Miguel Falomir fotografiado a las puertas del Casón del Buen Retiro
Miguel Falomir fotografiado a las puertas del Casón del Buen Retiro
ARTE

Miguel Falomir: «El cuadro que hoy retrata a España es "El duelo a garrotazos", de Goya»

Falomir llegó a la dirección del Museo del Prado en el mes de marzo, después de llevar toda una vida trabajando en y por la pinacoteca. Entre sus retos, la reactualización de un centro que en breve celebrará dos siglos, más joven que nunca

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Miguel Falomir nos recibe en el Casón del Buen Retiro, donde tiene uno de los dos despachos en los que se mueve habitualmente. Este es el que «ocupa» por las tardes. Sus jornadas van de ocho de la mañana a ocho de la noche. En el Casón d reconoce que se encuentra uno de los espacios que más valora de todo el Prado: la biblioteca, bajo la cúpula de Luca Giordano. Se presenta así: «Llevo 20 años en el museo, 18 como responsable del departamento de Pintura italiana del Renacimiento. Los dos últimos como director adjunto. Como director adjunto ya tenía que ver cosas que no eran estrictamente artísticas, aunque era director adjunto de conservación-investigación. Pero como director, tienes que lidiar con una cantidad de temas muy distintos».

-¿Cómo ha sido tratar con los políticos, lo más complicado?

-Reconozco que no hay nada que me haya sorprendido negativamente. Todo está siendo muy fluido y muy sencillo.

-¿Cómo se reinventa un museo que va a cumplir dos siglos?

-Los museos han pasado de ser instituciones estrictamente culturales, con una asistencia minoritaria, a convertirse en la década de los noventa en «prima donnas». Han multiplicado sus audiencias de forma extraordinaria. Creo que ese fenómeno está tocando techo e, incluso, se ha empezado a revertir la tendencia. Cada vez es más difícil hacer exposiciones, cada vez son más aburridas, no nos engañemos. Cada vez son más caras, cada vez resulta más difícil conseguir las obras. Creo que tenemos que empezar a vislumbrar la siguiente etapa, sobre todo para los grandes museos, cuyo punto fuerte son las colecciones.

-¿Dejar de ser un espectáculo para el público?

-No creo que tenga que dejar de ser un espectáculo para el público. Hay exposiciones que han sido el resultado de magníficos proyectos de investigación, y ha habido exposiciones que han sido banalidades absolutas. Ha habido una inflación. Se trata de recuperar probablemente un poco el carácter imaginativo de las colecciones, es decir, una vuelta, si se quiere -suena un poco reaccionario- a lo del gabinete de las maravillas.

-¿Y la presión de las cifras?

-Ese es el problema. Todo el mundo dice que el dinero no es importante, pero cada vez que se dan las cifras anuales, te juzgan por ellas.

-Usted se especializó en pintura italiana. ¿Por qué?

-El Prado es un museo donde es verdad que hay artistas de un país o que nacieron en espacios que ahora pertenecen a un país o a otro, pero que están relacionados los unos con los otros. Hay mucha más relación entre Rubens, que era flamenco, y Tiziano, que era italiano, o entre Velázquez, que era sevillano, que la que puede tener Velázquez con un pintor valenciano contemporáneo suyo. No hay que autolimitarse. No viene a cuento. Es una de las grandes virtudes que tiene El Prado.

-¿Qué les diría a aquellos que consideran que la cultura y, entre otras cosas, el arte, es algo aburrido?

-Muchas veces nos aburrimos porque no hemos encontrado quien nos lo explique. En ese sentido, siento decirlo, pero, por ejemplo, cuando comparamos cómo se escribe sobre historia o sobre arte en el mundo español y en el mundo anglosajón, hay una diferencia.

«La arquitectura del museo también se ha convertido en un activo»

-Se ha definido en alguna entrevista como una persona cosmopolita y el Museo del Prado es un museo cosmopolita. ¿Qué piensa de este momento histórico en el que los nacionalismos campan a sus anchas?

-Una de las grandes cosas que más me atrae del mundo del arte, de la creación, es precisamente su universalidad. Soy una persona que no cree en el nacionalismo porque no creo que haber nacido en un determinado ámbito geográfico o, incluso, el hecho de hablar una misma lengua -aunque soy muy consciente que la lengua determina el pensamiento- me obligue a una filiación con esa persona por encima de otra.

-El Prado está hecho también por grandes arquitectos, y ahora está en plena reforma, la de Foster en el Salón de Reinos. ¿Cómo se llevan el Museo y usted con ellos?

-El Museo del Prado, evidentemente, es un museo conocido sobre todo por sus colecciones, y hemos tenido la suerte de contar con arquitectos muy prestigiosos. Sin ir en detrimento de la colección, la arquitectura del museo también se ha convertido en un activo. A la larga, incluso el Museo del Prado debería tener un conservador de arquitectura. La próxima intervención dará más espacio para desplegar la colección. No voy a decir, en modo alguno, que hay que exponer todos los cuadros que tenemos, pero hay unos 250 o 300 cuadros que merecen ser expuestos, que tienen una enorme calidad y que es lo que va a brindar la intervención de Foster. Con esto, el Prado satisface sus necesidades para muchísimo tiempo.

-¿Cómo compagina las labores de gestión con las de investigación?

-No me gustaría embrutecerme. Sí, sí. Tengo muy claro cuál es mi papel como director.

-Una de las polémicas que se han vivido en estas salas es si el arte contemporáneo debe entrar en el Prado o no.

-El Museo del Prado siempre está abierto al arte contemporáneo en cada uno de sus momentos. Por aquí han pasado los grandes impresionistas que estaban aprendiendo. Lo que no creo que deba hacer el Museo del Prado es convertirse en otro museo de arte contemporáneo.

«El Museo del Prado tiene que invitar a artistas de menos de cuarenta años»

-Y Miguel Falomir, como ciudadano, ¿visita exposiciones de arte contemporáneo?

-Veo arte contemporáneo en museos, no en galerías. Y en el Museo del Prado hay actividades concretas en las que estamos trabajando para dar cabida a artistas contemporáneos. Además, me gustaría que fueran no vacas sagradas sino artistas jóvenes. El Prado tiene que invitar a artistas de menos de 40 años.

-Se levanta y desayuna con una polémica en la prensa. ¿Cómo lo vive?

-Cierta tensión no viene mal. Llegué aquí hace 20 años, cuando todos los días en la prensa había un supuesto escándalo del Prado. Cuando una institución es seria, al final genera en torno suyo una cierta credibilidad que hace que ese tipo de polémicas, primero, se vayan dilatando en el tiempo y, luego, desaparezcan. No me puedo quejar de cómo me trata la prensa.

-¿Si tuviera que elegir algún cuadro que reflejara el momento que se está viviendo en el país, en España?

-No lo sé. La tentación más fácil es el «Duelo a garrotazos»... No quiero verlo totalmente así, pero la verdad es que es un momento... «Las pinturas negras» son de las que más le vienen a uno a la cabeza, ¿no? «Los esperpentos», de Goya. En general, no hay ningún pintor, ni moderno ni antiguo, que sea tan actual como Goya.

-Siempre Goya...

-Absolutamente. La demanda de obras de Goya se ha duplicado.

-El más visionario...

-No hay nada, por desgracia, que explique mejor la paradoja social que los «Disparates» o los «Caprichos» o las «Pinturas negras». No creo que Goya fuera el hombre más feliz del mundo, ni que haya vivido en la mejor de las Españas. Pero que sea el artista con el que más se pueda asociar la España actual dice muy poco de nuestro país en este momento.

-¿Cuántas solicitudes de préstamo recibe al año el Museo?

-Miles, y se prestan cientos. El récord absoluto en estos momentos, de los últimos 22 años, es el «Autorretrato» de Goya, seguido del «Cordero místico» de Zurbarán.

«Cada vez es más difícil hacer exposiciones: son más aburridas y más caras»

-Ahora está sentado debajo de un cuadro de Tiziano...

-Tiziano es el pintor que más he trabajado. Es una copia de «Venus y Cupido» que está en la Galería Borghese.

-¿Tras el Prado, le gustaría dirigir la National Gallery?

-No, no. Eso lo tengo clarísimo. En principio, porque por muy mal que estemos, a mí me gusta España. Y, en segundo lugar, porque este es un museo que tiene una personalidad muy propia, te permite hacer un tipo de trabajo que otros museos a lo mejor no lo facilitan.

-¿Es un museo más libre, menos encorsetado?

-Es un museo de pintores. Del que no tenemos nada, no tenemos nada. Pero hay 200 Goyas, cincuenta y tantos Velázquez, 45 Tizianos, 100 Rubens y 50 Riberas. Del que tienes, tienes tantísimos que te permite aproximaciones distintas.

-¿No hay museo sin un buen cuerpo de conservadores?

-Es importante que un museo, sobre todo un museo como este, que tiene tantísimos fondos, tenga una plantilla científica importante.

-¿Lo que dice un conservador va a misa?

-Lo que dice el conservador es una opinión, una opinión cualificada, de alguien que tiene un conocimiento más estrecho de la colección, pero la historia, como la del arte, como la del resto de disciplinas humanistas, aspira a un conocimiento que no se basa en verdades absolutas. Para eso están las disciplinas científicas. La historia del arte, junto con la historia, con la filosofía, no es como la física o las matemáticas. Pero sí hay que pedir a un conservador cuando firma algo que lo haga con una serie de argumentos.

-¿Qué hace Miguel Falomir cuando no está aquí?

-Dedicarme a la familia y a los hijos, que es lo que intento. No me importa pasar todas las horas que sean durante la semana en el museo, pero sí quiero dedicar los fines de semana a la familia.

-¿Tiene tiempo para lectura?

-Sí. Siempre he tenido necesidad. Ahora, que estoy muy cargado de trabajo, necesito, por ejemplo, leer ficción.