Palabras de Donald Trump antes de firmar una proclama presidencial sobre las tarifas del acero, este jueves en la Casa
Palabras de Donald Trump antes de firmar una proclama presidencial sobre las tarifas del acero, este jueves en la Casa - Efe

El órdago de Donald Trump con Kim Jong-un

El presidente de EE.UU. sorprende a su equipo y toma la audaz decisión de mantener una reunión con el dictador norcoreano en pocas semanas

Corresponsal en Nueva YorkActualizado:

En Estados Unidos, los más críticos y sus mayores defensores se han puesto de acuerdo: Trump lo ha vuelto a hacer. La decisión sorprendente, sin aparente cálculo, de mantener una reunión con Kim Jong-un en pocas semanas es «trumpismo» en estado puro. Es innegable que el actual presidente de EE.UU. es experto en amagar y no dar: grandes declaraciones políticas, ambiciosos planes que con el tiempo se difuminan o quedan amputados (el mismo día en que se anunció la reunión con el dictador norcoreano, Trump debía haber aprobado una tarifa del 25% al acero de Canadá, su máximo exportador, pero su vecino del Norte quedó exento).

Pero también es cierto que Trump, en su estilo imprevisible, ha tomado decisiones en política internacional para las que sus antecesores parecían maniatados: la primavera pasada atacó posiciones del Gobierno de Bashar al Assad en Siria y al final del año aprobó el traslado de la embajada de EE.UU. en Israel a Jerusalén.

El encuentro con Kim es el mayor órdago de Trump desde su llegada a la Casa Blanca. El resultado de las negociaciones es incierto, pero una resolución que incluya la desnuclearización de Corea del Norte parece una quimera. Además, contradice la postura de Trump hasta ahora, que dijo que las negociaciones no habían servido para nada y que «solo una cosa funcionaría», en relación al músculo militar. Eso, de momento, es lo de menos. Trump tiene ya su victoria, una medalla en el pecho que ningún otro presidente se ha podido colocar: un encuentro de tú a tú con su homólogo norcoreano.

Animal político

Su decisión encaja en el animal político en que se ha convertido y en la alta idea que tiene de sí mismo: cree que no hay negociación que se le resista, que su genio es capaz de hacer lo que otros no han podido y que no hay mejor estrategia que su instinto. El ego presidencial estará estos días por las nubes, mientras otros temas molestos –la reacción furibunda a su plan de aranceles, el escándalo sexual con la estrella del porno Stormy Daniels o los progresos en la investigación de la trama rusa– pasan a un segundo plano.

El anuncio, al mismo tiempo, cumple otra de las especialidades de Trump: deja en fuera de juego a todo el mundo, incluso a su Gobierno. Pocas horas antes de que se conociera la reunión, el secretario de Estado, Rex Tillerson, decía que no sabía ni siquiera «si las condiciones para empezar a pensar en negociaciones con Corea del Norte eran las apropiadas». El jefe de la diplomacia confirmó que EE.UU. «está muy lejos de las negociaciones».

Está claro que la decisión intempestiva de Trump –no está claro qué propuestas habrá, no hay demasiado tiempo para que los diplomáticos acerquen posturas, ha dejado al margen a sus socios estratégicos– vuelve a romper las normas de la política como las conocíamos. Pero es fácil entender por qué confía en ello: así llegó a la Casa Blanca.