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Leer con niños Juan Manuel de Prada

Santiago Alba Rico, que fuera guionista de «La bola de cristal», es un marxista curiosamente chestertoniano

Santiago Alba Rico ha tenido una larga carrera como guionista, ensayista y conferenciante
Santiago Alba Rico ha tenido una larga carrera como guionista, ensayista y conferenciante

Hace ya muchos años, cuando yo todavía era un niño de apenas trece años, coincidí en Valladolid con un joven una década mayor que yo que quiso poner a prueba –con mucha socarronería– mis conocimientos de heráldica. Como yo andaba por entonces empachado de lecturas artúricas, logré apabullar a mi interlocutor, cuyas facciones fueron poniéndose sinoples, con su jaspeado de gules, a medida que avanzaba mi perorata. Algún tiempo después sabría que aquel joven se llamaba Santiago Alba Rico; y que pronto sería guionista de «La bola de cristal», el mítico programa infantil, donde se dedicó –en colaboración con su gran amigo Carlos Fernández Liria– a convertir los episodios de «Los electroduendes» en «fábulas de marxismo satírico para niños». Yo siempre he fantaseado con la idea de que Alba Rico se decidió a introducir marxismo en sus guiones infantiles por vengarse retrospectivamente de aquel niño heráldico y repelente que le dejó la cabeza como una hormigonera (y envuelta en un lambrequín).

Con el tiempo, Santiago Alba Rico se convertiría en uno de los más genuinos malditos de nuestra época, un excéntrico tanto geográfico como ideológico. Biznieto de Santiago Alba, el político zamorano que llegara a ser ministro con Alfonso XIII y presidente de las Cortes republicanas, Alba Rico formaría con Fernández Liria una suerte de «chesterbelloc» marxista de cuya pluma brotarían –además de los mencionados guiones de «La bola de cristal»– dos libros que alcanzarían gran difusión allá por los años ochenta: «Dejar de pensar» (1986), una sarcástica y gamberra diatriba contra la posmodernidad y el felipismo; y «Volver a pensar» (1989), donde se atrevían a polemizar con algunos santones del (languideciente) panorama filosófico español. Poco después, Alba Rico pondría tierra de por medio, instalándose en Egipto y después en Túnez, con un intermedio en Portugal; aunque no sabemos cuál fue la razón última de este extrañamiento, suponemos que lo guiaba el impulso de romper muchas ataduras, tanto familiares como generacionales, y tal vez un anhelo de búsqueda personal que, a la postre, nos depararía a un defensor acérrimo de los vínculos humanos.

Ingenio y delicadeza

Precisamente la médula de su pensamiento se halla en el análisis y execración del capitalismo, que Alba Rico presenta como un voraz Rabelais o inescrupuloso espíritu hegeliano, capaz de destruir cuanto halla a su paso, muy especialmente el tejido de vínculos políticos y afectos humanos que constituyen nuestro último refugio. Siendo un pensador de raigambre marxista, en Alba Rico alienta un chestertoniano cada vez menos reprimido; y de esta rara amalgama brota una escritura que desarma al lector.

Pero, sin duda, lo que más sorprende en Alba Rico es su muy personal estilo, lleno de ingenio y delicadeza, de observaciones agudas y razonamientos paradójicos, de un amor absorto a las palabras y a las liturgias pequeñas de la vida. Tal vez donde estas virtudes brillan con mayor alborozo sea en «Leer con niños» (2007), su obra más divulgada, un raro y cautivador ensayo que podría considerarse una incitante invitación a la natalidad.

Alba Rico posee un encanto único, que le permite exponer sus ideas como si fueran aventuras y sus aventuras como ideas

No es, sin embargo, «Leer con niños» un ensayo orgánico, sino una aventura de la escritura, escrita desde el amor y el dolor, la exultación y la rabia; en ella conviven muchos géneros distintos, desde el cuento infantil hasta el panfleto político; y esto envuelve el libro con el perfume de los espectáculos callejeros que mezclan el teatro de guiñol y el auto sacramental. Cada frase está traspasada por una luz de domingo que es patrimonio del auténtico poeta; de tal modo que lo que empieza siendo una diatriba contra el capitalismo acaba convirtiéndose en una oda enamorada a los libros y a los niños. Hay algo en este pensador marxista de tradicional «malgré lui».

Alba Rico posee un encanto único, que le permite exponer sus ideas como si fueran aventuras y sus aventuras como si fuesen ideas. Por eso, aunque es un escritor que no renuncia al discurso propio de la izquierda revolucionaria, nunca resulta doctrinario, ni enfanga su refinada prosa en torpes consignas o lugares comunes y archisabidos, lo que tal vez pueda enfadar al fariseísmo de cierta izquierda. En los últimos años, de hecho, Alba Rico ha sido víctima de desquiciadas campañas difamatorias, alentadas desde sectores izquierdistas que discrepan de sus polémicos puntos de vista sobre el mundo árabe (que tan bien conoce) y las guerras en Oriente Próximo. Nosotros, que también discrepamos en este punto (como en otros) con el autor, no podemos dejar de aplaudir su arrojo contra las arrogancias propias de la izquierda, sin hacer concesiones a la derecha. Un auténtico maldito nunca debe cejar en su vocación de marginalidad; tampoco desmayar en su irritación contra los suyos.

Chesterton nos presentaba en «La esfera y la cruz» a dos contendientes, un creyente y un ateo, que no conseguían batirse a duelo en defensa de sus convicciones, porque el régimen vigente, muy tolerante y moderadito, se lo impedía. A mí, si fuese personaje en esta novela de Chesterton, me gustaría batirme con Santiago Alba Rico. Creo que ambos acabaríamos borrachos en alguna taberna errante, hablando de Dios y, por supuesto, de heráldica (pues nunca hay que dejar de ser como niños).

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