Imagen de la final de la prueba de 110 metros vallas
Imagen de la final de la prueba de 110 metros vallas - AFP
Atletismo | Mundial de Londres

Imposible para Orlando Ortega

El español acaba séptimo en la final de 110 vallas que gana el jamaicano McLeod

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Las leyes del atletismo se muestran inexorables a veces. Implacables casi siempre cuando se apela al mundo de las marcas personales y los registros por temporada que decretan estados de forma y ciencia física por encima de estados de ánimo. Y esa norma no escrita describía que, pese a su voluntad inquebrantable y al deseo sin igual, Orlando Ortega no se hallaba en el mismo ritmo que el resto de sus competidores en esta prueba fascinante de los 110 vallas que combina velocidad, elasticidad y arrojo. El cubano nacionalizado español concluyó séptimo en su primera final mundialista (13,37 segundos), lejos del campeón olímpico y ayer mundial, el jamaicano Omar McLeod (13,04) que redime así a su país de las afrentas sufridas en el estadio de Londres.

Según su costumbre, Orlando salió mal, lento en la partida para responder a su nuevo método de ocho zancadas antes de la primera valla. Pero en el español siempre cabe la confianza de la remontada al estilo del antiguo Bolt, el tipo de corredor que se crece con los metros. A Orlando, un competidor de primer orden, se le marcharon los caballos y cuando trató de agrupar el hueco ya no tenía opción. La aceleración no llegó, el impulso que lo transportó a la medalla de plata en los Juegos de Río tampoco. Y el español se quedó sin medalla sin remedio, superado por seis oponentes, la mayoría de los cuales tiene mejor marca personal este año.

Jamaica se redime

El oro de McLeod redime a Jamaica, vapuleada hasta ayer en las pruebas de velocidad. El rey Usain Bolt fue derrocado hacia un bronce que el mundo lloró y su compatriota Elaine Thompson no pasó del quinto puesto en la final femenina de los 100.

Todo eso sucedió en un clima de confianza total de la delegación española en su representante en las vallas. El otro día en el hotel de concentración de la selección, a Orlando Ortega le dio un arrebato de orgullo. Hablaban los ponentes, incluso él mismo, de las lesiones que les afligían, de las señales dolientes que transmitían los cuerpos baldados de los atletas. Quedó como un poso de lamento que él trato de remediar. Se terminaba la rueda de prensa sin más preguntas y el español pidió el micro. «Ya que estamos aquí, compitamos, demos el máximo y olvidemos las lesiones», arengó a sus compañeros Sergio González y Paula González, a los técnicos de la Federación e incluso a la prensa que preguntaba.

Tipo decidido

Orlando es un tipo decidido, de los que se echan para adelante en vez de hacia atrás. Cree en lo que hace. Una virtud que ha apuntado estos días uno de sus antecesores, la imagen de los Juegos de Barcelona 92 Fermín Cacho. «La clave es soñar y creer en lo que haces». Ortega no necesita demasiadas recomendaciones en ese sentido. «Soy ambicioso, muy ambicioso diría». Siempre apuesta por sí mismo.

Tal vez por eso voló, elástico y veloz, sobre las diez vallas en los Juegos Olímpicos de Río para meter el cuello por detrás del campeón, Omar McLeod. Y aunque el manual de usos y costumbres del atletismo describe una curva descendente en el año posterior a la participación en unos Juegos, Orlando no ha sucumbido a ese efecto porque, según dicta su personalidad, se ha propuesto que no suceda.

La férrea voluntad que le empujó a la final de 110 vallas fue la misma que le indujo a descartar la nacionalidad cubana en 2013, justo después de concursar en el Mundial de Rusia. El rígido sistema deportivo de Cuba le imponía a un entrenador y una serie de precpetos obligatorios que él se negó a aceptar. Él quería entrenar, como siempre, con su padre, el señor Orlando, atleta de 400 que no llegó a los niveles de su hijo. En vez de volar a La Habana, Ortega cambió el billete a Madrid.

Tres años después de esa opción de coraje, Orlando se entrena con su padre, le obedece por conocimientos y respeto, no por imposición del sistema, y se declara tan ciudadano español como cualquiera. «Cogeré una bandera con orgullo igual que cogí una de Cuba, con el mismo orgullo». No lo pudo hacer. Su corpachón de 185 centímetros se diluyó por las entrañas del estadio de Londres, contrariado por el resultado, feliz por intentarlo.