Juan Pedro Quiñonero - LA TERCERA

¿Mayo del 68? Olvídalo, porfa

«La retórica poética del 68 parisino tuvo un éxito lírico evidente, creando realidades imaginarias: “Sed realistas, pedid lo imposible”. Medio siglo después, la ilusión poética ha sido suplantada por el realismo publicitario, intentando vender mercancías averiadas, maquilladas con caligrafía fluorescente en los mercados de las ideas muertas»

Juan Pedro Quiñonero
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Se presta a Emmanuel Macron la intención de «conmemorar» los acontecimientos parisinos del legendario mes de mayo de 1968. Si el presidente cediese a esa tentación, se cerraría un bucle esquizofrénico: el jefe del Estado que prolonga la tradición local que va de Luis XIV al general De Gaulle, pasando por el joven Bonaparte –la tradición del caudillo carismático con pretensiones reformistas–, el presidente que gobierna integrando a todas las familias del centro y la derecha reformista, celebrando unos acontecimientos cuya herencia mejor conocida son algunos grafitos de este tipo: «Sed realistas: pedid lo imposible».

Hace diez años, diez, Daniel Cohn-Bendit publicó un libro titulado «Forget 68» (Olvidaros del 68). Su tesis era muy simple y comprensible. Era/es razonable «pasar página», «un movimiento existencial tiene muy mala traducción política». Diez años después, cincuenta años después de los acontecimientos, el negocio de la incultura amenaza con nuevas riadas de publicidad insignificante, letal.

«¿Herencia política?». Tras varias semanas de agitación callejera, el general De Gaulle consiguió en las elecciones de aquel mes de junio una mayoría parlamentaria excepcional, una de las más conservadoras de la historia política nacional. El socialismo estaba hundido antes de comenzar los acontecimientos. Y los comunismos fueron víctimas de una corriente histórica: la URSS y China se convirtieron entonces en símbolos del poder totalitario más absoluto. Los grupúsculos comunistas se hundieron en su insignificancia sin resurrección. Los grupúsculos libertarios se reconvirtieron en el «liberalismo libertario» de Cohn-Bendit, cuyo «horizonte utópico» es hoy la construcción política de Europa. En Praga y Berkeley, antes, en México después, 1968 fue un año de grandes convulsiones políticas, pasablemente alejadas del existencialismo poético francés.

«¿Herencia cultural?». Todos los pensadores franceses de la época han sido víctimas de un eclipse sin resurrección conocida. ¿Sartre? Sus grandes libros se reeditan poco o nada. Su teatro hace décadas que no se pone en escena. Su literatura y su crítica literaria resisten mal el paso del tiempo. En verdad, otras grandes personalidades de la época, como Roland Barthes (el más afamado crítico literario), Louis Althusser (el filósofo marxista), Michel Foucault (el gran ensayista), Jacques Lacan (psicoanalista), Gilles Deleuze y Felix Guattari (ensayista y psiquiatra), no influyeron ni fueron actores de gran cosa: ni entendían nada, ni sus difuntas doctrinas interesaban mucho más allá de distintas sectas intelectuales.

«Los jóvenes de hace cincuenta años se beneficiaban de una riqueza y libertad desconocidas para sus padres; los jóvenes de hoy corren el riesgo de ser más pobres que sus padres y abuelos»

¿Guy Debord, la Internacional situacionista? Objetos de estudio erudito, sin descendientes conocidos. La Generación Beat norteamericana (Gingsberg, William Burroughs, Kerouac, Neal Cassady, Lawrence Ferlinghetti, entre otros) fue anterior y posterior a mayo: su herencia no ha dejado de crecer, al margen del 68 francés. La gran literatura de la disidencia checa, polaca, rusa, había comenzado a florecer poco antes y continuó creciendo al margen de los líos parisinos.

«¿Herencia social?». Los sindicatos franceses (mayoritariamente comunistas) no han dejado de perder afiliados. Los jóvenes estudiantes franceses de 1968 eran partidarios de la «utopía», denunciaban el poder totalitario, y aspiraban a «otra sociedad». Los jóvenes estudiantes franceses que se han tirado a la calle, para protestar, durante la última década, lo han hecho por muy otras razones, profundamente conservadoras: la jubilación a los 60/62 años, más y mejores subvenciones de Estado, protección del sector público, defensa de un modelo social altamente burocratizado…

En el terreno de los «cambios de sociedad» y la «liberación social»… en Francia, en 1968, las mujeres debían pedir permiso a sus maridos para tener una cuenta bancaria propia y estaban relegadas a un papel profesional secundario; el adulterio podía arruinar una vida profesional; la jerarquía paternal y/o estatal eran un pilar decisivo del orden social y político. Con el tiempo, entre Mitterrand y Hollande, pasando por Sarkozy, el adulterio se ha instalado sin escándalo en el Elíseo; las mujeres han conquistado unas libertades impensables para sus abuelas, y siguen en la brecha; el islam se ha convertido en la segunda religión de Francia; perdedores y ganadores con la mundialización han abierto grietas de muy otro tipo en una sociedad que comenzó a cambiar con el bienestar y el consumo de masas emergente durante los años 60 del siglo pasado.

En ese marco, mundial, el 68 francés fue más un «síntoma» que un «motor»… Los jóvenes de hace cincuenta años se beneficiaban de una riqueza y libertad desconocidas para sus padres; los jóvenes de hoy corren el riesgo de ser más pobres que sus padres y abuelos.

«Se subraya la evaporación de los sueños, sustituidos por pesadillasbien reales e inmediatas»

Con una elegancia muy personal, Daniel Cohn-Bendit ha llegado a comentar: «Había que estar muy mal de la cabeza para denunciar el poder autoritario del general De Gaulle en nombre de la Revolución cultural china, o comparar a los antidisturbios con los SS nazis». Esa esquizofrenia se llevó a la tumba a todos los grupúsculos ultracomunistas de la época, dejando tras sí un campo de ruinas intelectuales, políticas, sociales, culturales.

¿La «ruptura con el capitalismo», la «autogestión», palabras mágicas de la época? Han desaparecido de la terminología política, ¿sustituidas por qué? ¿Alguien se atreve a pedir la «ruptura» con la zona euro?

¿Las «comunas» –Zamorana, incluida–, el «colectivismo antiautoritario», la «ruptura» con la «sociedad de consumo»? La mera evocación de esas «palabras maleta» subraya la evaporación de los sueños, sustituidos por pesadillas bien reales e inmediatas, cuando no han sido suplantadas por una logomaquia de nuevo cuño, en los antípodas de todos los sesenta y ochos: «Soberanía económica y alimenticia» (programa que la ultra izquierda comparte con la extrema derecha), «refuerzo del sector público» (incrementando las burocracias denunciadas hace medio siglo), «una nueva socialdemocracia», «la memoria histórica es la gasolina del futuro», «comercio locavoro» («comercio local, fundamento de un comercio equivale»)…

La retórica poética del 68 parisino (algunos grafitos, el verbo personal de Cohn-Bendit) tuvo un éxito lírico evidente, creando realidades imaginarias: «Sed realistas, pedid lo imposible». Medio siglo después, la ilusión poética ha sido suplantada por el realismo publicitario, intentando vender mercancías averiadas, maquilladas con caligrafía fluorescente en los mercados de las ideas muertas, difundidas a través de los circuitos del turismo de masas y la comida basura.

Juan Pedro QuiñoneroJuan Pedro QuiñoneroCorresponsalJuan Pedro Quiñonero