Aunque el dolor está a flor de piel en Christchurch, los más jóvenes están dando unas muestras asombrosas de madurez y unidad para superar el trauma de la masacre
Aunque el dolor está a flor de piel en Christchurch, los más jóvenes están dando unas muestras asombrosas de madurez y unidad para superar el trauma de la masacre - PABLO M. DÍEZ

Nueva Zelanda se une contra el terror tras el atentado en las mezquitas

Con jóvenes de todos los colores y religiones cantando abrazados y llorando, la emoción se desata en los homenajes a las víctimas

Enviado especial a ChristchurchActualizado:

Emociones desbordadas en Christchurch, la ciudad de la isla sur de Nueva Zelanda rota por el salvaje ataque del viernes contra dos mezquitas durante el rezo del mediodía. Con flores, mensajes de condolencia, fotos, velas y ositos de peluche, los familiares y amigos de las víctimas están recordando entre lágrimas, abrazos y cánticos a los 50 asesinados a tiros por Brenton Tarrant. Detenido justo después de la masacre, este australiano de 28 años se retrata como un supremacista blanco en un manifiesto de 74 páginas colgado en internet contra los inmigrantes musulmanes.

Para superar el trauma, jóvenes con la misma edad que Tarrant y adolescentes están dando unas muestras asombrosas de madurez, unión y solidaridad con las víctimas. Abrazados, un grupo de estudiantes de Tonga y Samoa cantan con lágrimas en los ojos «E Otua» («¡Oh, señor!») arrodillados antes las flores frente al cordón de policial que cierra el paso a la mezquita de Al Noor, donde Tarrant asesinó a tiros a 42 personas. «Hemos venido a mostrar nuestro apoyo a los hermanos y hermanas muertos y a sus familias porque nadie se merece algo así», dice uno de ellos, Owen Lemusu, originario de la isla de Samoa, en el Pacífico. A su lado, Michael Tukula, de Tonga, asegura que «ahora estamos más unidos que nunca» e insiste en que «Nueva Zelanda es un lugar seguro para los refugiados musulmanes que vienen huyendo de las guerras en sus países». Pero, por si acaso, promete que «a partir de ahora estaremos más alerta para que nunca vuelva a ocurrir una matanza así».

Dejándose llevar por la emoción, uno de los policías que vigila la mezquita de Al Noor se acerca a los muchachos y, tras colocarse el fúsil automático a la espalda, se abraza a ellos. Poco a poco, el corro se va haciendo más y grande al unirse a ellos otros estudiantes, de todos los colores y religiones, que cantan abrazados y sin poder reprimir las lágrimas. Blancos, negros, asiáticos, cristianos, musulmanes, budistas… Todos se unen en una catarsis colectiva para exorcizar los demonios que haya podido despertar este atentado en la hasta ahora pacífica Nueva Zelanda, uno de los países más tranquilos e integradores del mundo.

«No creo que la tragedia nos separe. Al contrario, nos hará más fuertes», señala Rodrigo Bueno, un brasileño católico que ha venido a rezar por sus amigos musulmanes. Arrodillado antes las flores en homenaje a las víctimas, las lágrimas le caen por la cara hasta tal punto que un joven policía, impresionado, deja su puesto de vigilancia y sale del cordón para fundirse en un abrazo con él. Ataviado con una camiseta de «Superman», que ha comprado para ser un superhéroe para su hija, nacida hace tres semanas, Bueno nos cuenta que llegó hace tres años a Nueva Zelanda «huyendo de la violencia de Brasil para montar una familia en un lugar con paz y seguridad». Tras encontrar un trabajo en la construcción y ser acogido con los brazos abiertos por todo el mundo, Christchurch es ya su hogar.