CINE

Antonio Buero Vallejo desconocido

El centenario de Buero ha propiciado que salgan a la luz la versión española que realizó de los diálogos de «Campanadas a medianoche», de Orson Welles, y su correspondencia con el escritor Vicente Soto

El matrimonio Soto (a la derecha) con el dramaturgo (segundo por la izquierda)
El matrimonio Soto (a la derecha) con el dramaturgo (segundo por la izquierda) - Cortesía de Colección Obra Fundamental)

Transcurridos dieciséis años de la muerte de Antonio Buero Vallejo, no ha habido en su caso un tráfago de papeles inéditos como los que con frecuencia se descubren tras el fallecimiento de algunos escritores. Pero el primer centenario del nacimiento del dramaturgo ha suscitado un par de sorpresas editoriales interesantísimas, porque revelan facetas, detalles y aspectos personales poco conocidos del autor. La primera de ellas, la fallida versión española de los diálogos de «Campanadas a medianoche», la película shakespeariana que Orson Welles rodó en España en 1965. Y la segunda, la edición de la nutrida y cómplice correspondencia que durante casi medio siglo mantuvo con el escritor Vicente Soto.

«Campanas a medianoche» -así recomendó titular Buero el filme porque el otro le parecía «más feo y más largo»- es tanto una preciosa aproximación a su interés por el lenguaje fílmico como una constatación de su mala relación con el cine. No le gustaron las adaptaciones de «Historia de una escalera» (Ignacio F. Iquino, 1950), «Madrugada» (Antonio Román, 1957) y «En la ardiente oscuridad» (Daniel Tinayre, 1958), que desvirtuaron el sentido de las piezas teatrales originales. Solo quedó contento con la de «Un soñador para un pueblo», titulada «Esquilache» (Josefina Molina, 1989).

El caso es que en 1965 Buero era un autor respetado y en pleno auge creativo, cuando el productor Emiliano Piedra le encargó la traducción y adaptación de diálogos del guión original en inglés de Orson Welles; sus emolumentos serían de 200.000 pesetas. Pretendía que, en un castellano con ecos de «la picaresca y el Siglo de Oro español», transmitiera la fuerza literaria de los textos de Shakespeare -fragmentos de Ricardo II, Enrique IV y Enrique V- utilizados por el cineasta.

Azaroso rodaje

Buero había realizado en 1961 una brillante versión de «Hamlet», dirigida por José Tamayo y protagonizada por Adolfo Marsillach, por lo que conocía a fondo el lenguaje, los recursos metafóricos y las estructuras dramáticas de Shakespeare. En apenas dos meses culminó la tarea, incluyendo las numerosas variaciones que el caudaloso Welles iba introduciendo, cuidando las características rítmicas del lenguaje y la traducción de los juegos de palabras del inglés, acoplándose a las necesidades técnicas del doblaje y dando al texto el empaque literario solicitado.

Tanto se esmeró que los productores temieron que esa calidad alejara a los espectadores y decidieron emplear una traducción menos culta. Cuando Buero asistió a un pase de la película y vio cómo se había desvirtuado su trabajo, ordenó retirar su nombre de los créditos del filme, aunque se conserva una copia en la que sí aparece.

Cuando Buero vio cómo se había desvirtuado su trabajo, retiró su nombre de los créditos del filme

El texto elaborado por el dramaturgo se daba por perdido, pero Carlos Buero, que se ha ocupado de ordenar los papeles de su padre, se lo facilitó a los profesores de la Complutense Luis Deltell y Jordi Massó, que recopilaban materiales para un artículo sobre la relación de Buero Vallejo con el cine. En su introducción al volumen, publicado por laeditorial Stockcero, repasan las circunstancias del azaroso rodaje y documentan el esfuerzo finísimo y riguroso del dramaturgo español.

Testigo de boda

«Cartas boca arriba» (Fundación Banco Santander) ofrece una selección de la correspondencia entre el dramaturgo y el narrador Vicente Soto (1919-2011), injustamente olvidado pese a la calidad y originalidad de su producción. Se trata de un libro apasionante que casi podría leerse como una novela epistolar cuyo argumento sería tanto la historia de una estrecha amistad, que se prolongó desde mediados de los años 40 hasta el fallecimiento de Buero en 2000, como el recorrido por la intrahistoria literaria de ese periodo, pues los dos amigos -el autor teatral firma como Toni- hablan sin tapujos de casi todo.

Los dos jóvenes, ambos de izquierdas, se conocieron en 1946, en la tertulia literaria del madrileño Café Lisboa. La proximidad entre ellos queda patente en detalles como que Soto mecanografiara los manuscritos de «Historia de una escalera» y «En la ardiente oscuridad», presentadas al premio Lope de Vega de Teatro por Buero, que lo obtuvo en 1949 por la primera de ellas, y que este fuera testigo de la boda de su amigo Vicente en 1951. La correspondencia comienza cuando Soto se traslada a Londres en 1954, «camino de un exilio económico ineludible», según subraya Domingo Ródenas de Moya, que ha realizado una tarea ingente, seleccionando más de doscientas cartas de las muchas más que se escribieron y permanecen custodiadas por las respectivas familias.

El contenido es amplio y sustancioso, todo un festín de anécdotas y opiniones en el que se entrecruzan, de Madrid a Londres y viceversa, los detalles familiares, los pesares y ansias literarios, los juicios sobre otros escritores, las notas políticas, más tenues durante la dictadura franquista, los abatimientos y los júbilos... Me gustaría disponer de espacio para transcribir algún párrafo. Baste con una ligera muestra. Al poco de llegar a Londres, Soto se cruza con Cela, de paso por la capital británica, y subraya: «Qué vidorra se pega este tío».

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