LIBROS

Mohamed Alí ante el tarro de las galletas

El bromista, el aficionado a los trucos de magia, el cordial, el gran púgil, el ídolo de masas. Todos los hombres que fue Mohamed Alí están en el volumen que le dedica Davis Miller

Mohamed Alí muestra en septiembre de 1974 el cartel donde se anuncia el combate de los pesos pesados en el que, un mes más tarde, derrotaría a George Foreman
Mohamed Alí muestra en septiembre de 1974 el cartel donde se anuncia el combate de los pesos pesados en el que, un mes más tarde, derrotaría a George Foreman

Mohamed Alí murió el pasado 3 de junio en su rancho de Scottsdale (Arizona), en uno de cuyos graneros aún colgaba el saco con el que se entrenó para combatir a Frazier y Foreman. Además de un homenaje mundial que entre los profanos del boxeo fue menos al luchador que al activista y gran personaje de la cultura popular del siglo XX, el fallecimiento de Alí provocó una multiplicación de las ventas de tazas y camisetas con su efigie, así como un inusitado interés editorial por ocupar espacio para las elegías ante la pira funeraria. Aquí surgió un problema: en términos literarios, Alí ya estaba completamente exprimido.

El género pugilístico sufrió una remisión en España, después de Alcántara y Aldecoa, que ahora parece haber terminado gracias a títulos como la excelente biografía de Uzcudun de Joxemari Iturralde («Golpes de gracia», Malpaso), que abarca su rivalidad, casi alegórica de las dos Españas, con Gaztañaga. Pero en Estados Unidos, la máquina funcionó siempre sin parar. Así, entre libros, reportajes y documentales publicados y estrenados en los anteriores cuarenta años, Mohamed Alí era un personaje carente de parcelas de terra incognita en su biografía. Se sabía todo de él. Circunstancia favorecida por el hecho de que, mientras la enfermedad se lo permitió, Alí fue un hombre abierto a la gente, generoso en el trato, de una accesibilidad insólita tratándose de un campeón mundial y de un mito. Traten de llamar sin más a la puerta de Cristiano Ronaldo y de hacerse invitar a cenar. Con Alí era posible, era constante. Lo único que interrumpió su pasión social fue el ensimismamiento de la enfermedad, cuando aún aseguraba conocer a las personas que lo saludaban sólo para que estas no se llevaran el disgusto de no ser recordadas por el Campeón.

«No» a Vietnam

De entre esa inmensa montonera de obras dedicadas a Alí, caben destacar dos. La biografía de David Remnick, «Rey del mundo», en la que vibran lo mismo el boxeo y la época, incluidas la conversión a la Nación del Islam, la amistad con Malcolm X y la deserción ante la llamada a filas para ir a Vietnam. Y las extraordinarias crónicas de Norman Mailer de la pelea contra George Foreman en Zaire -el «Rumble-In-The-Jungle»-, que dan cuenta también de una intensa relación personal entre el púgil y el escritor y que fueron reeditadas hace poco por Contra en el volumen titulado «El combate». Ambos son libros anteriores a la muerte de Alí y que no sufrieron por tanto el atasco provocado por el afán de publicar cualquier cosa con el cuerpo aún caliente.

De entre los libros «post mortem», con valor de autopsia, Errata Naturae trajo a España el de Davis Miller, «En busca de Muhammad Ali», terminado en realidad pocos meses antes de la muerte pero puesto en boga por esta. Lo mejor que se puede decir del libro es que no ha intentado contar de nuevo, de forma reiterativa, los grandes acontecimientos vitales de Alí: estos aparecen de soslayo. Lo peor es que, por momentos, parece contener, agrandadas hasta la justificación literaria, las anécdotas obtenidas por otro cualquiera de los miles de fans que se acercaron a Alí y fueron cobijados por el instinto para el afecto de este hasta construir un remedo de amistad más o menos estable en el tiempo. Un poco como las fotografías junto a famosos que el mesonero cuelga en las paredes de su establecimiento.

Miller es un profesional del anecdotario sobre Alí, igual que otros lo son de Hemingway o Elvis

El caso de Miller es paradigmático. Reportero y escritor de deportes en revistas importantes, dedicó su carrera entera a trabajarse a Alí, como si hubiera colocado un perímetro de cuerdas alrededor del púgil para excavarlo cual estrato arqueológico. Miller es un profesional del anecdotario que versa sobre Alí-esa es su mercancía-, igual que otros lo son de los de Hemingway o Elvis.

Gestionar la decadencia

Con todo, esas anécdotas son tiernas y jugosas, descriptivas de Alí en su intimidad. Miller lo conoce cuando se presenta en casa de los Clay en Louisville y resulta que Alí, de visita, está viviendo en una autocaravana aparcada en el jardín. Se trata de un Alí cuarentón, ya enfermo pero no tanto como para que no se pregunte constantemente si aún podría boxear. Un Alí que gestiona su decadencia y que tira manos a cualquiera que se le ponga delante. Glotón de esconderse galletas en los bolsillos, bromista, aficionado a los trucos de magia, humanísimo en su cordialidad, sencillo cuando se sienta en el sofá de casa, con una cerveza de raíz en la mano, para ver sus propios combates, asombrado él mismo de lo bueno que llegó a ser. Al mismo tiempo, todavía es un ídolo de masas magnético que no puede salir a la calle sin que se le forme alrededor un tumulto compuesto por personas que ansían contarle por qué él fue importante en sus vidas.

Lo más desgarrador del libro es que termina convirtiéndose, por añadidura, en un relato de la evolución de la enfermedad y sus estragos. Desde los primeros síntomas hasta el muerto viviente del final, pasando por los estadios en los que Alí comienza a pedir ayuda para ponerse la corbata o lame el helado del plato porque le resulta agotador fracasar con la cuchara.

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