Alexandre de Marenches (izquierda) y el embajador Eberhard von Stohrer
Alexandre de Marenches (izquierda) y el embajador Eberhard von Stohrer - ABC

La extraña y desconocida charla entre el embajador de Hitler y un espía francés en un tren español

Este curioso episodio tuvo lugar en la Segunda Guerra Mundial entre el famoso responsable de los servicios de inteligencia galos, Alexandre de Marenches, y el máximo representante de Hitler en España durante un viaje a Madrid, en 1942

MADRIDActualizado:

La siguiente anécdota –entre sorprendente, divertida y misteriosa– podría haberle costado la vida a uno de los espías más célebres de la historia de Francia: Alexandre de Marenches. Se produjo en la España de la posguerra, durante un viaje en tren que cubría el trayecto entre el París ocupado por los nazis y la capital de la España franquista, que pasaba por Hendaya, San Sebastián e Irún.

Nuestro protagonista era entonces un joven soldado de 21 años nacido en una familia aristócrata, convencido de que los privilegios que conllevaba su apellido había que ganárselos. «Se merecen teniendo una vida conveniente y si es posible sirviendo», defendía. Por eso se alistó para combatir en la Segunda Guerra Mundial como soldado de segunda de Caballería nada más cumplir los 18. Y continuó con una vida de sacrificio hasta convertirse en el máximo responsable del espionaje galo durante la presidencia de Georges Pompidou, en plena Guerra Fría. Todo ello sin ser funcionario civil ni oficial de carrera, sino conde.

En 1940, muy poco después de enrolarse en el ejército, este fornido militar de 1,90 metros y cerca de 100 kilos –de ahí su sobrenombre de «Porthos», el más grande de los mosqueteros–, ya realizaba misiones de información entre la zona libre y la ocupada de su país. El norte y oeste de Francia habían sido ocupadas por la Wehrmacht (ejército alemán) a principios de julio, mientras que el tercio restante del país estaba gobernado por el gobierno del general Petain.

Camino de Madrid...

Fue en 1942 cuando el joven Marenches comenzó su aventura en España y se produjo su casual encuentro con el embajador de Hitler. Tras dos años trabajando como agente secreto, el valiente soldado decidió flanquear los Pirineos conduciendo solo y durante la noche en medio de una tremenda nevada, con el objetivo de huir de los nazis. Para ello utilizó documentos falsos que le identificaban como ciudadano estadounidense. Cabe resaltar que su madre era norteamericana de origen francés, que de niño había estudiado en un colegio de Suiza y que acabó dominando perfectamente el inglés, el alemán y el francés, lo que le ayudaba para su fingida identidad.

A pesar de ello, fue detenido por la Guardia Civil al levantar sospechas, sin ninguna acusación clara. No hay que olvidar que en aquel momento España simpatizaba todavía con el Tercer Reich aunque se hubiera mantenido neutral en la Segunda Guerra Mundial. Para sacarle información, fue torturado, ingresado en prisión y, más tarde, sometido a vigilancia en un hotel que estaba confiscado. Sin soltar una sola palabra, le llegó finalmente un salvoconducto de la Dirección General de Seguridad y fue liberado.

Pocos días después se subió en el mencionado tren que unía París con Madrid en una parada intermedia. Durante el viaje, se cruzó en el pasillo con un señor muy elegante al que tomó como un caballero británico, dado sus corteses modales y su acento de Oxford. Debió pensar que era uno de los suyos y acabó trabando amistad con él. Tras un rato de agradable conversación, confiado Marenches por la apariencia tan poco sospechosa de su interlocutor y teniendo en cuenta su escasa experiencia aun en los menesteres de agente secreto, empezó a contarle que había atravesado los Pirineos huyendo de la Francia ocupada por los nazis. Luego le confesó que era un soldado galo que había estado luchando por la liberación de su país del yugo de Hitler. Su compañero le escuchaba atentamente y este le detalló que había también sido detenido y sufrido las torturas, a pesar de lo cual había guardado silencio, no desvelando un solo dato que pudiera perjudicar a su ejército en la guerra. «¡Oh! ¿En serio? Menuda historia, es muy interesante. Todo eso que cuenta ha tenido que ser muy duro», interpelaba su compañero de charla, que también escuchó de Marenches su plan de enrolarse de nuevo en las filas del general De Gaulle, para echar de una vez a los nazis de su patria.

La comitiva inesperada

Cuando el tren llegó a la estación de Príncipe Pío, en Madrid, su compañero de viaje le comentó que había demostrado un gran valor al realizar semejante proeza. Después le estrechó la mano y se despidieron educadamente. Al bajar del vagón, la sorpresa del joven soldado galo que viajaba de incógnito, al ver una gran comitiva esperando en el andén, fue enorme. Extrañado, preguntó al encargado del coche-cama por quién era aquel señor a quien con tanta ceremoniosa deferencia recibían y al que no había preguntado el nombre. Este le respondió que el barón Eberhard von Stohrer, un importante embajador alemán.

Al conocer la verdadera identidad de su amable compañero de viaje se quedó de piedra. Pensó que le detendrían de inmediato o, peor aún, que le llevarían a un campo de concentración o le ejecutarían. Él era un confeso enemigo de los alemanes y su compañero de charla el máximo representante de Hitler en España. El hombre que se reunió con Franco, en 1940, dándole 24 horas para que entrase en la guerra del lado de Alemania o, en caso contrario, sería invadida. Y también el embajador que acompañó al «führer» en su encuentro con el Caudillo en Hendaya.

Lo peor es que Stohrer no iba solo. Aquel tren era un nido de enemigos para el joven Marenches. En la noticia de ABC donde se informaba del traslado de los restos a Madrid del Conde de Finat en aquel tren, publicada el 12 de marzo de 1942, podía leerse: «Ayer a las 10.00 llegaron a la estación de Príncipe Pío, en el expreso de Irún, procedente de San Sebastián, los restos mortales del conde de Finat. Esperaban al cadáver en la estación numeroso público, así como destacadas personalidades, autoridades y jerarquías. Colocados los restos en la carroza, se formó la comitiva y ocuparon la presidencia el ministro de Asuntos Exteriores, Serrano Suñer; el ministro de Agricultura, Miguel Primo de Rivera; el embajador de Alemania, Eberhard von Stohrer, y varios familiares del finado, así como su hijo, el conde de Mayalde». Este último, además, era José Finat y Escrivá, nada menos que el embajador de España en la Alemania nazi.

Complot

Sorprendentemente, a Marenches no le ocurrió nada. Stohrer no le delató y el galo salió de allí a toda prisa. Tuvieron que pasar dos años para que descubriría la clave de aquel milagro, cuando leyendo la prensa en julio de 1944 descubrió que el citado diplomático nazi formó parte del fracasado complot contra Hitler. Ocurrió el día 20, cuando explotó una bomba colocada en la sala de conferencias donde el «führer» estaba reunido con sus principales colaboradores en su cuartel general de Prusia Oriental. Aunque solo sufrió quemaduras leves, Stohrer y los demás conspiradores le creyeron muerto, poniendo incluso en marcha su plan para hacerse con el poder en Alemania. Fue el último de los cuarenta y dos intentos contabilizados de asesinar al líder nazi y el que más cerca estuvo de acabar con su vida y su régimen.

Pero la jocosa anécdota Marenches no queda ahí, ya que una vez salido a todo prisa de la estación de Príncipe Pío, no se le ocurrió otra cosa que elegir el hotel Florida para hospedarse, precisamente el mismo en el que solían alojarse los agentes de la Gestapo. Un error que esta vez pudo subsanar antes de llegar allí, puesto que un periodista norteamericano amigo suyo le dijo que ni se le ocurriera. Le mandó a otro lugar seguro.