Maren Ueland, de 28, y Louisa Vesterager Jespersen, de 24 años
Maren Ueland, de 28, y Louisa Vesterager Jespersen, de 24 años - ABC

Condenan a muerte a los tres yihadistas asesinos de las dos turistas escandinavas en Marruecos

Los 21 cómplices de su célula terrorista, entre ellos un ciudadano hispano-suizo, han recibido penas de cárcel desde 5 años a la cadena perpetua

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Un tribunal marroquí condenó a la pena de muerte a los tres autores del asesinato y decapitación de dos turistas escandinavas el pasado mes de diciembre. Los tres yihadistas marroquíes filmaron con móvil su brutal acto –para subirlo inmediatamente después a internet– y reivindicaron el crimen en nombre de Daesh, el autodenominado Estado Islámico.

Los jueces marroquíes establecieron asimismo penas de cárcel, que van de los 5 años a la cadena perpetua, para otros 21 juzgados por pertenencia a la misma célula terrorista, por su diverso grado de colaboración con los asesinatos, Entre ellos figura un ciudadano hispano-suizo, Kevin Zoller Guervos, un converso al islam que, según la Fiscalía marroquí, enseñó a los componentes de la célula afiliada a Daesh a disparar y a utilizar un lenguaje críptico para sus comunicaciones.

Las dos víctimas, Louisa Vesterager, una estudiante de danesa de 24 años, y su amiga noruega Maren Ueland, de 28 años, se preparaban para ser guías turísticos, y con tal fin acampaban en una zona aislada de las montañas del sur de Marruecos en las Navidades del año pasado. Ayer, sus tres asesinos, con indumentaria salafista –barba larga y «kufi» blanco, una especie de bonete– se limitaron en sus últimas palabras ante el tribunal a reivindicar sus actos en el contexto de la yihad, la «guerra santa», sin mostrar ningún signo de arrepentimiento.

La sentencia de pena capital no es infrecuente en Marruecos, aunque desde 1993 se aplica de facto una moratoria en su aplicación.

El tribunal antiterrorista condenó a los 24 yihadistas encausados a pagar una cantidad equivalente a 190.000 euros a los padres de Maren Ueland. En cambio rechazó la demanda de la familia de Louisa Vesterager, que reclamaba casi un millón de euros al Estado marroquí por su «responsabilidad moral» en los crímenes.

Los jueces tampoco dieron crédito a las razones de la defensa de los yihadistas, que invocó la extracción «humilde» de los miembros de la célula terrorista para tratar de rebajar las penas. Casi todos los condenados proceden de barrios obreros de Marrakech, la ciudad del turismo por excelencia. El asesinato de las dos escandinavas, espeluznante por la difusión de las imágenes de la decapitación, fue el más impactante de los registrados en el reino desde los producidos en Casablanca (2003, con 33 muertos) y Marrakech (2011, 17 muertos).

El terrorismo yihadista en Marruecos presenta tintes menos graves que en otros países del Magreb, pero la cercanía con España –y con el eje que Madrid forma con París y Bruselas para la numerosa diáspora marroquí– lo convierte en más peligroso. Las autoridades de Rabat afirman controlar la situación interna, y reivindican la desarticulación de hasta 60 células yihadistas entre 2915 y fines de 2018, pero su criterio es con frecuencia por lo menos indulgente. Muchos atentados con arma blanca contra turistas son, para las autoridades marroquíes, objeto de «enajenados» y no de terroristas islámicos.

Marruecos es una democracia formal tutelada por una monarquía absoluta, en la que Mohamed VI ejerce el poder en el ejército y tiene capacidad de disolver cualquier gobierno. Todos los partidos que habitualmente forman coaliciones de gobierno respetan esas reglas del juego, también el islamista moderado Justicia y Caridad, que tiene representación parlamentaria. Pero su juego es doble. Sus líderes proclaman en público su lealtad a la Corona, y al mismo tiempo sus activistas predican en las barriadas miserables y en el campo la necesidad de más Sharía, más legislación islámica, para hacer frente a la ola de occidentalización en las costumbres. El islamismo marroquí, que formalmente rechaza la violencia, es sin embargo caldo de cultivo para las células yihadistas de los barrios marginales.