Donald Trump con el consejero de seguridad nacional de Corea del Sur, Chung Eui-yong, este jueves en la Casa Blanca
Donald Trump con el consejero de seguridad nacional de Corea del Sur, Chung Eui-yong, este jueves en la Casa Blanca - Efe

La improvisación de Trump siembra de dudas la cumbre con Kim Jong-un

La Casa Blanca endurece su discurso y exige a Pyongyang «acciones concretas»

Corresponsal en WashingtonActualizado:

«Ok, ok. Díganles que lo haré». La reacción de sorpresa de todos los interlocutores obligó al presidente a insistir en su aseveración: «Díganle que sí». El ocupante del Despacho Oval acababa de dar su visto bueno a una cumbre con el enemigo número uno de EE.UU., el representante del régimen más duro y sanguinario, el entrometido aspirante a la carrera nuclear y el más sancionado por la comunidad internacional. Trump era otra vez Trump.

Los tres enviados surcoreanos, con la propuesta de «pax romana» del dictador de Corea del Norte, Kim Jong-un, bajo el brazo, abandonaron la reunión mucho más satisfechos que los asesores presidenciales, que desde el jueves intentan construir los cimientos de una casa de papel. Orgulloso de hacer historia, a su improvisada manera, le faltó tiempo para acercarse a los periodistas y sacar pecho. Donald Trump ha vuelto a activar la cuenta atrás hacia un final incierto. Lejos de amilanarle, la posibilidad de hacer historia seduce al magnate metido a presidente. Es el jugador, el artista de los negocios capaz de demostrar que puede cambiar el mundo. El anuncio de reconocer a Jerusalén como capital de Israel era el último precedente.

Ahora llega el más difícil todavía. Una cumbre de tú a tú con el caprichoso sátrapa norcoreano multiplica los riesgos, incluido el de promocionar a quien se pretende someter. La propia Casa Blanca limitó al día siguiente el optimismo inicial de Trump exigiendo a Pyongyang «pasos y acciones concretas». Una forma de reconocer que una genérica promesa de «desnuclearización», a cambio de respetar al régimen, no es fiable si no va acompañada de muestras de supresión del arsenal. Y de asumir que el visto bueno del presidente a una oferta por país interpuesto, pendiente aún de ser formalizada por Kim Jong-un, necesita de un larguísimo recorrido diplomático.

No ha sido el único matiz del entorno presidencial posterior al llamativo anuncio. El buen ánimo con que se asumió en un principio una visita en mayo del presidente de EE.UU. al corazón de Corea del Norte se ha convertido en prudencia. Mientras Trump reconoce en Twitter que no hay fecha ni lugar para el histórico encuentro, la Casa Blanca sugiere ahora un punto sin determinar en la zona desnuclearizada que coincide con la frontera entre ambas Coreas, en torno al paralelo 38.

El presidente ruso, Vladímir Putin, intenta sacar partido del acontecimiento y ofrece Moscú como un cobijo político de apariencia neutral. Este sábado mismo, su homólogo chino se sumó a los parabienes con un expreso apoyo telefónico a la apuesta de Trump, según desveló el presidente estadounidense en Twitter: «Me ha dicho que aprecia que Estados Unidos intente resolver el problema diplomáticamente, en lugar de que prospere la alternativa inquietante». Trump destacó la «ayuda» de Pekín para forzar a Pyongyang a rectificar, como han reconocido distintas fuentes diplomáticas.

Escepticismo en el Gobierno

El optimismo entre los líderes mundiales contrasta con el escepticismo en la Administración Trump. Y no porque el secretario de Estado, Rex Tillerson, fuera un descreído de la vía política. Al contrario, antes de que cambiaran las tornas, se recuerda con estupor los días en que fue objeto de chanzas cuando Trump se medía con Kim entre insultos y amenazas nucleares: «Querido Rex, no pierdas el tiempo (con el diálogo)», llegó a tuitear el presidente estadounidense.

En medio de una mala relación bien conocida, el Departamento de Estado intenta coger el guante lanzado por la Casa Blanca para construir desde cero una reunión tan imprevista. Además de llamar a «mantener la presión» al régimen norcoreano, el primer aviso consistió en advertir que «se han apuntado conversaciones, pero nadie habla de negociaciones». Fuentes diplomáticas explican a «The Wall Street Journal» que será necesario primero establecer «una relación de confianza inicial que permita discutir sobre una posible conclusión, como única forma de negociar». Y eso requerirá un periodo ininterrumpido sin roces, como la ausencia de ensayos balísticos por parte de Pyongyang durante las maniobras militares de Estados Unidos y Corea del Sur tienen previstas a finales de marzo. Sin duda, la primera prueba de fuego.