LIBROS

«Asamblea ordinaria», tres visiones de la crisis

Precariedad laboral, despidos y la pesadilla de llegar a fin de mes. La crisis nuestra de cada día protagoniza «Asamblea ordinaria», de Julio Fajardo. Un autor al que seguir la pista

Cola ante una oficina de empleo
Cola ante una oficina de empleo - Juan Piedra

Comienza a hablarse ya de las novelas de la crisis, denominación que quiere referirse a una serie de ficciones publicadas casi todas en los últimos diez años que tienen en común el reflejo literario que está causando la penuria económica en la vida de los españoles. Obviamente ese asunto no es nuevo, aunque podría decirse que define un subgénero específico de la novela actual, que aborda tal situación de una forma distinta a la del neorrealismo de la posguerra.

Es singular que buena parte de los autores que desarrollan hoy ese subgénero sean jóvenes narradores. No cabe duda de que hay un magisterio, unas veces reconocido explícitamente, y otras no tanto, de algunos de los novelistas veteranos, situándose casi siempre a Rafael Chirbes y a Belén Gopegui como mentores. Me refiero, en el primer caso, a sus dos novelas emblemáticas, «Crematorio» y «En la orilla», que reflejaron la depredación de la costa mediterránea por la fiebre especuladora y las consecuencias que tuvo la crisis de ese modelo en la vida de los pueblos alicantinos.

Más que «ninis»

Tanto las novelas de Chirbes como las últimas de Gopegui encierran una explícita carga política contra el sistema capitalista que causó tanto abuso y desafuero. Sin embargo, en las novelas de la crisis publicadas por la generación de jóvenes narradores nacidos en torno a 1980 no siempre tal crítica es directamente política, aunque lo sea implícitamente de manera inevitable. Otro rasgo compartido es que los protagonistas elegidos por esta nueva novela son casi siempre personajes jóvenes, que forman parte de los llamados «ninis» o bien han desembocado recientemente en el paro o en trabajos de precaria subsistencia.

Sin ánimo de ser exhaustivo, van en esta dirección «La mano invisible» (2011), de Isaac Rosa; «Intento de escapada» (2013), de Miguel Ángel Hernández Navarro; «La trabajadora» (2014), de Elvira Navarro, y «Entre los vivos» (2015), de Ginés Sánchez. Aunque Marta Sanz, que también cultiva ese subgénero, extienda en «Farándula» (2015) la referencia a actores y actrices de más edad.

En esa línea, y sin rebajar la calidad conseguida por las enumeradas, hay que situar «Asamblea ordinaria», de Julio Fajardo. Es una novela que contiene tres historias narradas precisamente en las tres voces literarias posibles. Comienza en primera persona, con el relato de una mujer casada cuyo marido ha quedado en el paro y pasa todo el día encerrado en casa. El tono impacta directamente al lector, porque traduce muy bien la situación: todo el mundo le va ofreciendo una ayuda que no se concreta, con generalidades del tipo «ya sabes que puedes contar con nosotros», «llama si nos necesitas», etc., conscientes todos que esa petición de ayuda no va a producirse.

La segunda historia, en segunda persona, es el discurso que un trabajador informático dirige al joven empresario que lo contrató y del que admiraba que se tratara de un jefe bastante enrollado, muy colega de sus trabajadores; vamos, que no era distante y se comportaba con una supuesta complicidad externa. La tercera de las historias, relatada en tercera persona -por un narrador externo, por lo tanto-, cuenta lo que ocurre entre una mujer mayor, que es limpiadora, y su sobrino preferido, que no encuentra trabajo y se le instala en una habitación de su casa.

Creciente crispación

Hay que aclarar que los tres episodios -que bien podrían funcionar como «nouvelles» o novelas cortas superpuestas, puesto que en ningún caso se cruzan como tales historias-, sin embargo sí lo hacen en el curso de la novela de manera automática (quizá en exceso, lo que da una estructura algo rígida). El lector va de una a otra, sin que haya título de capítulo o marca externa que le advierta de que pasa a la siguiente, algo que hace sin esfuerzo, pues lo facilita tanto la voz narrativa como el contenido de cada historia, que tiene una trayectoria lineal, comienza con una situación de partida, la que he resumido, y la va desarrollando en capítulos posteriores.

Las tres comparten una semántica que acentúa el desengaño «in crescendo». La pareja casada sufre una creciente crispación conforme el marido va dejándose caer en el desánimo y metiéndose en el caparazón de la vida alternativa que inicia, tanto de modo virtual (internet) como con su asistencia, luego, a los movimientos asamblearios que el lector deduce parecidos a los del 15-M.

Sin máscaras

La historia del empleado y su jefe, que transcurre en Barcelona, va haciendo explícita la lucidez del trabajador respecto a la verdadera faz de un empresario que, tras ese caparazón de progre, esconde actitudes de creciente explotación. El narrador le quita la máscara y lo que era primitiva admiración se torna sarcasmo y queja. La historia de la tía y el sobrino muestra muy bien dos mundos que la diferencia de edad y de valores no hacen de fácil comunicación.

Literariamente cabe decir que una novela así, tan obvia en las referencias de la crisis, habría naufragado en su propia obviedad, de no ser por lo bien narrada que está, sobre todo en dos ingredientes de muy cuidada calidad: los detalles que la pueblan muestran un lado de las cosas lleno de matices, que los narradores van reflejando a través de indicios y situaciones muy comunes, cotidianos, a los que sin embargo se les saca punta, cuando habitualmente pasan inadvertidos. Hay por lo tanto una sensibilidad muy aguzada por el detalle.

El segundo ingrediente valioso es el manejo del lenguaje. Las situaciones actuales muy corrientes son descritas con habilidad, eligiendo muy bien, sobre todo en los diálogos que no se reproducen, pero que se citan. Julio Fajardo sabe escribir y habrá que estar atentos a su trayectoria.

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