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Estampas japonesas

Estrenamos una nueva sección cuyo protagonista absoluto es el diario. De viajes, introspectivo, literario: de todo tipo. Japonés, en el caso del poeta Ismael Belda, autor de «La Universidad Blanca»

La espesa hiedra «kuzu» trepando sobre los árboles de un cementerio en Tokio en una fotografía de Belda
La espesa hiedra «kuzu» trepando sobre los árboles de un cementerio en Tokio en una fotografía de Belda

21 de agosto. Tokio. El calor anoche al llegar, enorme y húmedo como un animal que nos inspeccionara con su hocico caliente. Una vuelta nocturna por el barrio (Samoncho, al este de Shinjuku). Calles estrechas sin aceras, casitas de azulejos blancos, cúbicos monovolúmenes pigmeos aparcados en nichos al pie de las casas. Los increíbles postes de la luz: en lo alto, una complejísima maraña de cables e innumerables bornes, fusibles, anclajes y aislantes y, a veces, un transformador grande como un cubo de basura. Santuarios sintoístas apretados entre las viviendas. En un parque infantil, un gran árbol oscuro: del árbol surge un sonido difícil de creer, un estridor hipnotizante, inacabable. Me acerco, incapaz de pensar por el estruendo. Son cigarras, dejándose la vida en mitad de la noche. El sonido más salvaje que he escuchado.

22 de agosto. Tokio. Por la tarde, cruzamos el Golden Gai, una manzana de cientos de bares y restaurantes pequeños como cuartos de baño. Las callecitas, sin nadie, estaban llenas de vistosos carteles, todo estaba sucio y desordenado y lleno de colores. En un momento dado, me separé de los demás y me perdí por el reverso de los bares. Las paredes, grises por la suciedad, cubiertas por una maraña de cables, tuberías e inexplicables hilos de colores con banderitas de plástico. ¿Dónde estaba? En el revés de las cosas. Un límite invisible me separaba de los otros. Oía sus voces pero no podía verles. Sensación de estar muerto y, al mismo tiempo, de furtiva felicidad.

Lotos y tifón

23 de agosto. Tokio. Ayer en Kamakura, a una hora en tren. Nos quedamos bajo la lluvia, en el asfixiante calor, mirando el estanque de lotos del santuario de Tsurugaoka Hachimangu. Llevábamos paraguas de plástico transparente. El viento movía los altos lotos. El agua que se queda atrapada en el fondo del somero cuenco de una hoja de loto se argenta y baila como mercurio; al agitar el tallo, la gota se rompe en un millar de microesferas plateadas, como polvo de agua. A pesar de la lluvia, las cigarras atronaban.

Después, el tifón. Los ondeantes bosques de bambú de las colinas cercanas. Los desagües vomitando agua junto a la carretera. Una hora y media caminando bajo el diluvio. En el tren de vuelta, empapados y helados por el aire acondicionado, nos enteramos de que varias personas han muerto en la tormenta.

24 de agosto. Tokio. Guada y yo (sin Pablo y Megan), en el restaurante vegano de Shinobazu dori, intentando explicarnos la alta viscosidad de una salsa. Hay una sustancia en la cocina japonesa que espesa los líquidos, pero no nos sale el nombre.

Me llenó una embriagadora sensación de dulzura y de infinita tristeza. El posefecto aural de ese «trip» sin drogas aún me dura hoy

Después, paseando por detrás de la universidad (asfalto agrietado con hojas muertas, fragor de cigarras), entramos en un sendero que bordea un cementerio. Al otro lado, altos árboles completamente cubiertos por una especie de hiedra muy densa, de hojas sin lustre. En esa segunda piel escamosa, la brisa abre caminos que se bifurcan y se trifurcan. Un hombre aparece de la nada, nos pregunta si necesitamos ayuda (la gente es increíblemente, conmovedoramente amable en Japón). Le decimos que sólo estamos mirando esa extraña hiedra. Nos explica, con voz profesoral (posiblemente da clase en la universidad), que el nombre de esa planta es kuzu, que tiene una raíz comestible, que en los años cincuenta fue exportada a Estados Unidos, donde ahora se arrepienten, pues es extremadamente invasiva y resistente. Lanza una risa maléfica. Por debajo de la verja, erectos zarcillos tienden con ansia hacia nosotros. ¿Qué quieren? Pienso en Dionisos, en Pan, en grutescos danzantes. Kuzu, por supuesto, es el nombre de esa sustancia que espesa las salsas.

25 de agosto. Takayama. Nos alojamos en una casa tradicional en cuyo piso inferior hay un «onsen». Por la ventana, montañas al sol. Nos sentamos sobre el suelo de tatami. El dueño, un hombre mayor y vigoroso que hasta hace unos años fabricaba «hashi» (palillos), nos trae un plato con pedazos de sandía de un asombroso color amarillo. Cuando me voy a llevar uno a la boca, me da un salero y me explica que un poco de sal potencia el dulzor. Es cierto. Mi hermano me dice, riendo, que todo esto es como un sueño. Y es verdad.

En honor a los «kami»

26 de agosto. Takayama. Guada y yo subimos por la tarde por una ladera, a través del antiguo cementerio. Llegamos a un santuario «shinto» en mitad del bosque de pinos. No hay nadie. La última luz pasa entre los troncos y produce efectos curiosos: dobles de sombra de nuestros cuerpos se mueven con cautela a unos metros, hacia el este. Los mosquitos cantan en el silencio. En honor a los «kami» del lugar, permito que uno me pique en la mano: es de color negro satinado, con nocturnas pintas blancas, y utiliza una de sus patas traseras como una manivela para bombear furiosamente mi sangre.

29 de agosto. Kioto. Anoche, una pequeña epifanía esperando a Guada en la entrada del Lawson de la plaza donde se cruzan Shijo dori y Higashi Oji dori, frente a las puertas rojas del santuario de Yasaka. Estaba terriblemente cansado, empapado en sudor y aturdido por el largo día. Me volví hacia las hileras de farolillos de Shijo dori y vi a una mujer fumando contra la pared. Llevaba un peinado alto tipo «beehive» y unos extraños zapatos de cuero blanco. Pasaba gente riendo y hablando, y del Lawson surgía luz azulada y una versión «muzak» de un «standard» de jazz que no reconocí, con una «intro» de piano estilo Oscar Peterson. Entonces ocurrió: yo estaba en 1965 o 1966, y no en Kioto, sino en otra ciudad asiática, quizás Bangkok o Yakarta.Ni siquiera era yo, ni siquiera era mi vida, era la vida de otro, alguien que yo sentí que había vivido hacía mucho. Esa mujer era Guada, o quizá alguien a quien ese otro había amado. Me llenó por completo una embriagadora sensación de dulzura y de infinita tristeza, como si la hubiera perdido para siempre. El postefecto aural de ese «trip» sin drogas aún me dura hoy.

El agua que se queda atrapada en el fondo del somero cuenco de una hoja de loto se argenta y baila como mercurio

1 de septiembre. Isla de Yakushima. Nuestra guía, Jenny, viene a buscarnos a las siete de la mañana con su furgoneta. Salimos de la plantación de té que rodea la casa, ascendemos 1.000 metros por carretera y aparcamos a la entrada del parque nacional. Pronto caminamos por el bosque, en la penumbra de la «yakusugiland». A nuestro alrededor, inmensos cedros «yakusugi» centenarios o milenarios, los troncos cubiertos de musgo. Jenny camina delante de nosotros con una gran mochila a la espalda. Es una chica de Florida de unos treinta años, alta y delgada y con gestos de adolescente, con la amabilidad y la distancia de alguien que ha vivido muchas vidas. Tiene manos largas y bonitas y cuando yo o mi hermano Pablo o Megan nos asombramos como niños o gritamos o nos caemos, emite una risita de dibujo animado. Nombra helechos y musgos (hay más especies en esta pequeña isla lluviosa que en todo Japón); nos señala entre la hojarasca los glandes carmesíes de la Balanophora yakushimensis, una planta parásita endémica; nos muestra un arácnido de patas extremadamente largas al que dejamos caminar por nuestras manos. Conoce los nombres de insectos, aves y árboles (muchos, inmemoriales gigantes del bosque, con nombre propio). Cuando un vinago de Formosa (una pequeña paloma verde), invisible en la espesura, emite su característico silbido –parecido al sonido de la flauta tradicional de bambú llamada «shakuhachi»–, Jenny cierra los ojos y hace una pequeña danza con la mano, como moldeando el sonido en el aire: una larga superficie plana y un brusco ascenso al final. Entre los árboles aparecen ciervos enanos y también monos, mascando hojas y bayas de color azul oscuro (por el camino vemos estiércol índigo). Encuentro una exuvia de cigarra aún aferrada a una hoja: una funda de cristal vacía, ligera como el papel. Tras cuatro o cinco horas de ascenso, la vegetación cambia: rododendros, cedros enanos de retorcidos troncos. En un hueco entre las ramas sobre mi cabeza: 1) varios ojiblancos japoneses (Zosterops japonicus), diminutos y verdes y parlanchines; 2) un fragmento de cielo azul con una leve voluta blanca; 3) una especie de música fugaz; 4) algo rosado... –una alcoba celeste, un sueño del XVIII–. Algo en mí recoge esto, sé que para siempre. Finalmente, salimos a una gran rodilla de piedra justo debajo del pico Tacchu Dake y comemos sentados en el granito caliente. Después, Pablo y yo nos quedamos un rato al borde del precipicio. Al fondo, muy lejos, se ve el puerto de Anbo, la desembocadura del río, el mar. Una brisa sopla en el silencio y querría despeñarnos o hacernos volar. En la textura de la casi infinita extensión forestal de allá abajo –ásperos «sugi» y tersas stewartias–, destacan los troncos plateados de los árboles muertos, con sus contorsiones congeladas. «Mira, están bailando», me dice mi hermano. Y es verdad.

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