La Tercera

La Armada invencible

«Para los países que contendieron en la Segunda Guerra Mundial,la historia ya no es motivo de agravios retrospectivos, sino fuente de reconciliación, como se evidencia cuando celebran efemérides y a los ingleses, por ejemplo, les brotan amapolas de papel en ojales y pecheras»

La Armada invencible
Por Emilio Lara - Actualizado: Guardado en:

La pasión por la Armada Invencible me costó una faringitis. Un sábado de octubre de hace unos años, me levanté antes del amanecer para continuar con la lectura de La Gran Armada, de Geoffrey Parker. Llevaba aún pijama de verano y hacía fresco en la habitación. Pasé un par de horas hipnotizado con los avatares de aquella formidable escuadra que, bajo un cielo entoldado, se adentraba en el Canal de la Mancha, rumbo a Flandes, para embarcar a los tercios. Tenía frío, pero estaba tan embebido con la lectura, que continuaba imantado al sillón, incapaz de levantarme para ponerme otra ropa. Cuando mi mujer se despertó para desayunar y vio al friolero de su marido abducido por el libro, supo en qué terminaría aquello. En efecto. El lunes el médico me recetó un antibiótico. Pero aquella faringitis valió la pena.

Nos seguimos emocionando con lo que sucedió. Entendemos que la historia no es algo amojamado, distante, sino que pervive dentro de nosotros

La fascinación por la historia supone para muchos no sólo viajar al pasado con la mente, sino programar excursiones a los lugares donde transcurrieron determinados acontecimientos, visitar museos, ver documentales y películas o devorar libros con apetito de tragaldabas. Y tener la fortuna de conocer personas que comparten nuestro apasionamiento. Esa es una de las mejores formas de enriquecimiento personal que conozco. Quienes tenemos idénticos intereses, al conversar sobre sucesos del pasado, exteriorizamos la alegría mediante el brillo en los ojos. Nos seguimos emocionando con lo que sucedió. Entendemos que la historia no es algo amojamado, distante, sino que pervive dentro de nosotros. Es algo así como la muerte de personas a las que quisimos: continúan vivas en nuestra memoria.

Hay momentos estelares cuyo influjo no decrece con el tiempo: las Termópilas, la caída de Constantinopla, Waterloo, la Armada Invencible. Su permanente interés se basa en que se trató de choques de civilizaciones o de la contraposición de dos modelos políticos que dilucidaron el futuro del mundo en sus respectivas épocas. La pregunta que subyace en todos ellos es: ¿qué hubiera pasado si…? Las múltiples respuestas entran en el campo de la ucronía o historia-ficción, algo que echa combustible a la imaginación y, en ocasiones, alienta a quienes pretenden ajustar cuentas con el pasado. Como Napoleón durante su exilio en Santa Elena, que libraba consigo mismo una y otra vez la batalla de Waterloo, reconcomido, incapaz de aceptar la derrota, revisando mapas para dilucidar qué falló y cómo podía haber ganado a Wellington.

Si la Grande y Felicísima Armada hubiese tenido éxito, habría sido una especie de Día D del imperio español, y la fastuosa operación sería considerada por los historiadores como el plan maestro del Rey Prudente. El lema de su reinado -que parece el título de una película- se nos antojaría premonitorio: El mundo no es suficiente. Y tal vez no fuese descabellado pensar que el idioma universal en internet no sería el inglés, sino el español.

En el verano de 1588 se enfrentaron dos reyes muy diferentes entre sí, cuyos estilos de personalidad fueron determinantes en la manera de conducir la guerra. Ambos eran monarcas autoritarios, pero tenían distintas maneras de abordar los problemas. Entonces, como ahora, la mentalidad y el carácter de un gobernante condicionan el devenir de una nación.

Felipe II era desconfiado, trabajaba en su despacho hasta después del anochecer por su afán controlador, gobernaba como un superfuncionario, tenía el organigrama del imperio en la cabeza, vivía recluido entre papeles y poseía un sentido mesiánico de la existencia. Isabel I delegaba en los expertos, era cicatera, estaba obsesionada con su seguridad y poseía el don de la oportunidad, como demostró cuando, a lomos de un caballo, con la cara estucada de maquillaje blanco y revestida con armadura plateada, arengó a su ejército en Tilbury para aprestarlo a defender Inglaterra mientras la Invencible –sobrenombre dado por los ingleses– se adentraba en el mar del Norte.

Los arqueólogos han rescatado en los últimos años restos de los barcos de la Armada que, al circunnavegar las Islas Británicas para regresar a España tras el fracaso, naufragaron debido a las tormentas frente a las costas occidentales de Irlanda. Cada vez que se recupera un cañón oxidado, una moneda o un objeto sumergido, se recobra un pedazo de nuestra hibernada historia. Ojalá tengamos la dicha de poder ver una gran exposición sobre la Invencible en el Museo Nacional de Arqueología Subacuática, en Cartagena.

El monasterio de El Escorial es un monumento que invita a ser conocido por todos, para contemplar el Patio de los Reyes o pasear por los jardines en donde se solazaba Felipe II

El recuerdo de aquellos sucesos del verano y otoño de 1588 reverdeció el año pasado en la lluviosa Irlanda. En el condado de Sligo, en la playa de Streedagh, una asociación cultural irlandesa celebró en septiembre una multitudinaria fiesta en honor de la Spanish Armada consistente en conferencias, actuaciones a cargo de grupos de recreación histórica, comidas típicas españolas y un homenaje a los más de mil españoles que, ahogados o degollados, murieron en esa playa tras el naufragio de tres barcos: la Juliana, la Lavia y la Santa María de Visón. El silencioso homenaje consistió en rastrillar en la fina arena un millar de cruces y en arrojar al mar flores rojas y amarillas, los colores de nuestra bandera.

Para los países que contendieron en la Segunda Guerra Mundial, la historia ya no es motivo de agravios retrospectivos, sino fuente de reconciliación, como se evidencia cuando celebran efemérides y a los ingleses, por ejemplo, les brotan amapolas de papel en ojales y pecheras. Así, el monasterio de El Escorial es un monumento que invita a ser conocido por todos, para contemplar el Patio de los Reyes o pasear por los jardines en donde se solazaba Felipe II, el gotoso monarca que hablaba en susurros. Así lo he hecho muchas veces, siempre en verano. Y he recordado su sobria fachada al escribir sobre la Armada capitaneada por el timorato de Medina Sidonia. Cuando la flota, mientras en julio surcaba en forma de media luna el Canal de la Mancha, era aguardada por los tercios de Flandes. En espera del día que nunca llegó.

Emilio Lara/Emilio Lara/ es escritor e historiador
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