LIBROS

Thoreau, una forma de vida

Aunque firmó más títulos, Thoreau es ya para siempre el autor de «Walden». El «excelente Henry», como le llamaba Emerson, personificó como pocos el espíritu de la desobediencia civil

Henry David Thoreau (1817-1862)
Henry David Thoreau (1817-1862)

Henry David Thoreau, Ralph Waldo Emerson y Walt Whitman fueron tres escritores que mantuvieron un diálogo ilustrado, intenso y minucioso con la naturaleza, externa e interna, cuyo espacio de reconciliación es la poesía. Podríamos preguntarnos por qué serían personajes extraños si los situáramos en el siglo XIX español. E incluso en el XX. Es imposible imaginar a un escritor (y a un personaje) como Thoreau (1817-1862) en el panorama intelectual español.

Este naturalista, profesor, filósofo, poeta y fabricante de lápices fue discípulo, amigo y diría que también maestro de Emerson, quien a su vez bebió de primera mano en los filósofos de la Ilustración y en los poetas románticos. Pero Thoreau también acudió a las fuentes, acercándose incluso a los sabios orientales, tanto a los pensadores como a los poetas. Además, fue un gran lector de libros de viajes, especialmente de exploradores del continente americano.

Fue un hombre de baja estatura, pero fuerte, y de carácter algo frío, dispuesto siempre a contradecir a su interlocutor; lo que los ingleses llaman «one-upmanship». Un espíritu competitivo, al que le costaba coincidir con los demás. No obstante, Emerson, que lo admiró siempre sin desmayo, lo llamaba el «excelente Henry».

Monumental diario

Nunca se casó ni se le conoció pareja, y tuvo siempre ciertas reservas respecto a la sensualidad, llegando a rechazarla por limitada -como dijo, en este aspecto, de la poesía de Whitman, a quien, sin embargo, admiraba por otras razones-. Como Emerson, profesó el trascendentalismo, que nada tiene que ver con lo trascendente, más bien lo contrario: afirma que la naturaleza existe primordialmente, no deviene tanto de la experiencia como de nuestras ideas universales y previas. Esto es pura filosofía kantiana.

Su libro «Walden, la vida en los bosques» (1854) sigue siendo una fuente de inspiración, a pesar de que esté lastrado por la época y a veces por el autor mismo. Anteriormente había publicado «Desobediencia civil» (1839), y además de una rica correspondencia, fue autor de un monumental diario, del que conocemos en español fragmentos y una pequeña antología en la que se escoge un solo tema: escribir. Pero la obra de Henry David Thoreau es abundante, con numerosos opúsculos sobre viajes por el mundo rural. Fue un caminante.

No en mi nombre

Aunque solitario («Tengo mucha compañía en mi casa, en especial por las mañanas, cuando nadie me visita») y algo desafecto, poco empático, fue un escritor preocupado por el mundo civil. Su negativa a pagar impuestos en protesta por la guerra contra México y por la esclavitud de los negros fue uno de los gestos -le costó el castigo de la cárcel- que la Historia cívica de América no ha olvidado. Emerson no estuvo de acuerdo con él en esto, apostando por pagar los impuestos y luego expresar sus opiniones. Pero Thoreau fue más lejos, al hacer descansar en el ciudadano la responsabilidad. No en mi nombre, no con mi dinero. Esta actitud tuvo repercusiones en otros escritores y políticos de finales del XIX y del XX.

Es imposible imaginar a un escritor como Thoreau en el panorama intelectual español

En la tradición de Montaigne (que es la de Sócrates, pero pasada por la cotidianidad), quiso conocerse a sí mismo. Toda su denodada defensa de la necesaria educación para la ciudadanía tiene un fin: el conocimiento del individuo, que es donde reside la experiencia. No creía que pudiera conocer a nadie mejor que a sí mismo, así que, como el señor de la Montaña, se tomó como ejemplo, a veces rayando en la soberbia, algo en lo que no cayó el autor de los «Ensayos».

Conocerse a sí mismo es lo que le lleva a construir la cabaña en Walden, que no es un paraíso, un espacio de revelaciones, sino un lugar de prueba, como la escritura misma, y por lo tanto, un desafío. La vida en el bosque no es el acceso inmediato a la intimidad, sino a una lejanía que comienza a revelarle, a él que la experimenta, la cercanía, por observación poética y filosófica. Por otro lado, «Walden» es un ensayo político, un tratado de educación política, como estudió con lucidez Stanley Cavell en «Los sentidos de Walden», sólo que cada ciudadano está aislado, es un vecino. La soledad es el reducto último del hombre, parece decirnos, aunque percibamos el acuerdo momentáneo con la naturaleza o el prójimo.

Ley moral

Thoreau trató de construirse a sí mismo y, necesariamente, de construir su nación. En este sentido, fue, como Emerson, un escritor consciente de la responsabilidad con la propia vida y con la Historia en la que se inserta. La ley moral está dentro de cada uno (Kant), y Thoreau es un verdadero caminante -y ya sabemos, con Antonio Machado, que se hace camino al andar.

Sus creencias religiosas, al pensar en un Dios inherente a la naturaleza, están cerca de Spinoza. También es posible que creyera en la reencarnación. Pero esto lo define a él, y aunque es importante para conocer las perspectivas que conforman su obra, lo radical para nosotros es lo que supo ver y decir. Hay que recordar que tuvo una verdadera actitud de poeta ante la escritura, por eso se plantea su tarea de escritor como un desafío.

No es extraño, sino consecuencia de esto, que sea un autor recordado por muchas de sus frases, como esta no exenta de humor: «El relámpago es una exageración de la luz». O estas otras: «Imaginar un lenguaje es imaginar una forma de vida», «El poeta escribe la historia de su cuerpo».

Murió en 1862, estoicamente, con cuarenta y cuatro años, a causa de la tuberculosis. Sobre la lápida de su tumba, una sola palabra: Henry.

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