Madrid

Hilo y serrín, los motores de la Real Fábrica de Tapices

Muchos maestros tapiceros tuvieron que reinventarse cuando la crisis les mandó al paro hace unos años

Esta semana se anunció que un encargo de 1,2 millones de euros del Gobierno de Sajonia salvó la factoría

Tania Fernández trabajando en un tapiz artesanal
Tania Fernández trabajando en un tapiz artesanal - EFE

Diez meses. Ese fue el tiempo que los maestros de la Real Fábrica de Tapices acudieron a sus puestos de trabajo sin cobrar. Los encargos no llegaban, los telares estaban parados y los balances en rojo, algo que, tradicionalmente, siempre se resuelve de la misma forma. «Me tocó salir de la Fábrica y me puse a trabajar en otra cosa», resuelve Tania Fernández, tejedora de cuarta, en un breve receso. El trabajo, un bien escaso por allí en los últimos tiempos, no hay que desaprovecharlo y por eso rápidamente vuelve a coger sus canillas —los husos con los que elaboran los tapices— para continuar con uno en honor a los muertos de la masacre de Sabra y Chatila que ahora ocupa su tiempo.

«No somos profetas en nuestra tierra»

Confiesa que se topó con el arte de hacer tapices por obra y gracia del destino y admite que no cambiaría este oficio por nada del mundo, aunque ahora se acuerda de que, cuando no pudo trabajar con los hilos, continuó formándose, pero no en Literatura, Historia o Económicas, ni tampoco en mejorar su destreza con los materiales textiles. De hecho probó suerte con algo más contundente: «Estudié carpintería».

Y su sentido tiene porque, según argumenta, cambió el telar por el martillo porque pretendía dominar todo el proceso. «Para mí era complementario porque, sabiendo carpintería, podría fabricarme yo mi propio telar y mis propias canillas y yo que sé, algo tiene que ver, ¿no?», subraya esta joven, que también tiene muy claro por qué le gusta una labor que vivió su época dorada varios siglos atrás, con la corona sobre Carlos III. «A mí me aporta mucho, sobre todo cuando ves la obra terminada y dices: “esto lo he hecho yo con mis propias manos”», revela, algo que despierta la curiosidad de sus amistades. «La verdad es que lo admiran. Les sorprende que alguien joven pueda dedicar la vida en algo así; es algo poco común», confirma Tania antes de pasarle la palabra a la maestra tapicera que le enseñó el oficio.

Estantería repleta de hilos de lana en un taller de la Real Fábrica de Tapices
Estantería repleta de hilos de lana en un taller de la Real Fábrica de Tapices- MAYA BALANYA

«No, no, a mí ponme como especialista, que maestra todavía no me considero», especifica con humildad la susodicha, Pilar Felguera, que lleva 44 de sus 58 años entre telares. O mejor, como a ella le gusta decir, «dándole a la canilla». Su modestia quizá sea consecuencia de que, como lamenta Alejandro Klecker, administrador general de la Real Fábrica, en España no se valora tanto como lo hacen fuera la labor de estos artesanos. «No somos profetas en la tierra, no, de hecho no estamos valorados», lamenta Pilar, que ni con esas pierde la sonrisa.

«Con los tapices formas parte de la hitoria»

Será porque, aunque la sociedad no conozca su trabajo, hayan pasado por el paro, trabajado sin cobrar y, en el caso de Tania, probado suerte en los talleres donde abunda el serrín y resuenan los martillos, están haciendo, hilo a hilo, algo importante. «Marcas la historia. La haces y es muy bonito saber que has formado parte de ella», proclama, con orgullo, la tejedora.

Quien no se lo crea sólo tiene que pensar todos aquellos tapices que hoy se exponen en museos, castillos, palacios y colecciones privadas. Todos son de hace muchos años y no se hicieron solos. Llevan la firma, aunque invisible, de artesanas que, quizá como Tania, tejieron su arte a base de hilo y serrín.

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