Rex Tillerson se dirige a los medios en el Departamento de Estado, después de que Trump anunciase su despido
Rex Tillerson se dirige a los medios en el Departamento de Estado, después de que Trump anunciase su despido - Afp

Trump sugiere que fulmina a Tillerson para poder romper el acuerdo con Irán

Mike Pompeo, el director de la CIA nombrado secretario de Estado, apoya al presidente

En una jornada tumultuosa, el presidente prescindió asimismo de su asistente personal, John MacEntee

Corresponsal en WashingtonActualizado:

El fulminante cese de Rex Tillerson como secretario de Estado resultó fiel al modelo de despido que el presidente «outsider» estableció en la Casa Blanca hace casi catorce meses. Con un combinado espíritu de entrenador y presentador de concurso, Trump tiró de libreto este martes al irrumpir en Twitter a primera hora anunciando el movimiento: «Mike Pompeo, director de la CIA, nuevo secretario de Estado. ¡Hará un fantástico trabajo! ¡Gracias Rex Tillerson por su labor! Gina Haspel, primera directora de la CIA. ¡Enhorabuena a todos!».

Era el final de show. Pero el más perjudicado no quiso ayudar a la puesta en escena presidencial y prefirió contestar con una petición de explicaciones. La nota oficial del Departamento de Estado aseguraba que su titular se había enterado del cese por la red social. La Casa Blanca contradecía la versión y se remitía a una supuesta conversación entre ambos el pasado viernes. La desavenencia derivó en otro despido: el de Steve Goldstein, el ayudante de Tillerson que había escrito el comunicado. Por si fuera poco destrozo para una sola mañana, en medio de la vorágine, trascendió que Trump había echado también a su asistente personal en el Despacho Oval, John MacEntee.

Con su último juego lanzado a la arena mediática, Trump resolvió algunas dudas a su improvisada manera. A pie de helicóptero, frente a los periodistas, el presidente confesó sus diferencias con Tillerson en asuntos de calado, primordialmente sobre el acuerdo nuclear con Irán. Para asegurar a continuación que su nuevo secretario de Estado coincide plenamente con él en la necesidad de romperlo. Una firme convicción que Pompeo ha hecho públicas repetidas veces. Las palabras de Trump sugieren que próximamente podría tomar la determinación de dar por finalizado el pacto suscrito por toda la comunidad internacional, lo que supondría un notable cambio en el tablero. En todo caso, la decisión debe ser ratificada por el Congreso.

Pese a las controvertidas formas de despido, la salida de Tillerson, que se hará efectiva el 31 de marzo, ha sido todo menos sorprendente. Incluso la posible llegada de Pompeo como sustituto formaba parte desde meses atrás de la red de rumores que propagan los cenáculos washingtonianos.

La relación entre Trump y su primer secretario de Estado no sólo no era fructífera, sino que estuvo plagada de desavenencias y descalificaciones personales. Tillerson nunca llegó a desmentir que había llamado «tarado» al presidente durante una reunión en el Pentágono en la que se discutían asuntos de la máxima seguridad. La información, que trascendió en octubre, ayudó a disparar la eventualidad de una destitución que, como acostumbra a hacer Trump, se guardó hasta que nadie hablara de ella, siempre en busca de un mediático factor sorpresa.

Desprecio en público

El indicio más claro es el desprecio con el que el presidente empezó entonces a tratar en público a su secretario de Estado. En unos días que Trump medía sus bravatas con el dictador Kim Jong-un, con la tensión nuclear al máximo por las pruebas de misiles norcoreanas, el ocupante del Despacho Oval eligió mofarse de los intentos de Tillerson de abrir una vía de diálogo con Pyongyang: «Le he dicho a nuestro secretario de Estado que pierde su tiempo intentando negociar con el pequeño hombre cohete», tuiteó.

En noviembre, durante una cena con las autoridades chinas en un salón privado del Gran Salón del Pueblo, Trump obligó a Tillerson a dar cuenta de una ensalada Cesar para evitar un desplante hacia sus anfitriones: «Cómete esa ensalada, Rex». La invitación sonó a menosprecio, según algunos testigos.

La relación de Trump con su nuevo secretario de Estado va a ser radicalmente diferente. No sólo por la fuerte personalidad de Pompeo, sino también por el encaje de pensamientos compartidos, lejos de la debilidad que el presidente veía en Tillerson. La misma que a juicio de Trump, admirador de las personas con carácter, había llevado al hasta ahora secretario de Estado a optar por la continuidad del acuerdo nuclear con Irán.

En el caso de Corea del Norte, espejo de lo que puede ocurrir ahora con Teherán, contrastan las críticas de Trump a Tillerson por buscar canales de comunicación con el hecho de que finalmente una de esas vías haya conducido al anuncio de un histórico encuentro entre Trump y Kim Jong-un, aunque esté todavía lejos de confirmarse oficialmente. Pompeo respaldó recientemente las conversaciones con Corea del Norte, pero envió un aviso sobre el riesgo de «cometer errores» en el proceso. Según el nuevo jefe de la diplomacia estadounidense, «sólo puede salir bien si se mantiene la máxima presión» que ha llevado precisamente al régimen norcorerano a pedir el diálogo.

Relación con Rusia

Aunque es la relación con Rusia la que medirá la influencia real de la llegada de Pompeo al Departamento de Estado. En el primer año de mandato, desde la dirección de la CIA, ha intentado nadar entre dos aguas. Su tradicional distancia de lo que siempre ha significado Moscú como tradicional enemigo estadounidense le llevó a afirmar estos días que Estados Unidos «tiene que asegurarse de que está preparado para responderles». Se refería al reciente anuncio de Putin de contar con un misil nuclear «imbatible». Sin embargo, Pompeo también ha dado muestras de un alto compromiso político con Trump al echar agua al vino de la llamada trama rusa, con su permanente argumento de que la interferencia del Kremlin no condicionó el resultado de la elección presidencial.