Francis Scott Fitzgerald y su esposa Zelda, con su hija, Scottie
Francis Scott Fitzgerald y su esposa Zelda, con su hija, Scottie
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Los Fitzgerald, genios y figuras

La mítica del matrimonio formado por Francis Scott Fitzgerald y Zelda nunca acaba. Un nuevo ensayo, de la mano del maestro Pietro Citati, se encierra en su espiral destructiva

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Gran maestro de la crítica en Italia, labor que ha ejercido de forma constante e infatigable, sobre todo en la prensa escrita, Pietro Citati, autor de dimensión poliédrica y gigantesca, ha hecho de sus reseñas, diversos ensayos y célebres retratos de escritores un verdadero y exquisito arte literario.

Muy publicado en nuestro país estos últimos años («La luz de la noche. Los grandes mitos en la historia del mundo», «Kafka» y «»Leopardi en Acantilado; «El mal absoluto: en el corazón de la novela del siglo XIX» y «Ulises y la Odisea» en Galaxia Gutenberg; «La vida breve de Katherine Mansfield» y la actual «La muerte de la mariposa» en Gatopardo) es sobre todo esto: un magnífico retratista, más que biógrafo propiamente dicho.

Aún así, este género canónico, la biografía, que en su caso se convierte muchas veces en apasionadas declaraciones de amor por la literatura con mayúsculas, da lo más alto de su genio con los volúmenes dedicados a Manzoni, Goethe, Tolstoi o los citados Leopardi y Kafka, que lo harán famoso.

El friso dual que compone es una obra maestra de la concisión poética y psicológica

Escritor y ensayista literario de inmenso caudal de lecturas y erudición, desde los clásicos grecolatinos, a la Biblia, el Corán o el «Quijote», su inmenso compendio titulado «La civiltà europea, da Omero a Nabokov», de cerca de 2.000 páginas en papel biblia, aparecido en los Meridiani de Mondadori (una especie de La Pléiade italiana), lo situaría en pie de igualdad junto a los que habían sido sus grandes maestros del ensayismo literario: E. Cecchi, G. Macchia y Mario Praz. Todos ellos pertenecientes a la edad de oro de la literatura italiana del pasado siglo, la misma que conviviría en aquellos años con Calvino, Buzzati, Gadda o Pasolini.

Escritor de escritores, dedicado a acercarse a los autores con profunda empatía y complicidad artística y emotiva -más que a la demolición de los que no le gustaban- Citati se identifica con sus creadores admirados, se sitúa en su lugar, casi se convierte por momentos en coautor de sus obras, estableciendo deslumbrantes diálogos desde un más allá de la escritura, que borra siglos y épocas. Si hubiese sido un actor su técnica podría parecerse al MétodoStanislavski, infiltrándose en el corazón mismo de las obras que analiza, absorbiéndolas e identificándose, línea a línea, con lo que quiso decir su autor.

Mujeres clásicas

Por otro lado, Citati ha dedicado no pocas páginas de su obra a escritoras de todas las épocas. Magníficas autoras actuales como Alice Munro o Fleur Jaeggy, que junto a «clásicas» como Virginia Woolf, Marina Tsvetaiéva, Flannery O’Connor, Jane Austen, Santa Teresa o Karen Blixen, reuniría en su espléndido volumen «Retratos de mujeres», lamentablemente no traducido.

«En el origen de la escritura tiene que estar la emoción». Era una de las frases favoritas de Scott Fitzgerald. Y no hay duda que ese germen, la emoción, nunca abandona cada línea del médium literario que es Citati en cada una de sus obras. El retrato dual que compone de los Fitzgerald y los locos años 20 del pasado siglo en «La muerte de la mariposa» vuelve a ser una obra maestra de la concisión poética, psicológica, analítica. A ratos terrible y melancólico, en él se concentran una vida y un vértigo personal y artístico dedicados sobre todo a la pérdida. A esas continuas «pérdidas, fallos, renuncias y derrotas que se suceden, como un regalo o un tesoro», y que la literatura, como decía Fitzgerald, nos otorga el privilegio de volver a recuperarlas. Citati se convierte en el delicado cronista de un tiempo y unas vidas tan fascinantes como frágiles y atormentadas. Unas vidas que dejarían huella, como pocas, de esa «poderosa, imperceptible música trágica de las cosas perdidas».

Pareja de culto

¿Cómo pudo suceder?, se dirán algunos. Lo tenían todo: pareja de culto de una generación -la generación del jazz y del abandono febril de la Gran Depresión- eran atractivos, tenían talento, parecían permanentemente mimados por la fortuna. Sin embargo, el fracaso, la derrota que caminaba como una sombra fatal al lado de todos los éxitos, no dejó de acecharlos desde el primer día. Mitómanos, drogados de sí mismos, hambrientos de lucir siempre en la escena aún cuando los focos se hubieran apagado, expertos en dolores desesperados e intolerables, en rozar sin cesar la locura.

La biógrafa de Zelda, Nancy Mitford, dejó escrito que ambos «necesitaban del drama». Inventaban, practicaban obsesivamente el arte de gustar y a la vez eran víctimas de «su inestable y morbosa imaginación». Los que les rodeaban no fueron menos implacables: Hemingway, su amigo-enemigo de siempre, dictaminaría el declive del fantástico autor de «Suave es la noche» -su gran obra maestra para Citati: «Scott tenía aún la técnica y el espíritu romántico para hacer cualquier cosa, pero desde hacía mucho tiempo todo el polvo había desaparecido del ala de la mariposa, aunque el ala continuó batiendo hasta su muerte».