ARTE

Santiago Sierra: «Vivimos en una sociedad de pandilleros, no meritocrática»

Fiel a su carácter de denuncia, el artista vuelve a Madrid, a la galería Helga Alvear, con dos piezas que han marcado sus últimos años de trabajo: la serie fotográfica «25 veteranos» y el vídeo «2.205 crímenes de estado»

Uno de los «25 veteranos» retratados por Santiago Sierra para su último proyecto
Uno de los «25 veteranos» retratados por Santiago Sierra para su último proyecto

Santiago Sierra (Madrid, 1966) nunca deja indiferente porque no puede permitirse ese lujo y porque no debe. Si se deslizara hacia el conformismo decepcionaría tanto a sus seguidores como a sus detractores, que se cuentan a partes iguales. Te guste o no te guste, te interese o no te interese su línea de trabajo, Sierra es uno de los artistas con mayor proyección internacional.

–Desde sus primeras acciones, en los años 90, hasta las últimas, ¿no cree que este mundo es y está mucho peor?

–No lo creo. Es un asunto cuantitativo más que cualitativo. Nerón hoy no quemaría Roma. La borraría del mapa a bombazos. Esa es la gran diferencia. Hay más de todo. Donde ayer había una capacidad de destrucción limitada, ahora es casi ilimitada. Donde ayer había una bolsa de pobreza, hoy hay una megaurbe; donde había un esclavo, ahora hay un millón, y así con todo. Pero desde que recuerdo he tenido siempre la sensación de que de un momento a otro vamos a saltar todos por los aires.

–¿En qué ha cambiado Santiago Sierra como artista en estos 26 años de actividad incesante?

–El otro día vendimos a un museo alemán unos dibujos que hice a finales de los ochenta y sentía estar robándole la obra a un muchacho que no soy yo. Me sentí raro. Mis circunstancias son completamente otras. Uno es dueño de lo que no hace y esclavo de lo que hizo, y yo he hecho mucho. Llevo una enorme mochila a las espaldas.

–La geografía de la desolación, la barbarie o la denuncia se extienden por todas partes… ¿Cómo elige los escenarios sobre los que intervenir o los temas sobre los que tratar; aquello que podríamos llamar su «campo de batalla»?

–Mi escenario es mi patria y mi patria es el mundo entero. Así que la enormidad de temas es colosal; podría hacer nuevos trabajos por los próximos cien años. El arte es mi forma de relacionarme con el mundo. Es lo que hago todo el tiempo. Piero Manzoni invirtió un pedestal que decía «el mundo» y convirtió el globo terráqueo en obra de arte; yo coloqué una bandera negra en el Polo Sur y otra bandera negra en el Polo Norte.

–¿Se arrepiente de alguna de sus intervenciones o acciones públicas?

Si hubiera querido forrarme habría hecho otro tipo de obra. Pero el arte está muy bien pagado, no me quejo en absoluto

–La verdad es que no. Tal vez de haber perdido mi tiempo en Bellas Artes, o de haber salido en la televisión, o de cosas por el estilo; pero no es arrepentimiento, me «da bronca» nada más. Hago muchas cosas y cuanto más haces más posibilidades de meter la pata tienes; así que, errores, a mares. Pero mi relación con mis errores laborales es mi primera fuente de aprendizaje, no de arrepentimiento. Estoy muy orgulloso de mi trabajo, si no no me tomaría la molestia de seguirlo haciendo.

–¿Se define artista político?

–Me gusta más pensar que hago arte libertario. Lo de arte político suena como arte terrícola. Es un término demasiado amplio y ambiguo. Abarca desde «Triumph des Willens» al «Fight the Power». Prefiero ser más preciso.

–¿Puede ser el arte contemporáneo aséptico, mantenerse limpio de polvo y paja con la que está cayendo?

–Nunca lo he negado. El arte contemporáneo se desarrolla en la misma sociedad que el tráfico de armas, el fútbol o la explotación laboral. No estamos en otro mundo, estamos en este con todas sus consecuencias y sus implicaciones. No creo haber ignorado nunca este punto. Más bien lo incluyo en mis trabajos porque también lo sufro. No vivimos en una sociedad meritocrática, sino de pandilleros. Vivimos en un fascismo aburrido.

–¿Cree que a través del arte se puede cambiar el mundo, o, al final, todo es un brindis al sol, al mercado del arte?

–Bueno, a mí el arte sí me cambió. Beuys, Serra, Oiticica, F. E. Walter y muchos otros, a mí sí me llegaron. Yo mismo he sido un artista muy influyente y algo habré conseguido. Pero sí: el mundo no lo vamos a cambiar y tal vez no se trata de eso.

–Está exposición, con las dos piezas que expone, se centra en la guerra. ¿Por qué ha elegido este escenario y no la crisis y sus efectos devastadores, por ejemplo? ¿O en la corrupción?

–¿Y quién cree que son los veteranos? Son los desempleados, los inmigrantes, los futuros vagabundos, las masas sin futuro. La guerra no es acaso la tradicional salida de las crisis y el motor económico de occidente al que debemos nuestro bienestar material, nuestro petróleo barato. Por supuesto que estas obras tocan esas temáticas que menciona, y directamente. La guerra es la más odiosa forma de corrupción. Una sociedad que va a una guerra es una sociedad corrupta hasta la médula y es también nuestro futuro más probable. Nos silban las balas, no es ninguna broma.

–¿Cómo se desenvuelve en el mercado del arte?

–Bien. Si hubiera querido forrarme habría hecho otro tipo de obra. Cosas grandes y brillantes, por ejemplo. Pero el arte está muy bien pagado, no me quejo en absoluto. La gente que compra mi arte está interesada en adquirir un testimonio de nuestro tiempo más que un objeto para la especulación.

–¿Está inmunizado Santiago Sierra contra las polémicas?

Nerón hoy no quemaría Roma. La borraría del mapa a bombazos

–Son un coñazo total. Me gusta más hacer arte que perder mi tiempo con esas chorradas. Todo les molesta y es muy pesado. Como consecuencia, la censura es el padrenuestro de cada día. Pero si montase en cólera cada vez que sucede viviría permanentemente encolerizado. Cada obra terminada me la tomo como una hazaña. Consigo sacar uno de cada tres proyectos, así que, a mí, este ambiente «facha» de escandalizarse por todo me da mucho trabajo extra.

–¿Qué piensa de la sociedad contemporánea, cada vez más pacata e hipócrita?

–Bueno, en los ochenta la sociedad no era mucho mejor. También hay buena gente en todas partes, entre tanta mezquindad. Eso nunca hay que olvidarlo.

–Yo formé parte del jurado que le dio el Premio Nacional que rechazó. Aunque usted no lo incluya en su listado de obras, siempre he pensado que aquel acto de renuncia fue una «performance» en toda regla.

–Lo cierto es que sí esta en mi web como pieza. Vendí la carta a un coleccionista ruso por el monto del premio. En España, el arte siempre ha sido cortesano y yo no quiero serlo de nadie. Como consecuencia, aquí solo se atreve a exponer mi obra Helga de Alvear. Afortunadamente, el mundo es muy grande.

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