machacan el turismo, al menos que hagan otras infraestructuras».