Entrada al refectorio del Monasterio de Santa Espina
Entrada al refectorio del Monasterio de Santa Espina

Los castillos y monasterios de Juan de Austria, el salvador de Europa

Una ruta tras las huellas de Don Juan de Austria, en conmemoración de la batalla de Lepanto, que tuvo lugar el 7 de octubre de 1571

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El 7 de octubre de 1571 tuvo lugar la histórica batalla de Lepanto que acabó con la derrota de la armada otomana y consagró a Juan de Austria como «Salvador de Europa». En ese formidable enfrentamiento entre cristianos y mahometanos, Cervantes perdió una mano, pero le bastó la otra para escribir que «fue la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros». Desde entonces, cada 7 de octubre pone de actualidad la figura de Juan de Austria y sus orígenes, no siempre bien conocidos ni contados.

Entrada al palacio Quijada
Entrada al palacio Quijada

Recordemos que el pequeño Jeromín nació fruto de amores prohibidos entre el emperador Carlos V y una joven alemana, Bárbara Blomberg, a quien conoció en una de sus visitas a Regensburg o Ratisbona. Al cabo de unos años, el emperador decidió que el niño se educase en España y encargó a una de las personas de su mayor confianza, Luis Méndez de Quijada, mayordomo imperial, que se ocupara discretamente de ello. Tras unos años en Leganés, el pequeño Jeromín fue traído a Villagarcía de Campos, en la provincia de Valladolid, y puesto bajo los cuidados de doña Magdalena de Ulloa, esposa del citado don Luis, que asumió los roles de madre y tutora. Pronto iremos a visitar el castillo/palacio donde pasó gran parte de la infancia, o mejor, lo que queda de él. No lejos de allí tuvo lugar también un histórico acontecimiento, pero baste decir, por el momento, que el pequeño Jeromín creció feliz, entre juegos y lecciones, ignorante de su origen y destino.

Iglesia de San Pablo y Palacio Pimentel
Iglesia de San Pablo y Palacio Pimentel

Cuando el pequeño llegó al palacio/castillo de los Quijada en 1554, con siete años de edad, Valladolid era la capital del imperio y Carlos I vivía en el palacio de Francisco de los Cobos, a la sazón su secretario privado, frente a la imponente fachada de la iglesia de San Pablo, donde había sido proclamado rey de Castilla con sólo diecisiete años y sin apenas hablar nuestro idioma. Justo al otro lado de la calle, cerrando el lateral de la plaza se encuentra el palacio de Pimentel, otro gran amigo del rey, donde nació Felipe II. Hay en ese palacio una ventana enrejada que se asoma a la plaza con una misteriosa cadena de hierro trenzada entre sus rejas. Cuenta una historia que, perteneciendo el palacio de Pimentel a una vecina parroquia, hubo que sacar al pequeño heredero por una ventana lateral que da a la plaza de San Pablo para ser bautizado en esta iglesia, evitando así un grave conflicto parroquial. Lo más curioso es que ni su padre, el Emperador, ni su madre, Isabel, aisitieron a la solemne ceremonia. Las cadenas de la ventana significan, según me explican, que está sellada para no abrirse nunca más.

La verdad es que Valladolid encierra tanta historia y tantas historias que harían falta semanas, si no meses, para conocerlas todas. En esta ocasión vamos a recorrer únicamente aquellas que tienen que ver con Juan de Austria. Y un acontecimiento muy importante fue el viaje que hizo el pequeño Jeromín a Cuacos de Yuste en 1557 para visitar al Emperador, que se había recluido allí tras abdicar de la corona en Flandes. Carlos quería conocer a su hijo antes de morir y D. Luis Méndez de Quijada se lo llevó, sin revelarle en ningún momento el parentesco que existía entre ambos. Sería algún tiempo más tarde, el 28 de septiembre de 1559, tras la muerte del emperador, cuando Felipe II acude a una cacería a los montes Torozos, «desde donde podía verse el Monasterio de la Santa Espina». La familia Quijano aprovechó la proximidad a su palacio para acercar a Jeromín, ya un mozo de doce años, y presentárselo a su hermanastro. El rey se mostró muy cariñoso con el chico, anunciándole de esta guisa sus orígenes y parentesco real: «... buen ánimo, niño mío, que sois hijo de un nobilísimo varón. El emperador Carlos V, que en el cielo vive, es mi padre y el vuestro». A partir de ese momento, Jeromín recibe el nombre de Juan de Austria, tal como había dispuesto el emperador en su última voluntad, así como el Toisón de Oro y el tratamiento de Excelencia (negándosele el de Alteza), con asignación de Casa, es decir, derecho a alojamiento, servicio, tutores y estipendios a cargo de la Casa Real.

Es una lástima el estado en que ha quedado el magnífico castillo de los Quijano, en Villagarcía de Campos, dónde pasó su infancia Jeromín. Aunque aún se conservan restos de la muralla, el patio y algunas dependencias, el resto ha sido tristemente saqueado, piedra a piedra, por gentes sin escrúpulos ni sentido histórico, que han ido llevándose los bloques de sus paredes y murallas para construir tapias y casas de campo en los alrededores. Villagarcía fue la célebre Interactia de los vacceos, atravesada por la vía romana que llevaba de Astúrica a Cesaraugusta (Zaragoza). En 1.319 la titularidad de la villa recayó en María de Molina, pasando en el siglo XV a ser señorío de la familia Quijano.

Asomarse al infinito trigueño de la meseta castellana desde los montes Torozos es como contemplar la infinitud del océano desde un trasatlántico. Vale la pena aprovechar el viaje para visittar la Iglesia Colegiata de San Luis, construida con fondos donados por doña Magdalena de Ulloa, y el impresionante noviciado jesuita adjunto, ya en desuso, aunque la iglesia sigue siendo administrada por la orden. Cabe destacar la capilla del noviciado, una auténtica joya, y el retablo mayor, de alabastro, diseñado por Juan de Herrera, que recuerda, salvando las distancias, el retablo de El Escorial. No en vano el conjunto es considerado por allí como El Escorial de la Tierra de Campos.

Muy cerca se encuentra San Cebrián de Mazote, en cuya Plaza Exconvento se alza el convento de Santa María la Real, o de las Dueñas, construido en el siglo XIV por monjas dominicas y vendido a finales del siglo XIX por la orden. Hoy es propiedad privada y está cerrado a cal y canto, como el propio nombre de la plaza sugiere, pero en su día estuvo abierto para acoger a Bárbara Blomberg, madre de Jeromín, desterrada allí por su propio hijo para acabar con su vida licenciosa en Gante. No hace falta ser un lince para deducir que el vencedor de Lepanto conocía desde la infancia ese lugar y que le parecía lo suficientemente alejado y hermético para garantizar la clausura de su madre. Lo que nadie tenía previsto es que el propio don Juan de Austria fuera a morir un año más tarde, circunstancia que aprovechó la enclaustrada para escapar de su clausura, terminando sus días en Cantabria.

Edificio que ocupaba el convento de Santa María la Real de San Cebrián de Mazote
Edificio que ocupaba el convento de Santa María la Real de San Cebrián de Mazote

El origen de San Cebrián de Mazote se atribuye a una comunidad religiosa creada por cristianos mozárabes que escapaban de Al Ándalus a finales del siglo IX, aprovechando el impulso dado a la reconquista por Alfonso III. Se tienen noticias de que la comunidad ya estaba completamente formada en el año 915, alrededor de un monasterio mozárabe del que se conserva su iglesia, una de las más importantes que aún existen del siglo X en España. Está muy próxima al convento y, una vez allí, nadie debería dejar de asomarse a ese interesante templo mozárabe de san Cipriano, que fue la piedra angular del pueblo.

Es difícil saber con precisión el lugar exacto de los montes Torozos donde tuvo lugar el encuentro entre Jeromín y su hermanastro, Felipe II. Sólo se sabe que «daba vista al Monasterio de la Santa Espina». Con esa pista, vale la pena acercarse al solitario monasterio, que conserva, como gran reliquia, una espina de la corona que le endilgaron a Jesús, camino del Gólgota. Está situado, como digo, al pie de los montes Torozos y es una joya ecléctica donde confluyen distintos estilos y épocas. Lo único inalterable es «la espina del Señor» que se conserva en un alambicado relicario. Empezó siendo, allá por 1147, un monasterio cisterciense. La invasión napoleónica obligó a los monjes a abandonar el cenobio durante cuatro años. Más adelante, la amortización de Mendizábal incautó los bienes a favor del Estado. En 1886 llegaron los hermanos de La Salle y lo convirtieron en asilo con Escuela Primaria y Agrícola. En 1950 se firmó un convenio entre la Fundación, los hermanos de La Salle y el Ministerio de Agricultura (hoy derivado a la Junta de Castilla y León) que llevó consigo la renovación del monasterio, hasta tal punto que hoy es una visita absolutamente recomendable y gratificante.

Plaza Mayor de Valladolid
Plaza Mayor de Valladolid

Volviendo a Valladolid, hay que pararse en su espléndida Plaza Mayor, donde Juan de Austria fue presentado oficialmente a la Corte. Se celebraba un Auto de Fe (ya saben, un juicio inquisitorial) y se esperaba la presencia de Felipe II, pero, en su ausencia, doña Magdalena de Ulloa, entregó al joven a la Corte, entendiendo que su misión como tutora había terminado y que, a partir de ese momento, debían ser otras instancias quienes se encargaran de su educación.

Como ven, Valladolid es un pozo de historia, pasear por sus rinconadas y descubrir las estatuas de sus las insignes personalidades que allí vivieron, de Juan de Austria a Carlos I; de Felipe II a Cervantes y de Colón al Conde Ansúrez, fundador de la ciudad, es un ejercicio fantástico, que nos traslada a nuestro glorioso pasado. Sumen a esto la espectacular gastronomía castellana y sus insuperables caldos y convendrán conmigo en que una visita a la capital de Castilla y León debe figurar en lugar de honor en cualquier agenda de viajes.

Si no saben donde alojarse, me atrevo a recomendarles el novísimo Hotel Gareus, en pleno centro, un delicioso hotel boutique con grandes comodidades y una extraordinaria relación calidad/precio, que les permitirá pasear por todos los rincones de la histórica ciudad, capital del mayor imperio que han conocido los siglos, sin utilizar otro vehículo que sus piernas.

Siendo la gastronomía de Valladolid uno de sus puntos fuertes, es complicado destacar un solo restaurante entre los grandes establecimientos de comidas que abren sus puertas por doquier. Les citaré dos: La Criolla, todo un clásico, pegado a la Plaza Mayor, donde Paco, su dueño, sigue entreteniendo a los comensales con sus chistes, y Los Zagales, más moderno, pero muy de moda y también cerquita de la emblemática plaza.