Cultura - Teatros

«Lazarus», el karaoke de la alienación de David Bowie llega a Europa

Estrenado en Londres el musical basado en las canciones del artista recientemente desaparecido

Amy Lenox, en una escena del musical
Amy Lenox, en una escena del musical - Efe

En la noche del 7 de diciembre del año pasado la atención del mundo teatral neoyorquino se centró en el minúsculo New York Theatre Workshop. Se trata de una sala del off-Broadway, el circuito alternativo de la metrópoli, un recinto con un aforo para poco más de doscientas personas. «¿Vendrá?» Esa era la pregunta más escuchada en aquella noche tras las bambalinas, pues entre el elenco corría el rumor de que no se encontraba bien de salud. Varios asientos reservados en la segunda fila esperaban por él y su séquito. Finalmente, un instante antes de arrancar la función, apareció con una sonrisa enorme, relativo buen aspecto y secundado por su mujer, la modelo somalí Imán, de 60 años, y por Coco Schwab, su asistente, secretaria y amiga desde 1973. Se estrenaba su musical «Lazarus» y fue la última vez que se vio en público a David Bowie.

Solo treinta y cuatro días después moría a los 69 años, víctima de un cáncer de hígado. Su ocaso lo alcanzó en pleno canto del fénix creativo, con su musical y su disco «Blackstar», donde daba avisos de su agonía que entonces nadie supo entender («mira arriba / estoy en el cielo»). A fuerza de audacia y secretismo, en cierto modo convirtió su propio óbito en su última obra de arte.

Hasta el 22 de enero

«Lazarus», el musical de Bowie, llega ahora a Europa. Estará en cartel hasta el 22 de enero en el King's Cross Theatre de Londres, a un paso de la estación donde se coge el tren a París. Es un moderno complejo multiusos, con aspecto de gigantescas tiendas de campaña, con un aforo para unas mil personas. Las entradas para ver la coda de Bowie cuestan entre 15 y 125 libras y hay llenazo cada noche.

La valoración de la función está claramente mediatizada por el cariño y admiración por el músico y por el eco de su sorpresiva desaparición. La crítica londinense le ha concedido su máxima valoración, siempre cuatro o cinco estrellas. Pero consuela que al mismo tiempo reconozcan que aquello es chino, que es lo que sentimos tras ver la obra este fin de semana. «Extraña e incomprensible». «Nihilista». «Un espectáculo hiperactivo y alucinógeno». Son algunas de las valoraciones de la prensa británica. «Lazarus», con un argumento inconexo y crispado, funciona como un gran karaoke de Bowie, una vistosa jukebox de los temas medulares que recorren toda su obra: la alienación, la soledad y, sobre todo, el desequilibro mental, que había marcado a la rama materna de su familia (su hermanastro esquizofrénico se suicidó y del propio Bowie se dice que esquivó la locura siendo más loco que los locos).

En 1976, Bowie protagonizó la película «El hombre que cayó a la Tierra», dirigida por Nicolas Roeg. Contaba la historia de un extraterrestre de aspecto humano, que llega a la Tierra buscando agua para paliar la sequía de su planeta, pero se queda atrapado y no puede regresar a su hogar en las estrellas. A comienzos de este siglo, el músico adquirió los derechos de la novela de 1963 de Walter Tevis en la que se basaba la película. En 2013 la desempolvó con la idea de convertirla en una obra de teatro, concebida como una secuela de la película. Contactó en Londres con el productor teatral Robert Fox, hermano de los actores James y Edward, y simplemente le preguntó quiénes eran los mejores del momento. Le dieron dos nombres: el dramaturgo irlandés Enda Walsh, un talento rompedor de 48 años, y el director belga Ivo Van Hole. Los fichó y se pusieron a ello en el otoño de 2014, escribiendo el libreto a medias Walsh y Bowie (el segundo más bien con consejos vía mail que otra cosa).

Al llegar al teatro, los espectadores de «Lazarus» se encuentran con un escenario casi vacío. A la izquierda, una cama deshecha. A la derecha, un frigorífico doméstico. En el centro, un hombre inmóvil, descalzo y vestido de beige, que yace como muerto. Tras él, una enorme pantalla de televisión, y en el fondo, tras un plexiglás, los músicos de la función. El hombre tenido en el suelo es el protagonista, el alienígena Thomas Jerome Newton, atrapado en la Tierra, rico, alienado y neurótico en su apartamento de Manhattan. «Soy un moribundo que no puede morirse», explicará más adelante.

Un extraterrestre insomne, alcohólico y para su desgracia inmortal, que se abrasa en ginebra y no puede volver a las estrellas. Lo interpreta, con energía intimidante y gran maestría, el actor estadounidense Michael C. Hall, de 45 años, que a los 39 superó un cáncer. Es muy conocido gracias a la televisión, donde encarnó al asesino psicópata de la serie «Dexter». Canta magníficamente, si quiere incluso clonando a Bowie, aunque trata más bien de buscar su propia voz. El extraterrestre se levanta, bebe su inefable ginebra, habla con un hombre de traje en un diálogo sin mucho sentido, salpicado por la palabra «fuck» (la que más se repite en la velada). Todo es un poco ramplón en su teórica modernidad. Pero pronto entra la música. «Lazarus» es la primera gran canción de la velada. El repaso a una veintena de éxitos de Bowie y los brillantes juegos de imagen de las pantallas constituyen el aliciente de un musical de guion imposible, absurdo y más bien irritante. «Estás deseando que se callen y se pongan a cantar», ha escrito un crítico inglés con sinceridad y acierto.

Público ensimismado

«Changes», «Heroes», «Life on Mars», «This is not America», «Absolute beginners», «Sound and Vision»… van cayendo las canciones de Bowie, con poca relación con la supuesta trama, resueltas con mayor o menor acierto por unos y otros actores. La mayoría de las interpretaciones te hacen recordar lo fabuloso que era el muerto como cantante (la desafortunada versión de «Changes», por ejemplo, parece salida del musical «Grease»).

El público asiste ensimismado, con el respeto un tanto forzado de quien estuviese en una misa laica. A mi lado, una mujer cuarentona silabea las letras de casi todas las canciones como quien salmodia un rezo. Una niña angélica y extraña, encarnada por la actriz de quince años Sophia Anne Caruso, promete guiar al desquiciado extraterrestre de vuelta al espacio. Un poco de candor entre tanta paranoia y dolor… En realidad, lo que pase en ese escenario hace tiempo que te da igual. Solo quieres que suene la próxima y que los vídeos te hagan volar a algún lugar lejano y distinto, al planeta que inventó David Robert Jones, inglés flaco, trabajador y listo, salido de la inacabable Suburbia londinense. David Bowie para toda la galaxia.

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