Fotografía aérea de las estructuras fractales de las marismas andaluzas, una de las imágenes que forman parte de la cabecera de créditos de la película «La Isla Mínima»
Fotografía aérea de las estructuras fractales de las marismas andaluzas, una de las imágenes que forman parte de la cabecera de créditos de la película «La Isla Mínima» - Héctor Garrido/EBD-CSIC

Así son de verdad las marismas del Guadalquivir de «La isla mínima»

La película ganadora de los Goya ha descubierto al público las marismas del Guadalquivir, el mayor arrozal de Europa

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La película«La Isla Mínima» ha descubierto al público las marismas del Guadalquivir, una de las zonas más inhóspitas de la Península hasta hace apenas medio siglo, pero que tras titánicas décadas de trabajo humano para desecarlas y roturarlas se han consolidado como el mayor arrozal de Europa.

Los sedimentos arrastrados por el Guadalquivir hacia el mar durante siglos colmataron el golfo conocido en la época romana como Lago Ligustino, que llegaba desde el Atlántico hasta Sevilla, y crearon una enorme marisma de unos dos mil kilómetros cuadrados, penetrada por el Guadalquivir y sus dos brazos más importantes: el Brazo del Este y el Brazo de la Torre.

Entre estos tres cauces se conformaron las denominadas islas Mayor y Menor, y ésta última fue seccionada por la Corta de los Jerónimos, una de las ejecutadas desde el siglo XVIII entre meandros del Guadalquivir para facilitar la navegación, creando la ínsula conocida desde entonces como la Isla Mínima, el paisaje argumental de la película del mismo nombre, galardona con diez Goyas.

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El filme de Alberto Rodríguez no se ha rodado sólo en las 2.300 hectáreas de Isla Mínima, sino también en Isla Mayor, principal población de estos arrozales; la finca Veta la Palma y la intrincada red de caminos y de canales que conforman las 30.000 hectáreas de este arrozal de la margen derecha del estuario del Guadalquivir, que contrasta con la izquierda, poco alterada ya que desde mediados del pasado siglo alberga el Parque Nacional de Doñana.

El paisaje de los arrozales es radicalmente plano, inundado medio año, polvoriento el otro, en el que solo sobresalen los rectilíneos muros de los canales de agua que delimitan las tablas de arroz y alguna construcción o árbol singulares que sirven de referencia en decenas de kilómetros cuadrados.

Las geométricas tablas de arroz contrastan con la enrevesada red hídrica del estuario del Guadalquivir, como reflejan las fotos aéreas que cada mes realiza, desde hace décadas, el fotógrafo de la Estación Biológica de Doñana (CSIC) Héctor Garrido, algunas de cuyas imágenes de esta «armonía fractal de Doñana» ilustran «La Isla Mínima».

Las bandadas de miles de aves que viven en los arrozales conforman uno de los espectáculos más singulares de estas marismas, inalteradas durante siglos, aisladas por periódicas inundaciones y por la malaria y con un uso ganadero y cinegético marginal.

Fue en 1926 cuando buena parte de la margen derecha del estuario del Guadalquivir fue vendida por el marqués de Casa Riera a la sociedad británico-suiza Sociedad de las Islas del Guadalquivir, que comenzó su desecación y roturación para cultivar algodón y arroz.

Al fracaso de esta gran empresa, que ejecutó proyectos de infraestructuras desconocidos hasta la fecha en Andalucía, como kilómetros de canales, carreteras, vías ferroviarias y estaciones de bombeo, siguió el de la Compañía Hispalense de la Valoración de las Marismas y, posteriormente, ISMAGSA que también intentaron, con poco éxito, el cultivo del arroz durante la Segunda República.

Fue el general Gonzalo Queipo de Llano quien a partir de 1937 impulsó definitivamente el cultivo del arroz en esta zona, estratégico para abastecer al bando franquista, pues los otros arrozales españoles, la Albufera de Valencia y el delta del Ebro, permanecían bajo soberanía republicana.

Las condiciones en las que miles de braceros -muchos de ellos republicanos huidos de las matanzas de la Baja Andalucía y Extremadura- domeñaron la marisma para transformarla en un límpido arrozal se asemejaron a las penurias de los campos de trabajo forzado.

Numerosos presos de guerra y políticos también fueron empleados en la construcción de las obras para el riego de estos cultivos.

La posterior llegada de agricultores valencianos expandió los arrozales por el Bajo Guadalquivir hasta consolidarlos como unos de los principales de Europa, con una cosecha de más de 300.000 hectáreas, casi la mitad de la producción española.

Al ignoto poblado de Alfonso XIII, denominado así al ser el puesto avanzado para las batidas de caza del monarca en estas marismas, le superó a mediados del siglo XX El Puntal, primigenio establecimiento de los braceros del arroz que luego se transformaría en la pedanía de Villafranco del Guadalquivir y, ya en democracia, en la actual Isla Mayor.

La Isla Mínima comenzó su transformación en la primera década del pasado siglo, cuando su propietario, Luis de Olaso, impulsó los regadíos agrícolas y el aprovechamiento ganadero en esta finca, en la que construyó un poblado con este nombre.

El aislamiento geográfico de estas marismas y el silencio forzado de miles de braceros que las transformaron la marisma en condiciones de semi-esclavitud, envolvieron a estas tierras en un halo de misterio desvelado en parte en la película de Alberto Rodríguez.

Medio siglo antes, Alfonso Grosso y Armando López Salinas ya advirtieron la singularidad de esta zona, que recorrieron en agosto de 1960 en un viaje antropológico plasmado en su obra «Por el río abajo», editada en París en 1966 y que no pudo ser publicada en España hasta 1977.

Atín Aya, fotógrafo prematuramente desaparecido en 2007, reflejó en blanco y negro el dramatismo de la vida en la marisma, también reflejado en algunas escenas de «La Isla Mínima».

Héctor Garrido