Autorretrato de Rosario Weiss
Autorretrato de Rosario Weiss
ARTE

Rosario Weiss: el capricho de Goya

La Biblioteca Nacional, junto al Museo Lázaro Galdiano, nos descubre la figura de la artista Rosario Weiss, la discípula (hija ilegítima, según algunos) del pintor aragonés

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El escándalo trascendió al vecindario en el verano de año 1811. En casa de los Weiss, que regentaban una joyería en la calle Mayor semiesquina con la Puerta del Sol, la situación era insostenible. Isidoro Weiss, alemán oriundo de Baviera, arrastraba deudas desde hacía tiempo, y ni siquiera el matrimonio de su hijo -del mismo nombre- con Leocadia Zorrilla, de familia hidalga y que aportó una buena dote, pudo evitar la ruina. Por si esto era poco, Isidoro Weiss hijo interpuso una denuncia en septiembre de 1811, confirmada y am- pliada unos meses después, en la que acusaba a su esposa de infidelidad, mala conducta y de tener un genio «altanero y amenazador».

Las habladurías sobre los amoríos extraconyugales alcanzaron a un viejo pintor, emparentado con Leocadia por vía de su nuera, que acababa de enviudar (Josefa Bayeu falleció en junio de 1812) y se había vuelto mucho más huraño y taciturno, aislado en su sordera, mientras daba forma a los «desastres» de la guerra.

Tal vez el matrimonio volvió a unirse posteriormente, o así parece indicarlo el hecho de que dos años después, en 1814, nació una niña, Rosario, en el domicilio familiar y fue bautizada con el apellido Weiss, pero el reconocimiento de un hijo fuera del matrimonio habría supuesto la deshonra. Lo cierto es que la pareja se separó poco después definitivamente. Isidoro Weiss se quedó con el hijo mayor y murió muchos años más tarde en la indigencia; Leocadia perdió su dote y se trasladó a casa de Goya con sus dos hijos menores, Guillermo y Rosario.

Recogida de la calle

No hay coincidencia con respecto a la fecha en la que formalizaron una convivencia que, según la mayoría de los investigadores, era también sentimental. Para Goya, Leocadia nunca fue una criada, aunque la recogió literalmente de la calle. La prueba definitiva estriba en el recelo que siempre sintió hacia ella Javier, el único hijo legítimo que sobrevivió de los ocho que tuvo el artista aragonés con Josefa. Goya compró la Quinta del Sordo, y hacia 1820 se instaló allí con su nueva familia, lejos del centro de Madrid y sus comidillas, y comenzó a emborronar las paredes con las Pinturas Negras (Una manola, Leocadia Zorrilla, entre ellas).

Copia de uno de los «Caprichos» de Goya ejecutado por su discípula
Copia de uno de los «Caprichos» de Goya ejecutado por su discípula

Rosarito era un primor de niña, el verdadero contrapunto para su interior atormentado, y además tenía muy buena mano para el dibujo. «Empezó a enseñarle el dibujo a los siete años de edad», escribe Antonio Rascón en la necrológica con motivo de la muerte de la artista, en 1843, «al mismo tiempo que aprendía a escribir; y para no fastidiarla obligándola a copiar principios con el lapicero, le hacía en cuartillas de papel figuritas, grupos y caricaturas de las cosas que más podían llamar su atención, y las imitaba ella con un gusto extraordinario valiéndose solo de la pluma».

«Como si fuera mía»

Antes de salir para Burdeos en 1824, la última estación de su impetuoso periplo vital, Goya la encomendó a su amigo el arquitecto Tiburcio Pérez para que aprendiera a utilizar el difumino y la tinta china. Leocadia y sus hijos no tardaron en seguir los pasos del pintor y se instalaron con él en Francia. No hay duda de que la niña fue el consuelo de sus últimos años y probablemente la interlocutora de sus anhelos y delirios, como muestra Carlos Saura en su película Goya en Burdeos (1999), por la que Francisco Rabal obtuvo un goya haciendo de Goya y en la que Dafne Fernández interpretó a Rosario Weiss.

Nunca descuidó la formación artística de la muchacha y escribió a un amigo pidiéndole que la acogiera en París para que estudiara miniatura y que la tratara «como si fuera hija mía». De los biógrafos bordeleses proviene la teoría de la paternidad de Goya, aunque no hay documento alguno que lo sustente. El pintor falleció en abril de 1828, a los 82 años, y los Weiss quedaron de nuevo en la calle. Leandro Fernández de Moratín recordó en una carta a la angustiada Leocadia, que tuvo en sus manos un documento en el que Goya le dejaba una cantidad de dinero o bienes, pero a ella le pareció poco y lo destruyó en un ataque de cólera.

Padre y maestro

Volvieron a Madrid en 1833, y Rosario comenzó su carrera artística, primero como copista de obras del Museo del Prado y luego como retratista de las personalidades de su época. Notable litógrafa, técnica que había aprendido con Goya en Burdeos, cuando los vientos fueron liberales, y por tanto favorables, ingresó en la Academia de Bellas Artes de San Fernando y, en 1842, fue nombrada maestra de dibujo de Isabel II y de su hermana. Murió joven, a los 28 años, sin que su estilo acabara de romper con el academicismo -tal vez porque tuvo que mantener a su familia- y a pesar de las enseñanzas de Goya, que fue un padre para ella.