África Guzmán (en primer término), durante un ensayo de su coreografía
África Guzmán (en primer término), durante un ensayo de su coreografía - Ballet West

África Guzmán pone los pies en una de las catedrales de la danza en Nueva York

La artista madrileña estrena el miércoles 11 con el Ballet West su coreografía «Sweet and bitter» en el Joyce Theater

MadridActualizado:

Tenía África Guzmán quince años cuando se presentó a la primera audición que el entonces Ballet Lírico Nacional (hoy Compañía Nacional de Danza) celebró bajo la dirección de Maya Plisetskaya. Fue en los sótanos del Teatro Real, donde la compañía tenía su sede, y aunque África tuvo que esperar todavía unos meses para ingresar en el conjunto, finalmente lo consiguió.

De eso hace casi tres décadas. Hace ya unos años que dejó la compañía, en la que llegó a ser bailarina principal. Hoy alterna la enseñanza con la coreografía, y es una trotamundos de la danza. Estos días está en Nueva York, aunque ella asegura que está más alto, en una nube. La razón, el estreno en el Joyce Theater de la ciudad de los rascacielos, el miércoles 11, de un fragmento de la coreografía «Sweet and Bitter», que ha creado para el Ballet West.

«Ya había creado varios trabajos para la Joffrey Ballet School aquí, pero el Joyce Theater y el Ballet West -dice la artista en conversación telefónica con ABC-. Es una de las grandes compañías de ballet de Estados Unidos, y uno de los teatros más emblemáticos para la danza de esta ciudad».

Adam Sklute, director artístico del Ballet West (con sede en Salt Lake City), vio hace años una coreografía de África y se quedó -son sus palabras- prendado de su energía, su dinamismo y su musicalidad. «Me dijo que quería que hiciera una pieza para su compañía, pero esa primera oportunidad se frustró porque el Ballet West renovó su sede y el grueso del presupuesto fue para esto, con lo cual algunos proyectos artísticos quedaron pospuestos».

Ya pensaba la madrileña que había pasado su oportunidad, pero Sklute le llamó nuevamente y le invitó a participar en el National Choreographic Festival, que organiza el Ballet West y que en mayo celebrará su segunda edición. Las mujeres coreógrafas y directoras son el leit motiv de este certamen. A este regalo añadió el director de la compañía otro más: «Tengo tanta confianza en su talento que quise presentar un fragmento de su coreografía, aun sin verla, en nuestra tempoada en el Joyce Theater».

«Sweet an Bitter» («Dulce y amargo») es una coreografía basada en «Six Breaths», del pianista y compositor italiano Ezio Bosso. «La música es lo que a mí me mueve», confiesa África. La música de Bosso le gusta porque «es contemporánea, aunque basada en la melodía, y tiene muchísima fuerza».

África Guzmán tenía dos opciones en la vida: o dedicarse a la danza o dedicarse a la danza. Su madre es una prestigiosa maestra de ballet (y tiene su propia escuela) y en su casa se ha respirado siempre danza. Si se le da a elegir, no sabe si quedarse con la enseñanza o con la coreografía. «En realidad, la una es consecuencia de la otra. Cuando llegó el primer trabajo coreográfico para una compañía profesional, fue un reto porque en principio no tenía las armas para desarrollarse; había hecho cosas para estudiantes, donde mezclas la creación con la enseñanza».

De todos modos, admite, su enfoque del trabajo coreográfico es distinto al de otros creadores, y hay mucho de pedagogía. «Yo les mastico mucho los pasos a los bailarines, pero no les machaco. Les trato de facilitar el trabajo porque es mi manera de trabajar».

A la hora de señalar sus influencias, sale lógicamente a la palestra el nombre de Nacho Duato, junto al que ha estado más de veinte años trabajando codo con codo. «Pero he aprendido de todos los coreógrafos y directores con los que he tenido la suerte de trabajar, desde Maya Plisetskaya hasta Jiki Kylian o William Forsythe». El lenguaje clásico es la base de su trabajo, aunque sin corsés estilísticos. «Trato de desarrollarlo a mi manera y con mi estilo. Mis obras quieren ser muy bailables, muy estéticas. Dicen que son “movimientos líquidos”».

No pretende, asegura, «revolucionar nada. Simplemente quiero que el público pase un rato feliz y que se conmueva». Es feliz creando. «He tenido mucha suerte. Dejar de bailar es algo muy difícil, pero lo dejé porque después de veinticuatro años estaba cansada. Pero la enseñanza y la coreografía me aportan muchísimo, me emociono más incluso que cuando bailaba. Me llena el doble»