Billie Holiday
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MÚSICA

Mitos del jazz que se pelearon a muerte con la vida

Grandes estrellas como Chet Baker, Billie Holiday, Miles Davis o Charlie Parker vivieron en un permanente desafío a los límites y a sí mismos

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«Era arrogante, un estúpido neurótico, dependiente de cualquier cosa. Y no me refiero solo a la heroína». Chet Baker, según la cantante Ruth Young, con quien compartió escenario durante más de una década, era todo eso y mucho más, pero la música que salió de su trompeta le redimió de todos sus pecados menos uno: el de la autodestrucción. El porqué los grandes mitos del jazz se pelearon a muerte con la vida es una pregunta que admite varias respuestas, pero la más hermosa y la más dura es la que dio Miles Davis sin necesidad de hablar: ingresado en un hospital de Santa Mónica (California) donde los médicos le diagnosticaron una neumonía bronquial, se quitó rabioso los tubos y se revolvió en la cama como un animal un segundo antes de quedarse en coma. Tiempo después, los médicos desconectaron el respirador que le mantenía «vivo».

Para muchos de los grandes mitos del jazz la vida con límites no era tal. Había que sacarla del carril de lo previsible y forzarla a seguir el compás de la música. La vida de los grandes del jazz fue un experimento mortal, un permanente desafío a sí mismos. Llevaban la noche a cuestas y casi nunca amanecía. Se fueron sin poder imaginar que algún día entrarían en la leyenda, tal vez porque pocas cosas hay más efímeras que el jazz. En un instante la música brotaba, pero el sonido era inmediatamente devorado por otros creadores que lo tuneaban a su modo y lo lanzaban al aire para que un tercero hiciera lo propio y alimentara la intuición y el instinto de un cuarto que inspiraba a un quinto capaz de refundirlo todo. Y así vuelta a empezar.

Por eso la gloria les duraba un segundo. No aspiraban a la inmortalidad, sino a vivir cada momento. La voz rota de Billie Holiday, «Lady Day», era un reflejo de su vida. Y cuánto más trágica se hacía su existencia, más conmovedora era su forma de cantar. Sus recursos vocales eran limitados si se la compara con Sarah Vaughan o Ella Fitzgerald, pero la emoción que transmitía la convierte en la más auténtica vocalista de la historia del jazz. Su penas, sus esperanzas rotas, su infancia maldita -violaciones, prostitución, reformatorio- suenan al oírla cantar y te desgarran por dentro. «Puedes vestirte de blanco satén hasta las tetas, ponerte gardenias en el pelo, mirar al horizonte y no ver una sola caña de azúcar y, sin embargo, te sientes como una esclava en una plantación», dijo en una ocasión.

Esclava de sí misma

En realidad, «Lady Day» era esclava de sí misma. Murió a los 44 años destrozada por fuera y por dentro; el saxofonista Lester Young, su fiel amigo, se iría de este mundo a los 50. La película de Tavernier Alrededor de la media noche relata el final de su existencia, aunque bien podría ser la del pianista Bud Powell (permanente carne de psiquiátrico) o la de tantos otros que se empeñaron en desafiar continuamente a la muerte.

Thelonious Monk tocaba el piano en horizontal, con los dedos prolongando la palma de su mano. Fue un taciturno revolucionario de mirada inquietante que cabalgaba a toda prisa sobre las teclas descarajando la armonía. Sus acordes disonantes ponían de los nervios a sus compañeros. Diez años antes de su muerte, en 1982, se encierra en la casa de su amiga la baronesa Nica de Koenigswarter y ya no saldrá nunca. Dicen que se dedicó a hablar con sus fantasmas.

La gloria les duraba un segundo. no aspiraban a la inmortalidad, sino a vivir cada momento

El saxofonista Charlie Parker, acaso el más grande inventor de la música instantánea, fue, según Dizzy Gillespie, «demasiado frágil para durar, porque es terrible ser negro en esta sociedad». El problema de «Bird» no es que fuera negro, sino que su vuelo sobre una línea melódica que solo él podía observar se desplegó más allá de su música. Su alas se posaron sobre paraísos artificiales. Y cuando tomaba altura, ahí estaba la brigada de narcóticos para retirarle el carné profesional. Murió a los 35 años en casa de esa activista social del jazz que era la baronesa Nica de Koenigswarter, una suerte de Madre Teresa de los genios descarriados, la misma que acogió a Monk y a otros tantos creadores que se pasaron de frenada.

John Coltrane trastocó las reglas de la improvisación en el jazz. Obsesionado con la armonía, pretendía tocar a través de «un cristal esmerilado». Y lo consiguió, pero en su intentó de improvisar sobre todas las improvisaciones, llevó al jazz al límite de lo explorado y lo terminó pagando caro. Un cáncer de hígado le pasó factura a los a 41 años. La misma enfermedad que se llevó a Stan Getz, otro tenor -maestro del blues aterciopelado- que se negó vivir como «un caballo con orejeras». Duró más que Coltrane, pero no pasó de los 64 años, lo que ya era -dadas las circunstancias- mucho durar.

Resultar auténtico

Puestos a buscar las razónes que llevaron a los mitos del jazz a una vida tan fugaz, lo más fácil sería recurrir al clásico argumento de que su existencia vino predeterminada por su condición de parias. No era solo una cuestión de raza o de estatus social, porque algunos nacieron en familias pobres de solemnidad, como Billie Holiday, pero otros eran hijos de papá, como el mismísimo Miles Davis, hijo de un dentista que formaba parte de esa burguesía negra que aspiraba a ser reconocida socialmente.

En realidad, la condición de parias no les vino dada por ser pobres o negros, sino por su alto nivel de exigencia. Por las condiciones que ellos mismos se impusieron para que su música alcanzara esa dimensión sobrenatural que solo se logra rompiendo las barreras. Vivieron con la noche a cuestas, no solo por los gajes del oficio, sino porque la luz que buscaban estaba en la oscuridad, entre las sombras. No les mató tanto el exceso de drogas, tabaco o alcohol como su manera de entender la música. Cuando tocaban o cantaban iban siempre tan lejos que no tuvieron más remedio -eso creyeron- que pelearse a muerte con la vida para resultar auténticos.