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Idea Vilariño, grito desgarrado

Metafísica, amorosa, íntima, comprometida. Todo eso y más es la poesía de Idea Vilariño. Adelantada a su tiempo

La poeta uruguaya Idea Vilariño (1920-2009)
La poeta uruguaya Idea Vilariño (1920-2009)

Según Jacqueline de Romilly, toda obra se compone en el seno de una cierta actualidad intelectual, que, lo quiera o no, deja sobre ella su impronta. La helenista francesa lo dice a propósito de Sófocles y Eurípides, pero es evidente que ninguna creación humana queda fuera de la determinación impuesta por lo que los alemanes llaman «Zeitgeist», «el espíritu del tiempo». La poesía de Idea Vilariño (Montevideo, 1920-2009) no es una excepción: pocos temas de la poética del siglo XX le son ajenos, si es que hay alguno que no esté presente en una escritura iniciada en 1941 y que desde sus mismos inicios participa en -y de- los rasgos distintivos y las obsesiones propias de la modernidad. Y esto es lo que llama la atención en ella: que, desde muy pronto, se sabe «un caer en silencio y sin objeto», «una forma durando sin sentido, / un color, / un estar por estar / y una espera insensata». Esta radical cosmovisión le hace preguntarse «Para qué las violetas / y para qué la vida», y responderse: «Para nada». Y esto a principios de los años 40, cuando tematiza un tipo de existencialismo que preludia el pensamiento nihilista y la economía de lenguaje propios, mucho más tarde, de Celan.

Su lírico uso de la rima y la maestría formal de sus sonetos articulan «este dolor de grito desgarrado», que le hace decir siempre lo mismo y que parece condenarla a una irrenunciable circularidad de la que no puede ni quiere salirse porque en ella ve la condición trágica del yo y de su mundo: del mundo de su yo. Suenan en ella ecos de Rilke y de Borges, y, si por un lado «le obsesionan el mar, la muerte, los relojes», por otro reconoce que «cada uno es un fruto madurando su muerte».

En la noche absoluta

Poesía metafísica, sí, pero con connotaciones no de escuela sino de máxima originalidad, que va haciéndose cada vez más intensa a lo largo de los años 50, cuando condensa los significantes y extrema, reduciéndolos al máximo posible, todos los mecanismos de dicción; cuando practica un minimalismo «avant la lettre» y de poesía del silencio, antes de que esta sea una corriente. Pero puesto al servicio, todo ello, no de un estilo sino de un pensamiento que fulgura «un instante / en la nada absoluta / en la noche absoluta / en el vacío» donde se siente la «vana infinita soledad» de la conciencia. Crea entonces neologismos como ansianhelante e indaga «en la negrura espléndida / sin tiempo / silenciosa».

Hay extraños poemas de amor («te amaba en los amores de entonces / y en los otros» o el terrible titulado «Ya no»); versos que parecen apresuradas líneas de un diario íntimo, como en «Escribo Pienso Leo»; epístolas, tangos, despedidas, escenas entre amantes y confesiones como las de «O fueron nueve», un texto que podrían haber firmado Ángel González o Jaime Gil de Biedma, que no tiene nada que envidiarles ni en su tono ni en su perfección y que se inscribe dentro de lo que entre nosotros se conoce como poesía de la experiencia. Pero no se agota ahí su sistema poético sino que, cuando parecía objetivar todos sus contenidos en una forma breve sabiamente dominada, amplía sus resortes hacia otras formalizaciones como las de «Espejo» o «Para decirlo de alguna manera».

Digo que no murió

Idea Vilariño no deja de buscar «ese liviano pájaro de luz / que arde y se nos escapa / en su gemido» y que es tanto ella y su yo como su poema, que es, más que el mapa, el territorio en que esa incesante búsqueda de belleza y de canto tiene lugar. Y no faltan la poesía de compromiso como «Playa Girón», la elegía-homenaje al Che («Digo que no murió») o las composiciones dedicadas a Guatemala, Nicaragua, Cuba o Vietnam.

La poesía de Idea Vilariño es -ya lo dijimos- hija de su tiempo, pero lo transciende: su poesía amorosa es de las mejores escritas en nuestra lengua en el siglo XX, y su poesía metafísica o del silencio o como quiera llamársela tiene el extraño mérito de conjugar lo emotivo con lo intelectual. Para muchos jóvenes será una feliz sorpresa. Para nosotros, una sólida confirmación.

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