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Dickinson, Neruda, Pasolini, los poetas salvajes

Emily Dickinson se une a otros escritores cuyos versos se han encarnado en una película. Entre ellos, Neruda y Pasolini

Luis Gnecco en el papel de Neruda en la película de Pablo Larraín
Luis Gnecco en el papel de Neruda en la película de Pablo Larraín

En su discurso de aceptación del premio Nobel en 1971, Pablo Neruda narra su travesía entre Chile y Argentina en 1949, mientras cruza los Andes a caballo acompañado por otros cuatro jinetes a quienes no conoce y con quienes apenas se habla. A cada paso se encuentran obstáculos: bosques tupidos, árboles milenarios, ríos furiosos, nieblas, viento, lluvia, nieve... La naturaleza va desvelando sus misterios como si un espectador los estuviese descubriendo por primera vez. Pero lo que más estremece e ilumina al poeta son las canciones que comparte con un grupo de viajeros como ellos, que le hacen ver en la música la otra cara de la poesía que él mismo compone para establecer lazos entre pueblos y naciones.

Hace poco Ben Lerner publicó «The Hatred of Poetry», un opúsculo donde concebía todo poema como una forma de fracaso del lenguaje, que nunca expresa un sentimiento con la intensidad o la profundidad que lo origina, ni siquiera cuando las palabras entran en el terreno de la poesía y sufren la máxima presión a la que pueden ser sometidas. Emily Dickinson en «Historia de una pasión» («A Quiet Passion», 2016, Terence Davies) vive ese fracaso en planos múltiples, por su irrelevante papel social, literario y sentimental; por un carácter que no llega a ser tan extrovertido y osado como el de otras mujeres, y finalmente por culpa de su propio cuerpo al enfermar. De una joven ingeniosa y rebelde, poco dispuesta a seguir las palabras de una de sus profesoras cuando aconseja fe y conformismo ante la vida, pasa a ser años más tarde una víctima de la Historia y las circunstancias.

«¡Todos se van!»

Sus poemas, narrados en «voice over», se disocian siempre de las imágenes, sin ilustrarlas, añadiendo musicalidad a los momentos de silencio y dejando en manos del espectador la libertad para introducirse a través de ellos en la psique de la poeta. Ella, a diferencia de Walt Whitman, no pudo acompañar el progreso y el futuro con sus versos, y tuvo que buscar su voz en sí misma, alimentándola a veces de su frustración y otras de su extraordinaria percepción sensorial, fruto en parte de una soledad no deseada. Con el tiempo sus amistades se fueron lejos, sus hermanos se casaron, murió su padre... «¡Todos se van!», dice ella con un sentido de la nostalgia muy poco complaciente, mientras su vida se marchita por culpa de su hígado enfermo. Davies no se conforma con presentarla como una reclusa o un ser introvertido, y la yuxtapone a imágenes de la batalla de Gettysburg, estadísticas y noticias, invitando a observar esas discretas mezclas con una perplejidad similar a la que buscó la escritora Janet Malcolm en una serie de «collages» a partir de Emily Dickinson, donde proponía nuevas asociaciones, con la astronomía, el psicoanálisis o la jardinería, para librarla de los corsés a partir de los cuales se la suele retratar, renunciando a explicarse con palabras y estableciendo un desvío constante a partir de imágenes.

Adjetivos visuales

Ni «Historia de una pasión» ni «Neruda» (2016, Pablo Larraín) son «biopics» al uso, aunque tampoco «anti-biografías», porque ambas se ajustan a ciertos hechos verificables. El marco histórico de «Neruda» es exacto, del mismo modo que son exactos los pliegues que se introducen en él: las referencias a uno de los primeros campos de concentración en el país y a su máximo responsable: Augusto Pinochet; las disensiones en el Partido Comunista, entre cuyos miembros había enemigos confesos de Neruda, algunos de ellos poetas, como Vicente Huidobro o Pablo de Rokha; o el comienzo de las intervenciones de Estados Unidos en América Latina, con la excusa de ayudar a combatir el comunismo.

Sin embargo, los adjetivos visuales con los cuales se describe a Neruda como un hedonista, un putero, un bebedor, un exhibicionista y un ególatra tienen un punto menos exacto, más de sesión de psicoanálisis que de otra cosa. Lo vemos en la clandestinidad mostrando un carácter veleidoso, arrogante, irresponsable; preocupado por su «Canto General» mientras le va sumando nuevos ciclos poéticos, y sin sentirse jamás lo bastante acosado como para dejar de ir a tabernas y prostíbulos a divertirse.

Viaje a los confines

Quizás las imágenes nos quieren invitar a no tomarnos a Neruda demasiado en serio, aunque en ese sentido sólo consigan que no nos tomemos muy en serio la película. El director parece estar diciéndonos que no estamos ante el verdadero poeta, sino ante una apropiación del poeta, una especie de doble, ¿el «dopplegänger» del pueblo chileno?

Al final, siempre sucede algo así. Un poeta deja de ser su poesía, ni siquiera tiene vida, y se transforma en un símbolo. Ya nadie lo lee, y si lo hace es para repetir como un mantra -en el caso de Neruda- «puedo escribir los versos más tristes esta noche», el verso que saben de memoria hasta quienes jamás han entrado en contacto con la poesía en formato libro.

Si entendemos la poesía como un viaje a los confines del lenguaje, a todo poeta podemos interpretarlo como si se tratase de un personaje de algún modo inaccesible. Así es al menos como lo entendió Abel Ferrara en «Pasolini» (2014), de quien acepta todas sus contradicciones sin titubear, no sólo entre las incoherencias de su obra (cinematográfica, poética, narrativa y ensayística) y su firme actitud moral, entre su sobriedad al lado de su madre y sus provocaciones y polémicas en la esfera pública, o entre su vida a tumba abierta, sin máscaras, y su aterradora muerte, todavía hoy un misterio sin resolver.

Cuando se trata de poetas, debemos ser sensatos y reconocer saber muy poco, porque como decía W. G. Sebald sobre Robert Walser, «no nos entregan ni una vida ni una biografía, sino más bien una leyenda».

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