Garbiñe Muguruza
Garbiñe Muguruza - AFP

US OpenGarbiñe Muguruza alcanza el cielo

Su buena segunda parte del curso y la derrota de Pliskova impulsan a la española hasta el liderato de la WTA, oficial este lunes

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«Ojalá», exclamaba Garbiñe Muguruza cuando se le preguntó por el número 1, rozándolo ya cuando ganó Roland Garros el año pasado. Pero se oscureció de pronto el cielo en una segunda parte del curso irregular y desesperada. 2017 no empezó mucho mejor, pero algo había cambiado. Su templanza en la pista arrinconó al huracán emocional y permitió que su tenis hablara más que ella. «Está cerca, está cerca», contestaba con su primer título de Wimbledon. Afianzada en la zona noble desde 2015, en esta temporada es la tenista que siempre quiso ser. Tan cerca de las estrellas que ya las tiene en su mano, el próximo lunes será oficial: pero ya es número 1 del mundo.

Es la confirmación de un curso de crecimiento que empezó en gris y termina brillante. El liderato del tenis femenino es un título a su madurez, a su consistencia y a un crecimiento personal trufado de grandes momentos. Es un lugar reservado a quien lucha por cada punto y busca ser mejor en cada golpe, que brilla en los grandes escenarios y conserva el temple para los que no. Es la quinta española en alcanzar el trono del tenis mundial -Rafael Nadal, Juan Carlos Ferrero y Carlos Moyá en el cuadro masculino-, y toma el relevo en el liderato de la WTA a Arantxa Sánchez Vicario, que lo pisó en junio de 1995. La historia la reescribe ella.

Su despertar entre la élite fue la final de Wimbledon 2015. Una derrota, ante Serena Williams, y una lección que ha aprendido y demostrado a partir también de los malos momentos. Muguruza es tenis, es cabeza, es convicción. Por fin desatada en esta segunda parte del curso en el que triunfó en Cincinnati y rompió su techo en el US Open. Cayó en octavos contra Petra Kvitova, pero la derrota de Pliskova en cuartos la aúpan hasta el número 1, pues la checa defendía la final del año pasado y Muguruza apenas nada.

Directa con cada golpe, medidas sus estrategias, y planificado cada choque porque quiere que su raqueta hable, contenidos los gritos a destiempo. Ora un partido con más golpes ganadores y más errores asumidos, ora menos impulso y más definición. Un plan para cada momento y una Muguruza para cada plan. Aunque, en el fondo, siga siendo la mujer impulsiva en la alegría y en la derrota que llorara en París y sonriera a rabiar en Wimbledon. La misma a la que se le hizo grande su primera final en 2015 y arrollara sin miramientos a su hermana Venus en 2017, con un paso por Roland Garros para confirmar lo que ya tenía y comenzar a creérselo.

En US Open ha encontrado por fin esa recompensa a la mesura y la frialdad con la que llegó a mitad de año. Después de varios encontronazos con su carácter, la calma, la paz y la regularidad. Wimbledon y Cincinnati como pruebas tangibles de ese cambio que hoy se convierte en número 1. Rotas las cadenas de la presión, en Nueva York llega hasta el cielo.