ARTE

El espacio de las palabras para Isidoro Valcárcel Medina

Labor titánica la de Isidoro Valcárcel Medina: reescribir completo el «Diccionario de la Real Academia de la Lengua». Y hacerlo, claro está, a su manera: retorciendo el idioma, añadiéndole palabras. Generando arte desde la lingüística y su uso

Isidoro Valcárcel Medina, autor de «Diccionario Personal de la Lengua Española»
Isidoro Valcárcel Medina, autor de «Diccionario Personal de la Lengua Española» - José Ramón Ladra

En la reseña que Ángel Crespo escribió de la primera exposición de Isidoro Valcárcel Medina (galería Lorca, Madrid, 1962) señaló que «esta pintura, como todo aquello que se aproxima hasta el contacto a la fría y consumidora llama de la metafísica, es algo muy semejante al suicidio. Sabemos que esta afirmación no va a asustar ni sorprender a Valcárcel Medina, cuya obra y frases de presentación a la misma revelan al hombre de pensamiento que no se detiene en la primera acepción de las palabras». Se trataba de revelar así «lo sustancial» por medio de una pintura con un decidido «sabor intelectual». No falta el accidente en medio de la búsqueda de la pureza, sobre todo cuando se tiene, como en el caso de este artista, una singular querencia por la aporía.

Aplastante decisión

Han pasado ya cinco décadas desde que Valcárcel Medina hizo una declaración contundente: «Yo soy un pintor». Si detesta el uso del «horrible» término «instalación» (prefiriendo en todo caso el de «instalacción»), lo que ha tratado siempre es de generar lugares en los que pueda pasar algo, como ya sucedió en la muestra «Algunas maneras de hacer esto» (La Casa del Siglo XV, Segovia, 1969) que consistía en «un libro hecho para un lugar, y el lugar para el libro».

Al comienzo de una larga conversación con José Díaz Cuyás y Nuria Enguita, publicada en el catálogo de «Ir y venir de Valcárcel Medina» (Fundación Antoni Tàpies, Barcelona, 2002), dice, sin afán de provocar, que no lee libros: «Me pone nervioso. Creo que es lo único que me pone nervioso». Y, sin embargo, este artista que nunca escribe arte con mayúscula (como nos recuerda el título de un excelente documental dirigido en 2014 por Luis Deltell y Miguel Álvárez-Fernández y desplegado coralmente por medio de las voces de infinidad de amigos de Valcárcel) ha escrito bastantes y, en algunas ocasiones, se ha metido «en camisa de once varas», como en esos cinco años que le llevó realizar esa obra portentosa titulada «2000 d. de J. C». (Entreascuas, Madrid, 2001), en la que tuvo que revisar una bibliografía inmensa.

Otro ejemplo de su extraña pasión de escritor es «El libro transparente» que presentó en la galería Seiquer (Madrid, 1970), y que, según recuerda, surgió cuando estaba buscando una palabra que había de incluir en un punto fundamental de un texto que requería ser muy conciso: «El no encontrarla, por ignorancia o por no existir realmente, me llevó a la idea de escribir “palabras”». Se trata de un libro sobre el idioma castellano, aunque la mayoría de sus términos no pertenezcan al acervo de la lengua: «Si bien algunos grupos de letras incumplen ciertas reglas en su construcción, he procurado que nunca resultaran imposibles para la prosodia castellana».

Valcárcel Medina no intenta, aunque a veces lo parezca, hacer perogrulladas sino que, como apunta, las perogrulladas le salen «porque en un ambiente mixtificado, contaminado y sin sentido, cualquier cosa discretamente auténtica se convierte en una perogrullada». Rara es su escritura, e incluso con rasgos obsesivos como los que le llevaron a realizar en la «caja fuerte» del Instituto Cervantes «El envés de la ortoescritura. Instilando el idioma» (Madrid, 2009). Ahora se publica el resultado del titánico trabajo de re-escritura del Diccionario de la Lengua Española en el que da cuenta, más que nada, de su «vocabulario preferido».

¿Esto es un libro?

En este «libro», calificado por el mismo Valcárcel como «circunstancial y transitorio», no solamente se recogen palabras del Diccionario original, con el que ha sido estuchado como «elemento auxiliar», sino que, como se advierte en el preámbulo, algunas palabras proceden de obras suyas anteriores como «El idioma transparente» (hay un fragmento de siete minutos recogido en el número uno de la revista «RAS» de mayo de 1996); por ejemplo, «hedír» y «taurodermo»; o de «El tronco subsume las raíces y las ramas» (2007), como «fornición» o «patihendido». O que son vocablos del panocho («cotorrita» o «paparajote», palabreja esta última que solamente conocerán los que disfruten de los postres).

El «Diccionario» de Valcárcel Medina es una obra abierta e íntima, carente de propuestas lingüísticas

El «Diccionario» de Valcárcel Medina es una obra abierta e íntima, carente de propuestas lingüísticas, limitando su propósito a «la mera expresión de la naturaleza del idioma en un presunto uso privado, de forma tal que las palabras no van seguidas de definiciones, acepciones o etimologías, sino por espacios en blanco».

Pasé un buen rato una tarde revisando algunas páginas del mismo mientras charlaba con Valcárcel Medina, tratando, sin mala fe, de saber si algunas de mis palabras favoritas estaban presentes o ausentes en esta «lectura-escritura personal» (como «matute», que no parece importarle mucho, o «matarile», que ni siquiera aparece, aunque si lo haga «matarife»).

Tras una revisión más detenida de este libro descomunal he podido comprobar que el término «no» tiene bastante espacio y también «eñe» parece que cuenta con su sitio. «Zen» (después de «zas» y antes de «zoo») va seguido por catorce líneas en blanco; «amar» y «amor» gozan de veinticinco líneas de espacio vacío, mientras que «caca», «caos» o «coña» tan sólo generan media línea cada uno.

Anuncios por palabras

Me sorprendió comprobar que «Dadá», en su centenario, solamente merecía dos líneas, y «reír», cuatro. A Valcárcel Medina le importan -si tomamos en serio este diccionario-, la musa, el tren, la nada, la calle, la ética, la acción, incluso la aporía y la idea, mientras que no gozan de su aprecio los «yupis» o los «frikis», pero tampoco necesita del «tuit» o el «wifi». Basta comprobar que la parte «personal» de este diccionario está escrita a mano, y que este artista singular ni usa ordenador, ni tiene teléfono móvil.

Durante meses, en su contestador automático, he podido escuchar una retahíla de palabras entre las que estaba el «paparajote» de marras, y ahora he podido deambular por infinidad de páginas en este libro ordenado por el número de letras de las palabras (comienza, como es obvio, por «a» y termina con una palabreja de 25: «contenciosoadministrativo»), que tiene algo de inmensa partitura.

En 1976 realizó en São Paulo el «Diccionario de la gente», que era el resultado de pedir a los habitantes de la ciudad con los que se encontraba que le dijeran una palabra de su idioma; con todas ellas confeccionó, por orden alfabético, un catálogo. Cuarenta años después publica un diccionario de 1.100 páginas con 50.000 entradas que acaso tenga algo que ver con «La chuleta» que Valcárcel realizó en 1991: un texto manuscrito con letra minúscula enrollado y con una goma elástica que permite un uso «adecuado» en un hipotético «examen».

Si tomamos en serio esta obra, a su autor le importan la musa, el tren, la nada, la calle, la ética...

En un pasaje de esa chuleta se puede leer que la razón fundamental que justifica las obras «es que se han realizado, y que, supuestamente, esa acción ha sido justa». Lo que despliega Valcárcel es un arte que engendra y tiende a la vida, que puede ser «ejemplificado» por la acción que realizó en la exposición «Forma y medida» (1977), y que consistía en hacer que un grupo de secretarias mecanografiara durante horas las permutaciones del siguiente texto: «El arte es una acción personal, que puede valer como ejemplo, pero nunca tener valor ejemplar».

Valcárcel Medina no hace «cosas gratuitas» y, por supuesto, nunca «se ha vendido». Es un artista extremadamente riguroso que en 1993, en el festival La Situación (Cuenca, 1993) lanzó el demoledor diagnóstico de que tenemos un arte descomprometido con su medio y con su tiempo y «esta falta de ligazón con su momento histórico (o, si preferís, esta falta de lucha contra su momento histórico) hace de nuestra creatividad una actividad añorante y ramplona. Hoy la inquietud se reduce a la confección de dossier y a la documentación».

Adscribirse al «no»

A Valcárcel, como queda claro en el «Diccionario personal», el «museo» no le preocupa más que la «vida», y, valga la analogía anómala, le seduce más el «abecedario» que la «aberración». Tampoco son cruciales la caspa, la casta o el catón y, por cierto, lo suyo no es un «hobby», sino un trabajo alucinante.

Este artista, que cerraba su libro «Rendición de la hora» (compuesto en 1996 y publicado en 2002) con la última voluntad de que se construya con sus cenizas un reloj de arena, es «totalmente constructivo», aunque su respuesta favorita sea «no»: «Me niego a jugar con las reglas que no me dejan cambiar. Lo que me interesa es la negación constructiva». Su trabajo está «fuera de lugar». Este diccionario es ejemplo de una deambulación extraordinaria, de un amor por la PALABRA (escrita con mayúsculas) que resplandece cuando le damos espacio.

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