LIBROS

Sainte-Beuve sigue siendo moderno

«Madame» de Récamier, «Madame» de Staël, «Madame» de Lafayette... Son las mujeres que animaron y dirigieron los grandes salones literarios franceses. Sainte-Beuve nos las presenta

Entre las mujeres a las que «retrata» Charles Augustin Sainte-Beuve destaca «Madame» de Récamier (en la imagen pintada por Jacques-Louis David en 1800)
Entre las mujeres a las que «retrata» Charles Augustin Sainte-Beuve destaca «Madame» de Récamier (en la imagen pintada por Jacques-Louis David en 1800)

Algunas eran grandes escritoras como «Madame» de Lafayette pero apenas escribieron cartas, mientras que otras vertieron todo su arte literario en un epistolario que todavía hoy nos asombra, como «Madame» de Sévigné. Algunas fueron muy religiosas, como «Madame de Longueville», que «aprovechaba toda oportunidad para humillarse que se le presentaba», mientras que otras, como Ninon de L’Enclos, disfrutaron de la vida con pasión incontenible. Algunas, como «Madame» de Lafayette y «Madame» de Sévigné, fueron amigas inseparables mientras que otras, como «Madame» Du Deffand y «Mademoiselle de Lespinasse», se odiaron a muerte. Algunas dejaron una vasta obra literaria, como «Madame» de Staël, mientras que otras, como «Madame» de Geoffrin, apenas escribieron nada.

Entre cisne y nube

De todas se dice que eran muy bellas, aunque viendo sus retratos no siempre a nosotros nos lo parecen: «Madame» de Sévigné, por ejemplo, aparece radiante en el retrato de Lefèbvre; «Madame» de Geoffrin, esplendente en el de Nattier; «Madame» de Staël, voluptuosa en el de Massot, por no hablar de la fascinante «Madame de Récamier» de David (cuyo cuerpo ingrave Magritte convertiría en un féretro sedente) y esa especie de sueño entre cisne y nube que es la «Madame» de Récamier de Gerard, retratos fastuosos e idealizados, como el maravilloso que le pintó Quentin de La Tour a la célebre «Madame» de Pompadour, sobre todo si lo comparamos con los más realistas de Boucher.

Pero realmente ¿es importante que estas mujeres fueran bellas o no lo fueran? ¿No son bellos todos los seres humanos, o lo son al menos para aquellos que les aman? Pienso que cuando se trata de hombres nunca se repara en si son guapos o no, pero me doy cuenta de que no es cierto, y que al hablar de Pushkin siempre se menciona su tez agitanada y al hablar de Keats su pequeña estatura, y que siempre somos conscientes de que Tolstói era feo y de que Lord Byron era guapo aunque tenía un pie deforme. Somos, en fin, materialistas y vanos.

Pero estoy perdiendo el rumbo. No es de la belleza de «Madame» de Récamier de lo que deseaba hablar, sino más bien de lo magnífico que es este libro de Sainte-Beuve y de lo mucho que lo disfrutarán aquellos que se adentren en sus páginas.

Maestras de la palabra

¡Qué asombroso es el siglo XVII francés! Oyendo la música de esa época, de Delalande a Lully, de Rameau a Couperin, uno siente que aquí está todo, todo lo que el ser humano puede sentir, todo lo que le es posible expresar. Hay aquí grandeza y melancolía, ironía y tragedia y una sensación de la inmensidad del espacio y del misterio del tiempo que ninguna cultura de ninguna época podría expresar con mayor exuberancia. ¡Y las grandes damas de esta época, escritoras, epistológrafas, conversadoras incomparables, animadoras de salones literarios!

Seguramente ninguna literatura ha contado con una participación femenina tan constante y tan rica como la francesa. Muchas de las características de esta literatura deben de provenir, de hecho, de la cultura de las mujeres, no tan académicas y abstractas como los hombres, maestras de la palabra hablada, sutiles intérpretes de las emociones. La influencia principal de «Madame de Geoffrin», por ejemplo, que tuvo el salón literario más admirado y «mejor administrado» del siglo XVIII, no fue otra que su abuela, una dama de gran inteligencia y sensibilidad pero prácticamente nula formación intelectual y literaria, que enseñó a su nieta a razonar, a amar la lectura y también «a conocer a los hombres haciéndole decirle lo que pensaba de ellos».

Cultura de la conversación, palabra como indagación en la personalidad y el comportamiento, literatura como dimensión de autocreación y territorio de libertad. De Ninon de L’Enclos dice Sainte-Beuve que «fue de las primeras en emanciparse como mujer, en profesar que en el fondo no hay más que una única moral para los hombres y para las mujeres», unas palabras que resultan modernas incluso en la época en que fueron escritas (1850) y que quizá hoy, en muchos ambientes, sigan siéndolo.

Aunque son admirables todos los de este libro, los retratos de esas dos grandes amigas que fueron «Madame» de Sévigné y «Madame» de Lafayette me parecen los más acabados. Vemos a «Madame» de Sévigné casada joven y poco interesada en el amor romántico, consumida por el amor a una hija de la que pronto se separará cuando esta contraiga matrimonio y unida a «Madame» de Lafayette por una amistad que durará toda una vida.

El lado más oscuro

Sainte-Beuve nos describe la sutileza descriptiva de su prosa, que hoy denominaríamos «prerromántica» y también nos muestra, con un punto de vista que se nos antoja plenamente moderno, el lado más oscuro de su personalidad: su insensibilidad total hacia el dolor de las pobres gentes, su sarcasmo ante las ejecuciones y las torturas de campesinos inocentes, un clasismo y una inhumanidad que nos estremecen en una mujer tan refinada.

También es magnífica la caracterización de su gran amiga, «Madame» de Lafayette, autora de esa novela inmortal llamada «La princesa de Clèves», en la que quizá refleja su amor (si es que fue amor y no una simple aunque apasionada amistad) por La Rochefoucauld, el autor de las célebres «Máximas». Las páginas que dedica Sainte-Beuve a la obra maestra de la autora son exquisitas y reveladoras. Describe el lenguaje de «Madame» de Lafayette como «ligeramente descolorido», que es exactamente la misma impresión que produce al lector actual, y afirma que su fórmula de trama esquemática, voz transparente y clara (la liquida vox de la que hablaba Horacio) y sutileza en la descripción de las emociones fija un modelo en la literatura francesa que, verdaderamente, sigue bien vivo hasta hoy.

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