Vladimir Nabokov y su esposa, Vera Slónim, durante unos días de descanso en la localidad suiza de Montreux en 1966
Vladimir Nabokov y su esposa, Vera Slónim, durante unos días de descanso en la localidad suiza de Montreux en 1966 - Colección ABC
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La inocencia recobrada de Lolita

En el imaginario colectivo, ella es una niña ávida de sexo, un ángel lúbrico, pero en la novela de Nabokov, Lolita sólo tiene 12 años. ¿Por qué el cliché sigue cargando sobre la víctima el peso de la provocación? ¿Por qué nos sigue excitando esta novela?

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1.Es 3 de julio de 2016 y estoy leyendo «Lolita» en una edición que publicó «El Mundo» en el 99 con un papel áspero y la letra minúscula. Es una edición de mierda, pero no tengo otra. Tengo 39 años. La última vez que la leí tenía 21.

Hace bochorno y Madrid resiste a las turbamultas de hombres clónicos y expectantes que han llegado para El Orgullo. Esta mañana dos de ellos me han preguntado por una dirección con un deje ansioso. Me he quedado prendada de sus cuerpos musculados y autoconscientes. Hubiera querido preguntarles. «¿Adónde vais?». «¿Sois gays de pueblo o de ciudad? ¿Cuántas veces habéis follado esta noche? ¿Alguna vez habéis leído «Lolita»?». «Lolita», ya sabéis: ¿«Luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía»? ¿Lolita y el anheloso maniático que le arrancó la inocencia, o como quiera que se llame esa resbaladiza frontera de lo intacto? ¿Nada? En realidad soy yo la que quiero saber quién soy leyendo Lolita, a los 39 años, en Madrid. Decir el ardor y decir el asco. Y por qué no, decir la risa. Lo que brote.

2. ¿Es «Lolita» un «slapstick» pornográfico o una de vaqueros enferma de romanticismo? Todo en Humbert llamea. Todo es lava líquida y mandíbula apretada. Todo se mueve a la velocidad del automóvil y su lenguaje es febril. Abundan los momentos de torpeza contados en primera persona (como si Humbert fuera un humorista judío con un micrófono en la mano y un taburete); «Lolita» es lo contrario de una novela elegíaca; el reverso del «Nouveau Roman». A veces da la sensación de que los personajes están bailando claqué en un «in crescendo» hacia la imposible felicidad. Los secundarios entran y salen fugaces. Cometen adulterio. Escriben cartas. Se mueren casi sin molestar. Caen como moscas. Disparan. Deprisa. Deprisa. Mascan chicle. «Lolita» quiere ser una novela norteamericana, pero no deja de ser dionisíaca a la sombra deRabelais. «Mi madre, muy fotogénica, murió a causa de un absurdo accidente (un pícnic, un rayo)». Wikipedia asegura que el tema de «Lolita es la orfandad». (Me encanta su reduccionismo. Estoy por utilizar la enciclopedia como un oráculo).

Humbert es un animal oscuro y, sin embargo, su tono es chispeante, amable, enérgico. Te cae bien. No es un hombre acomplejado, ni se siente culpable, y solo anhela satisfacer su apetencia con total impunidad. Desde su yo absoluto Humbert tiene algo de espadachín y cada riesgo es solo una curva más de su carretera americana. No importa que Lolita sea una niña belicosa e insatisfecha; que tenga que comprarle un helado o pagarle 65 céntimos para que le haga una paja frente a un colegio (perdón, unas caricias. Aquí todo se dice hermoso). No importa ejercer de padre incestuoso y renunciar para siempre a la pasión recíproca. ¿Cómo es posible decir con tanto romanticismo el abuso y la violación? Para él, su problema no es más que una cuestión del gusto. «Mes goûts», dice. Del buen o mal gusto. Y la ley es tan voluble con el concepto de delito que muta con las fronteras físicas del territorio. Hoy delinco y mañana, no; hoy te violo y mañana, no: todo depende del kilometraje. Al fin y al cabo, hay placeres imposibles y otros disponibles. Y Lolita está en el asiento de al lado.