El último de Gibraltar, cuadro de Augusto Ferrer-Dalmau que retrata a Diego de Salinas, último gobernador español del peñón - / Vídeo: Gibraltar, una piedra en el camino desde hace tres siglos

La olvidada carta del Rey Jorge I prometiendo devolver Gibraltar a España

Ante la posibilidad de una alianza con España, el Conde de Stanhope, militar y secretario de Asuntos Exteriores de Gran Bretaña, y el Rey Jorge I pusieron sobre la mesa en 1716 la opción de devolver Gibraltar que, a su juicio, carecía de importancia estratégica y era muy difícil (y caro) de defender en comparación a Menorca

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Sin afeites ni remilgos, se puede afirmar que la forma en la que Inglaterra se hizo con Gibraltar hubiera emocionado al mismísimo pirata Francis Drake. La potencia en ciernes del momento acudió a principios del siglo XVIII a España a defender los intereses de uno de los candidatos a la Corona hispánica, el Archiduque Carlos, y regresó de aquella guerra internacional con un trocito de aquellas tierras para gloria de la Reina Ana. Claro que, en un mapa europeo en constante cambio, ni el inglés más optimista pensó jamás que el Peñón de Gibraltar podría conservarse hasta hoy. Hubo un tiempo en el que sopesaron incluso la opción de abandonar un puesto defensivo que resultaba muy caro y poco práctico, para centrarse en otro de los botines de la guerra: la joya de Menorca.

A finales del año 1700, Felipe V se proclamó Rey de España y pudo entrar en el país sin oposición alguna, a pesar de que su ascenso vulneraba el reparto que habían hecho las grandes potencias de Europa con Luis XIV de Francia. El Rey Sol no quería repartir el pastel con el resto del mundo y pretendía que su maleable nieto reinara sobre todo el Imperio español, cuyos recursos quedaban así convenientemente a disposición de Francia. Los países hostiles a tal concentración de reinos, esto es, Inglaterra, Holanda y el Imperio germánico, mostraron su disconformidad con la decisión de los Borbones: primero en la Italia española, luego en los Países Bajos y, finalmente, en España.

El Rey Sol no quería repartir el pastel con el resto del mundo y pretendía que su maleable nieto reinara sobre todo el Imperio español, cuyos recursos quedaban convenientemente a disposición de Francia

En septiembre de 1703 el pretendiente austriaco al trono, el Archiduque Carlos de Habsburgo, fue proclamado Rey de España en Viena y, pocos meses después, partió a Inglaterra para rendir pleitesía a la Reina Ana. Su siguiente parada, ya embarcado en una flota inglesa, fue Lisboa. 1704 fue el año en el que los ingleses trajeron la guerra a la península. Un escenario sin precedentes, puesto que ningún ejército extranjero había invadido territorio español desde hace siglos.

La humillación de Utrecht

La presencia de barcos ingleses y holandeses en el Mediterráneo causaron estragos por toda la costa española e inflamaron a los descontentos de Valencia, Zaragoza y Barcelona para que se levantaran contra las autoridades borbónicas. La pérdida de aquellas ciudades españolas fue uno de los peores momentos de la guerra para el bando de Felipe V, pero nada hubo tan emblemático, y con tantas consecuencias en la actualidad, como la conquista inglesa de Gibraltar en agosto de 1704.

Retrato de Felipe V, por Jean Ranc
Retrato de Felipe V, por Jean Ranc

Temiendo un nuevo fracaso en Cádiz, el Príncipe Jorge de Hesse-Darmstadt, virrey de Cataluña en tiempos de Carlos II «El Hechizado», aconsejó en esas fechas a las fuerzas aliadas que tal vez era mejor tomar Gibraltar. El 1 de agosto, el almirante británico Rooke situó sus barcos en la bahía de Gibraltar y ordenó un desembarco, de tal modo que en pocas horas se pudo ocupar el istmo y cortar las comunicaciones alrededor de la fortaleza. Ante la negativa del gobernador a rendir Gibraltar, los buques ingleses comenzaron el bombardeo dos días después. Esa noche, el gobernador accedió a hablar de la capitulación: los aliados exigieron que en tres días de plazo debían salir del Peñón.

El 6 de agosto, Jorge de Hesse-Darmstadt ocupó este enclave en nombre de Carlos III, si bien fueron los ingleses los que se apoderaron de la fortaleza y se hicieron allí fuertes. Las sucesivas intentonas por recuperar Gibraltar a cargo del Marqués de Villadarias se toparon con una resistencia extrema por parte de los británicos, que tenían allí una guarnición de 2.000 ingleses, 400 holandeses y 70 catalanes. Aquella pequeña fuerza fue capaz de resistir el asedio de 18.000 hombres durante ocho meses, entre otras cosas, porque los británicos dominaban los mares. La gesta convirtió aquel peñón sin valor comercial o estratégico, más allá de servir de plataforma para una invasión masiva, en un símbolo de prestigio para la nación inglesa.

Felipe V se quedaba España y las Indias, pero renunciaba a los derechos de sucesión sobre Francia, a los Países Bajos a Italia

La Guerra de Sucesión se alargó casi una década, con altibajos para ambos bandos, hasta que la inesperada muerte del hermano del Archiduque Carlos colocó en sus manos la Corona imperial… Ninguno de los aliados estaban por la labor de que, en vez de Felipe V y su abuela, fuera el Emperador Carlos y los austriacos los que concentraran un poder tan alto. No obstante, el gobierno británico retrasó la paz hasta el límite por meros intereses económicos, que en verdad habían sido su auténtico aliciente para meterse en la guerra. En agosto de 1712, cuando Gibraltar ya llevaba ocho años en manos inglesas, cesaron las hostilidades formalmente entre Holanda, Portugal, Francia y España. Felipe V se quedó España y las Indias, pero renunció a los derechos de sucesión sobre Francia, y a la soberanía de los Países Bajos e Italia.

El llamado tratado de Utrecht, cerrado en 1713, demostró que Inglaterra había ganado más que nadie con una guerra que, al menos en apariencia, había enfrendo a dos dinastías con escaso acento británico. Recibió de Francia concesiones territoriales en América y de España el derecho del asiento para el comercio de esclavos en América, así como la posesión de Gibraltar y Menorca.

Estos asuntos pendientes condenaban a Felipe V a nuevas guerras en cuanto se curara las heridas. Cuenta Henry Kamen en su libro «Felipe V, el Rey que reinó dos veces» que, con Menorca y Gibraltar en manos inglesas e Italia sometida al control imperial, España se encontró de la noche a la mañana desprovista de su influencia en el Mediterráneo y ante la necesidad de atacar al Sacro Imperio. De ahí que los tempranos intentos españoles de recuperar Sicilia, Cerdeña y Nápoles se encontraron con una reacción a tres bandas del Imperio, Francia e Inglaterra, sin ganas de que el Mediterráneo se convirtieran en un escenario de inestabilidad. Tropas francesas incluso tomaron varias fortalezas del norte de España, forzando a nuevas concesiones del Rey en 1721.

La palabra de un británico

Ante la posibilidad de una alianza con España, el Conde de Stanhope, militar y secretario de Asuntos Exteriores de Gran Bretaña, y el Rey Jorge I pusieron sobre la mesa por primera vez en 1716 la opción de devolver Gibraltar que, a su juicio, carecía de importancia estratégica y era muy difícil (y caro) de defender en comparación a Menorca, una isla alejada de la Península y con grandes posibilidades militares (en pocos años se convirtió en la base principal de la Royal Navy en estas aguas). Sin embargo, la ofensiva trazada por el primer ministro de Felipe V, el italiano Alberoni, en el Mediterráneo, que también incluyó una expedición militar a Escocia, esfumó de un plumazo los avances diplomáticos.

Retrato de Jorge I, Rey de Gran Bretaña e Irlanda
Retrato de Jorge I, Rey de Gran Bretaña e Irlanda

Hasta 1720, el Conde de Stanhope no volvió a desempolvar el tema de Gibraltar. Como parte de la entrada de España en la Cuádruple Alianza, el gobierno británico mandó una propuesta formal al Rey en junio de ese año. El texto estaba acompañado de una carta, días después, del propio Jorge I prometiendo devolver «con rapidez» el Peñón a España. La carta, que la Reina Isabel de Farnesio exhibió varias veces a lo largo de su vida como prueba de la levedad del honor inglés, afirmaba:

«Señor mi hermano: He sabido con extrema satisfacción por medio de mi embajador en vuestra corte que Vuestra Majestad está por fin resuelto a eliminar los obstáculos que por algún tiempo han dilatado el entero cumplimiento de nuestra unión. Puesto que por la confianza de Vuestra Majestad me testimonia puedo contar como restablecidos los tratados que entre nosotros se disputaron y como consecuencia intercambiados los instrumentos necesarios al comercio de mis súbditos, no dudo más en asegurar a Vuestra Majestad mi rapidez a satisfacerle por lo que respecta a su petición sobre la restitución de Gibraltar, prometiéndole que me valdré de la primera ocasión favorable para regular este artículo de acuerdo con mi Parlamento, y para dar a Vuestra Majestad una prueba ulterior de mi afecto he dado orden a mi embajador para que tan pronto como esté terminada la negociación de la que está encargado, proponga a Vuestra Majestad una nueva alianza, de común acuerdo y conjuntamente con la Francia, conveniente en las coyunturas presentes, no solamente para afirmar nuestra unión, sino para asegurar la tranquilidad de Europa. Vuestra Majestad puede estar persuadida de que por mi parte aportaré todas las complacencias posibles, ya que de ella me prometo una más perfecta y común ventaja para nuestros Reinos»

Sin el apoyo del Parlamento, Jorge I incumplió lo prometido y estiró los términos del Tratado de Utrecht hasta la ilegalidad, mientras España intentó varias veces recuperar Gibraltar a la fuerza. Una de ellas, en la breve guerra con Inglaterra de 1727, cuando se concentraron 20.000 hombres en Punta Mala. A pesar de los duros bombardeos, el 7 de mayo fracasó el asalto sobre la fortificada plaza.

Paradójicamente, la Guerra de Independencia de los Estados Unidos, que también enfrentó a Inglaterra contra España, vivió otro estrepitoso fracaso al intentar recuperar Gibraltar por parte del mismo general, el Duque de Crillón, que en ese conflicto reconquistó Menorca con sorprendente facilidad en enero de 1782. Los ingleses, al final, perdieron el territorio que más querían conservar y se quedaron el peñón de la discordia.